Pesach: Una subversión positiva

El Pueblo Judío acumula más de tres milenios celebrando to­dos los años Pésaj. Lo ha hecho en diversas cir­cuns­tan­cias: en el calor del hogar con familiares y amigos, y en mo­mentos de persecución donde hasta la supervivencia física es­ta­ba comprometida. Lo hacen aquellos imbuidos de fe, los tra­­dicionalistas y también los más laicos. Se ha celebrado con lu­jo y paz, como también en el marco de la mayor austeridad, ba­jo la premura de las situaciones más horrorosas.

¿Qué sentido encierra Pésaj para ello? ¿Qué significaciones apor­ta a los individuos, que resisten el paso del tiempo, de los cam­bios de circunstancias para necesitar reiterarse? Voy a aven­tu­rar algunas interpretaciones, en la asunción de que para nada son verdades canónicas, indiscutibles, sino ideas para ser so­me­ti­das a la crítica.

Entiendo a Pésaj como una metáfora compleja y sustantiva del valor de la libertad. La historia que se revive en su ce­le­bra­ción es la del cuestionamiento de la tiranía y del lugar de la li­ber­tad como significante no sólo deseable, sino necesario para la condición humana.

La epopeya del Pueblo Judío, cautivo en Egipto, es la his­to­ria de la imprecación del amo, del cuestionamiento del poder ab­soluto detentado por una sola persona, en aras del derecho ina­lienable de autodeterminarse. Es la puesta en escena de la im­posibilidad de desarrollarse, si se está sujeto al designio om­ni­potente de otro.

La esclavitud, aunque pueda estar mitigada por cierta co­mo­didad material, es una catástrofe subjetiva. El esclavo es un ob­jeto, una cosa que existe sólo para satisfacción de un amo. Cons­tituirse como individuo implica un tipo de vínculo distin­to a éste. Requiere darle lugar al disenso, a la inevitable apari­ción de las diferencias, al conflicto como parte necesaria de la in­mensa variedad de la condición humana. Visto así, la Hagadá, el relato de Pésaj, es la narración de una subversión, de un cues­tio­namiento de un orden que impide la plena asunción de la iden­tidad, y es por tanto una metáfora de lo fundamental que es increpar a un amo totalitario.

También es una advertencia; en el Éxodo se plasma que con­seguir la libertad es un proceso, que hay un precio que pa­gar. La plena independencia implica renuncias, privaciones, a ve­ces llegar a echar de menos el relativo confort que existía cuan­do otro lo daba todo… a cambio de no pensar. En el pro­ce­so de liberarse, puede haber quienes prefieran alienarse, so­me­terse para no hacerse cargo de sus propios deseos. Por ello, los cuarenta años de errancia simbolizan el valor de la per­sis­ten­cia del deseo de libertad, más que la inmediatez de la mis­ma.

La celebración reiterada de Pésaj obliga entonces a pensar en lo fundamental de la subversión, en el sentido de desconfiar de todo aquel que quiera constituirse en el único dueño de la ver­dad. El faraón, como idea, ha adquirido a lo largo del tiempo dis­tintos ropajes y la celebración pascual recuerda lo indis­pen­sa­ble de increparlo y de lo ominoso que resulta el someti­mien­to.

La vigencia de Pésaj reside en la necesidad de cuidar la li­ber­tad, de entenderla como algo cotidiano y que se pierde si se la considera como algo dado, ajeno al cuestionamiento diario. Y también como algo que no puede ser transado, como un va­lor irreductible que no acepta concesiones.

Pésaj es el ejercicio anual de recordar cuáles son los resortes de la ética sobre los que se construye el Judaísmo, el cual no pue­de disociarse de la libertad. Es esa subversión positiva, la del cues­tionamiento del poder, la que si no se renueva tendrá como efec­to el verse condenada a desaparecer.

Adrián Liberman L.

Texto tomado del Nuevo Mundo Israelita de Venezuela

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