El nacionalismo del proletariado judío (Dov Ber Borojov)

El sionismo proletario es un producto complejo de la prolongada historia del desarrollo ideológico del proletariado judío. Pero si separamos de él todo lo que tiene de casual, de local, y de transitorio, todos los sacudimientos que obstaculizan inevitablemente el desarrollo normal de los procesos sociales trascendentes, hallaremos una línea de consecuencia inalterable, en concordancia directa con la ley de la economía de fuerzas.

Como todo otro movimiento social, así también el desarrollo del pensamiento proletario es un producto del conflicto entre la necesidad de las amplias masas y la imposibilidad de satisfacerla. Los factores que determinan el conflicto operan en dos direcciones fundamentales: en la del conflicto social directo entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el estado de las relaciones de producción en que viven; y en la del conflicto nacional directo entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el conjunto de las condiciones de producción en las que actúan. Estos conflictos plantean ante el proletariado judío dos problemas fundamentales: el problema social y el problema nacional; y le Imponen dos tareas básicas: la eliminación de las antiguas formas de producción que obstaculizan el desarrollo normal de sus fuerzas productivas, y la anulación de la presión nacional, que constituye un obstáculo no menor a su libre desarrollo.

El conflicto social es siempre más claro y más cercano al obrero, que el conflicto nacional. El primero se libra dentro de la esfera de las relaciones personales entre el obrero y el patrón; y el régimen capitalista, al entregar al obrero el control sobre el movimiento de los instrumentos de producción, lo coloca, de facto, en posición ventajosa para la lucha La explotación económica del asalariado, por un lado, y la posibilidad de éste de recurrir a la huelga por el otro, confieren al conflicto social un carácter claramente económico. Para captarlo, el obrero no tiene necesidad de un desarrollo prolongado del mismo. Mucho más complejo es, en cambio, el carácter político del conflicto social. Aquí los factores determinantes se hallan más alejados de la esfera directa del obrero, y su choque con ellos no se produce Sino en una etapa más avanzada de la lucha económica.

Regulado por la ley de la economía de fuerzas —el gran principio que actúa en la mecánica social, y que es, a su vez, fruto del principio más general de la reserva de energías— cada conflicto entre la necesidad de las amplias masas y la imposibilidad de satisfacerla, tiende, primero, a encontrar su solución en el seno de las condiciones que lo originaron, y sólo gradualmente madura la necesidad de modificarlas. En esta forma, el proletariado tiende primero a la liberación económica, y sólo más tarde adquiere su lucha un carácter político. El proletariado judío atravesó, rápidamente, por estas dos etapas de desarrollo principales del conflicto social: su lucha económica devino en lucha política, debido a las condiciones excepcionalmente duras del régimen zarista ruso.

El conflicto nacional es, siempre, mucho más complejo que el conflicto social. Aquí las relaciones personales entre el opresor y el oprimido no juegan un papel tan importante y, junto al carácter personal de los choques nacionales, se destaca también el carácter Impersonal de la presión nacional. Este carácter impersonal, inmanente, de la explotación de clase, se revela en una etapa relativamente avanzada de la evolución ideológica del proletariado, mientras que la opresión nacional manifiesta, de inmediato, sus rasgos super-individuales. El judío oprimido no se enfrenta con un “gentil” particular, sobre quien recae la culpa por sus sufrimientos. Es evidente que lo oprime todo un grupo social y que para modificar su relación social con este grupo, no posee en la primera etapa energías suficientes. Para poder plantear el problema en sus términos exactos, es necesaria una agudización manifiesta del conflicto nacional, y la inversión de una suma ingente de energías.

El pensamiento progresista no ha abarcado todavía en toda su magnitud la cuestión nacional, en tanto que la cuestión social ya fue objeto de estudios profundos y prolongados. Se puede afirmar, sin temor a la exageración, que la cuestión nacional está aún a la espera de su intérprete, y que se encuentra actualmente tan a oscuras como algunos decenios atrás.

De ahí que las etapas de desarrollo del conflicto nacional sean mucho más numerosas que las del conflicto social, Y aquí entra en función la ley de la economía de fuerzas. El proletariado judío busca, en un principio, resolver su problema nacional dentro del marco de las condiciones que le dieron origen, y sólo gradualmente se orienta por el camino de la verdadera solución revolucionaria: el de la necesidad de transformar radicalmente las condiciones mismas de su existencia nacional.

Las adaptaciones primitivas y elementales están condenadas a la desaparición, para ser reemplazadas por otras más complejas y más orgánicas. En los conflictos prolongados, el futuro jamás pertenece a las adaptaciones simples y primitivas. Pero mientras hacen su aparición las adaptaciones más complejas, se extienden y se difunden las reacciones primitivas. El futuro pertenece, sin embargo, a las formas de adaptación complejas, por más que, momentáneamente, aparentan imponerse las formas primitivas

Estas diferencias entre el conflicto social y el conflicto nacional encuentran, a veces, su expresión ideológica en el marco de un mismo programa proletario, al incluir junto a una adaptación superior al conflicto social, una reacción primitiva frente a la presión nacional. Semejante programa, que es progresista en su concepción de las tareas de clase y de las relaciones de producción, puede resultar reaccionario en su concepción del problema nacional y de las condiciones de producción. Analizados desde este punto de vista, los programas políticos de los diferentes partidos proletarios judíos —excluyendo el partido de los Poalei Sionistas de la vieja ciudad de Minsk, que nada tiene de proletario— comprobaremos que todos ellos —el programa del “Bund”, el de los “Sionistas Socalistas” (S.S.), y el de los “Poalei Sionistas”— son de carácter progresista en cuanto a las relaciones de producción, a la lucha de clases y a la cuestión social; pero difieren en cuanto a la cuestión nacional. Mientras que el programa nacional de: los “Poalei Sionistas” es de carácter progresista y proletario, el de los “S.S.”, en cambio, denota los síntomas de un desarrollo incompleto, y el del “Bund” es francamente primitivo y reaccionario. El hecho de que las amplias masas del proletariado judío siguen manteniendo su fidelidad al “Bund”, demuestra que aún no han madurado los conflictos nacionales y que se hallan ampliamente difundidas las adaptaciones primitivas y elementales.

El futuro pertenece siempre al programa progresista. Los programas retrógrados están condenados a desaparecer en el curso del desarrollo de los conflictos nacionales, por más prósperos que sean en la actualidad los partidos que los formulan. El éxito momentáneo de un programa no significa, todavía, que el mismo exprese fielmente los intereses y la ideología verdadera de la clase obrera, como tal.

La misión histórica de la clase proletaria está perfectamente definida, y es de carácter específicamente clasista. Pero los obreros que la integran no están cortados todos por la misma tijera, y a menudo presentan desviaciones básicas del tipo de proletario militante. En los primeros tiempos de su aparición social, los obreros no consiguen liberarse de muchas supervivencias reaccionarias de la época en que, como individuos, militaron en las filas de capas sociales más rezagadas. El proletario de hoy en día, abanderado de la lucha anticapitalista, pertenecía antes a la pequeña burguesía y era un pequeño propietario, que, una vez arruinado y “liberado de la propiedad”, permaneció hasta su ingreso a las filas del proletariado en la capa intermedia de las masas proletarizantes.

En esta forma, se confunden en la psicología de clase del obrero las supervivencias de la ideología pequeño burguesa y de la ideología de las masas proletarizantes, y sólo gradualmente y con la agudización de los conflictos sociales, la ideología proletaria de la lucha de clases logra expulsar, definitivamente, las antiguas supervivencias reaccionarias. Ello explica el por qué del éxito tan frecuente, pero pasajero, de corrientes antiproletarias y reaccionarias, como las del socialismo-cristiano, del anarquismo, etc.

Y aquí tropezamos, nuevamente, con las consecuencias de las diferencias fundamentales existentes entre la simplicidad relativa del conflicto social y la complejidad del problema nacional. Muchas veces se afirma, con razón, que tal o cual interpretación o propaganda oscurece la conciencia proletaria. Este “oscurecimiento” es posible gracias al dualismo existente en la psicología del obrero y a las supervivencias de su anterior militancia clasista. En la mayoría de los casos, el mismo se produce en el terreno de los conflictos nacionales. Es cierto que a veces se manifiesta también en el terreno social, como en el caso de la demagogia anarquista. Pero el anarquismo tiene mayor éxito entre los elementos desocupados y entre los obreros aislados de mejor calificación de trabajo. Entre las masas compactas de las grandes fábricas, la agitación anarquista se estrella contra la oposición de la conciencia de clase proletaria, formada, inmanentemente, bajo la presión de los conflictos sociales prolongados. La demagogia chauvinista se impone, en cambio, con mayor facilidad entre los obreros en quienes el odio nacional se desarrolla junto a la aversión contra el explotador, y junto a conceptos bastante nebulosos del socialismo.

No es de extrañar, pues, que en el marco de un mismo programa obrero encontremos, junto a elementos proletarios progresistas, en el terreno social, elementos reaccionarios y pequeño burgueses, en el termo nacional. Y ello con mayor razón todavía, tratándose del problema judío —el problema nacional más complejo y difícil del mundo. La solución acertada del mismo exigiría la inversión de una cantidad demasiado grande de energías: por ello las formas de reacción iniciales, son, en los partidos proletarios judíos, primitivas y reaccionarias, y no se basan sobre fundamentos progresistas, sino sobre e1ementos anacrónicos y pequeño burgueses, propios del período de transición de la pequeña burguesía a las filas del proletariado.

¿En qué consiste, pues, el problema nacional para el proletariado en general? ¿Cómo se plantea para él, el conflicto prolongado entre el desarrollo de sus fuerzas productivas y entre las condiciones de producción del grupo nacional al que pertenece?

El proletariado debe ser considerado desde dos ángulos diferentes: de un lado, como una suma de obreros que elaboran, en conjunto, la riqueza social; y, del otro, como una clase que desarrolla una política propia, y que lucha contra las demás clases de la sociedad. El obrero, como tal, está Interesado en la elevación de su salario y en el mejoramiento de sus condiciones de trabajo. Para conseguirlo debe proveerse, en primer término, de un lugar de trabajo, entrando en competencia con otros individuos carentes de ocupación. En la medida en que el obrero debe competir por un lugar de trabajo, continúa perteneciendo a las masas proletarizantes, careciendo todavía de una fisonomía proletaria definida. Esta fisonomía sólo es adquirida después de haberse asegurado un lugar de trabajo, y de haber iniciado la lucha contra el capital por el mejoramiento de sus condiciones de vida. Desde ese momento, el lugar de trabajo se convierte en una base estratégica, y la solidaridad de clase reemplaza a la antigua competencia y lucha inter-obrera. Sin embargo, esta solidaridad no constituye una garantía contra el retorno de la competencia: siempre amenaza al obrero el peligro de la pérdida de su lugar de trabajo, induciéndole a una actitud defensiva frente a sus propios hermanos de clase. El obrero vuelve a aparecer como miembro potencial del “ejército de reserva”, aflorando nuevamente los intereses que lo impulsan a aferrarse a su lugar de trabajo. En esta forma, en medio de altibajos pronunciados, va cristalizándose, gradualmente, el espíritu proletario, purificado por los sufrimientos, y templado en el yunque de la lucha por el pan y el trabajo. Lentamente y con dificultad, se va forjando la conciencia de clase proletaria.

El obrero que, por su inseguridad económica. se halla encadenado a su lugar de trabajo, sin haber logrado elevarlo a la categoría de una base estratégica, no está en condiciones de desarrollar una acción política independiente ni de desempeñar una función histórica importante. Se convierte en un mero protagonista de los procesos inmanentes, pero no en dueño de su propio destino. El proletariado como clase, excluye, en cambio, la competencia entre los obreros por el lugar de trabajo, e impone la solidaridad de clase en la lucha contra el capital. Los intereses del obrero coinciden con los intereses del lugar de trabajo sólo en la medida en que el primero aún no ha logrado liberarse de la capa de las masas proletarizantes, a cuyas filas ha pertenecido y en las cuales está en peligro de volver a caer. Los intereses del proletariado como clase social, coinciden, en cambio, con los intereses de la base estratégica, o sea, con los intereses del conjunto de las condiciones en las que libra su lucha. En resumen: el desarrollo de las fueras productivas de las masas proletarizantes, impulsa a éstas a la búsqueda de un lugar de trabajo; el desarrollo de las fuerzas productivas del proletariado, exige la existencia de una base estratégica normal para la conducción de una lucha de clase efectiva. Los intereses de la base estratégica no son menos materialistas ni más idealistas que los intereses del lugar de trabajo, pero mientras que los primeros representan los intereses de toda una capa social, los segundos lo son únicamente de individuos o de grupos. En la esfera de los intereses del lugar de trabajo, Se produce no sólo una competencia individual, sino, también, una competencia nacional entre los obreros. El desarrollo de la base estratégica elimina tanto a la una como a la otra. Pero es imposible luchar sin trabajo; y mientras un grupo de obreros continúe sujeto a la competencia nacional, no podrá librar exitosamente su lucha de clase, con la consiguiente repercusión negativa sobre su base estratégica.

El proletariado como clase está, pues, alejado de la competencia nacional, aun cuando ésta puede influir indirectamente sobre sus intereses. Mientras que en la pequeña burguesía y en las masas proletarizantes, los conflictos nacionales hallan su expresión concreta en la lucha nacional, en el proletariado asumen, en cambio, la forma de una cuestión nacional. Esto no significa, empero, que la cuestión nacional se plantea ante el proletariado en forma menos aguda que ante las demás clases de la nación. Para él, el problema nacional es un resultado del conflicto entre el desarrollo de sus fueras productivas y las condiciones anormales de su base estratégica —conflicto que conduce hacia la profundización de la conciencia nacional del proletariado.

Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre la conciencia nacional del proletariado y la de las demás clases sociales. En algunas clases que conservaron un carácter de casta, la conciencia nacional está separada de la conciencia social, actuando ambas en forma independiente. Este fenómeno puede ser observado en los países económicamente atrasados. Así, por ejemplo, los ricos terratenientes feudales de Rusia son, por un lado, “genuinos patriotas rusos”; y, por el otro, miembros de la nobleza. Como rusos se “preocupan” por el bienestar de todo el pueblo, pero como “nobles” están dispuestos a explotar al pueblo todo. La burguesía media, la pequeña burguesía y las masas proletarizantes, carecen por lo general de conciencia de clase propia, la que se halla diluida en la conciencia nacional. La conciencia de clase es anatemizada como un peligro para la “unidad nacional”. Todas estas clases son nacionalistas. Sólo el proletariado vincula el problema nacional a las necesidades de la base estratégica y de la lucha de clase. En el proletariado de los pueblos oprimidos, la opresión nacional afecta a las condiciones de la base estratégica, estableciéndose una vinculación estrecha entre la conciencia nacional y la conciencia social.

Es importante señalar una característica peculiar de esta vinculación. Al no tener los intereses nacionales del proletariado nada en común con la lucha nacional, el nacionalismo proletario no asume un carácter agresivo. Este nacionalismo es, en esencia, negativo: desaparece con la normalización de la base estratégica se nutre de raíces negativas: de las anomalías sociales y económicas. Esto no significa que carezca de un contenido nacional positivo. Todo lo contrario: al nutrirse objetivamente de raíces negativas, el nacionalismo proletario adquiere un contenido positivo. Y ninguna clase ofrece ni puede ofrecer un programa nacional tan real como éste que presenta el proletariado. Pero, el carácter y la procedencia negativas del mismo, dificultan su comprensión acertada. Sin mencionar ya a los ideólogos burgueses que jamás han comprendido el espíritu nacional del proletariado, son todavía muchos los pensadores proletarios —y entre ellos la gran mayoría de los “Iskritas” judíos— que no encuentran bases positivas en el nacionalismo proletario, resolviendo en tal forma, con ligereza que es simplemente reaccionario.

Este acercamiento errado al nacionalismo proletario, asume, en otros grupos, caracteres deformados y anormales. Dado que las bases del nacionalismo proletario son, objetivamente, negativas, y al no comprender que lo negativo se transforma en el proletariado, subjetivamente, en un programa concreto y positivo, hay quienes se hallan inclinados a justificar su nacionalismo con frases lastimeras e inseguras: “Desgraciadamente nos vemos obligados a realizar un programa nacional. Hubiéramos deseado asimilarnos, pero fuimos obligados a seguir siendo judíos”. Estas justificaciones y excusas hallan, frecuentemente, su expresión en la propaganda y en la literatura de los “Sionistas Socialistas” (S.S.).

Pero estas curiosidades aisladas no son sino fruto del pensamiento inmaduro. El proletariado tiene necesidad de todo cuanto tiende a estimular el desarrollo de sus fuerzas productivas, siéndole perjudicial todo cuanto lo obstaculice. Por ello, le resulta ajeno y dañino, tanto el oscurecimiento de la conciencia de clase cómo el de la conciencia nacional. El no se avergüenza de su misión social ni de su misión nacional. Con idéntico orgullo declara: “Somos social-demócratas y somos judíos”. Nuestra conciencia nacional es, esencialmente, negativa, y de carácter emancipador. Si fuéramos el proletariado de una nación libre —que no oprime ni es oprimida— no nos interesarían, en absoluto, los problemas de la vida nacional. Y, aún hoy en día, nos preocupan menos los problemas de la cultura espiritual, que los de la vida socio-económica: el nuestro es un nacionalismo realista, libre de toda injerencia “culturalista”.

Para el proletariado judío, el problema nacional es un producto del conflicto entre las necesidades planteadas por el desarrollo de sus fuerzas productivas, es decir la lucha de clases, y las condiciones de su base estratégica. La base estratégica del obrero judío es insatisfactoria, tanto desde el punto de vista económico como desde el punto de vista político. La lucha económica del proletario judío sólo es exitosa durante los períodos de apremio, cuando los empleadores se ven obligados a hacer ciertas concesiones, para no malograr la temporada de trabajo. Pero una vez finalizada ésta, vuelven a resarcirse de sus “pérdidas”. Los frutos de la lucha económica del obrero judío desaparecen hasta la temporada próxima, en la que vuelve a repetirse el mismo proceso, con idénticos resultados.

Pero menos satisfactoria aún es la base estratégica, desde el punto de vista político. Dado que el obrero judío se halla empleado casi exclusivamente en la producción de los bienes de consumo y no desempeña ninguna función Importante en ninguno de los estadios superiores del proceso productivo, tampoco conserva en sus manos ningún hilo fundamental de la economía del país, en el cual vive y trabaja. El proletario judío no se halla en condiciones de detener la marcha del aparato económico del país, como pueden hacerlo los obreros ferroviarios y otros obreros mejor colocados. No es explotado por el gran capital, sino por el capital medio, cuyo rol en la producción también carece de importancia. Cuando el proletario judío paraliza con su lucha la actividad del capital que lo explota, no alcanza a producir perturbaciones serias en el país. El obrero judío no posee la fuerza suficiente para luchar por sus propias demandas, sin el apoyo de obreros más afortunados de los pueblos periféricos, y es incapaz de conseguir las mejoras más insignificantes si sus necesidades nacionales no son compartidas por los obreros de otra nacionalidad. Esta situación de desamparo fortalece en él los sentimientos de la solidaridad proletaria, acercándolo a los ideales revolucionarios. Por otra .parte, los antagonismos de clase en el seno de la sociedad judía son, relativamente, menores que en otros pueblos: en primer lugar, por la concentración insuficiente de capitales; y, en segundo término, porque la clase media judía, mucho más oprimida que la de otros pueblos dependientes (lituano, armenio, etc.) es por naturaleza de carácter opositor, proporcionando al proletariado determinada ayuda política. Hasta hace poco tiempo atrás soportó tranquilamente los ataques de los agitadores proletarios, ayudando financieramente al “Bund” y a otros partidos obreros. Ahora calcula sacar mejor provecho de una alianza con los “Kadetes”, “traicionando” definitivamente a los partidos proletarios judíos. En estas circunstancias, el proletariado judío está condenado a arrastrarse detrás de los poderosos movimientos políticos obreros del país, reemplazando con una fraseología inflamada, la falta de una fuerza de clase verdadera. En este terreno, crecen las exageraciones más ridículas, cuya mera enunciación rebela a todo socialdemócrata consciente y responsable.

En esta ironía dolorosa se esconden contradicciones trágicas. Por una parte, la revolución le es necesaria al proletariado judío más que a ninguno otro y, por la otra, la implacable presión nacional, la explotación del insignificante, pero por lo mismo codicioso capital judío, y la nerviosidad y el alto nivel cultural del obrero judío, morador urbano e hijo del “pueblo del libro”, generan una poderosa reserva de energía revolucionaria y un exaltado espíritu de autosacrificio. Y esta hipertrofia revolucionaria, encadenada a los moldes estrechos de su base estratégica, asume frecuentemente formas grotescas. Una enfermedad de exceso de energía, tal es la tragedia y la fuente de los sufrimientos del proletariado judío.

Un Prometeo encadenado que, en ira impotente, arranca las plumas del ave de rapiña que picotea su corazón: tal es el símbolo del proletariado judío.

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