Tras las huellas del socialismo judío (Primera parte)

La historia judía luego de la Emancipación es también la de un pueblo intentando mejorar el mundo en el que vive, la Europa del siglo XIX y XX. El intento fue a través de la política y, en ese tiempo convulsionado, fueron hegemónicas las vertientes de izquierda, que ofrecieron la respuesta a miles de judíos que se alejaron de las tradiciones paternas para abrazar doctrinas que prometían, e incluso profetizaban, un mundo mejor. Hoy esa tradición perdura, aunque más no sea como remanentes, en el mundo judío y en el Israel actuales.

En 1907 Israel Zangwill, el líder político judío y célebre escritor, publicó una pintoresca historia sobre la vida política judía en Milovka, un pequeño pueblo polaco, en vísperas de la Primera Guerra Mundial. El joven David Ben Amram llega al pueblo para organizar una fuerza judía de autodefensa frente a los pogroms que asedian la zona. Sus ingentes esfuerzos se ven finalmente frustrados por la increíble fragmentación de la pequeña pero altamente politizada comunidad judía. Los judíos de Milovka no sólo adhieren a varias organizaciones, tanto legales como ilegales, polacas y rusas (la zona estaba bajo dominio ruso), sino que además están divididos de acuerdo a su pertenencia a un gran número de organizaciones judías específicas. David, un verdadero creyente en el sagrado principio de la unidad judía -que fuera practicado por tantísimos judíos a través de su violación antes que de su observancia-, encuentra en esta frustrante situación a las siguientes corrientes ideológicas que compiten entre sí: el integracionismo o asimilacionismo (de los que hay dos o tres tipos distintos), la ortodoxia religiosa (también dividida en dos tipos, jasídico y antijasídico), varias variedades de sionismo socialista, sionismo político, sionismo cultural, sionismo religioso, territorialismo, territorialismo socialista, sejmismo y bundismo. Ante tantas divisiones el joven idealista se siente inmovilizado por la desesperanza. “Tenía -según la descripción de Zangwill- una visión pesadillezca de sectas rígidas y facciones pululantes, cada una con sus consejos, federaciones, fundaciones, conferencias, fiestas partidarias, agendas, comunicados, órganos de prensa; cada una se diferenciaba con meticulosa astucia de los demás partidos, cada una definía con escolástica minuciosidad su posición ante cada problema contemporáneo, cada una estaba equipada de incansables oradores políglotas pronunciando sus discursos en las noches tumultuosas”.

David, el personaje de Zangwill, termina suicidándose. La mirada amarga y crítica del escritor es la de un contemporáneo de un mundo judío vivo y radiante pero a la vez incapaz de enfrentar el acoso de la violencia antisemita debido a su fragmentación en múltiples coordenadas ideológicas, políticas y culturales. La pena también podría teñir la mirada del observador de nuestros días, aunque ya no estaría motivada por la incapacidad de una cultura de autodefenderse sino porque ella misma parece haberse extinguido, o estar extinguiéndose, medio siglo después de que la amenaza más terrible para su continuidad, el nazismo, destruyera gran parte de su base poblacional en Europa central y oriental. Si bien el stalinismo también eliminó toda expresión judía autónoma, incluso la de quienes sobrevivieron a la Shoá gracias a la misma Unión Soviética comandada por Stalin, el judaísmo oriundo de Europa oriental siguió un desarrollo muy distinto en el llamado mundo occidental, en el que los inmigrantes que huían de los pogroms o de las penurias económicas construyeron nuevos polos de vida judía desde fines del siglo XIX. Los partidos políticos, sindicatos, publicaciones y teatros judíos se multiplicaron en Nueva York, Buenos Aires y Tel-Aviv, y como ocurrió con el judaísmo de Europa central y oriental, que fue el centro del que emanaron los primeros inmigrantes y nuevos pioneros (y, con ellos, las corrientes ideológicas, las organizaciones políticas, el ídish y otras prácticas culturales), la época de oro de esa cultura judía fue el período comprendido entre las dos guerras mundiales.

En este mundo judío de entreguerras las ideologías y fuerzas de izquierda (en sus distintas variantes, entre ellas la bundista, sionista socialista, comunista y territorialista) ocuparon una posición hegemónica en gran parte de las principales comunidades judías. Así, por ejemplo, la Yevseksiia (la sección judía del Partido Comunista de la URSS) congregó en sus filas a gran parte de los trabajadores e intelectuales judíos tras la Revolución de Octubre; el Bund se constituyó en el partido dominante de la judeidad polaca en vísperas de la conquista nazi de Polonia, luego de que erigiera con cierto éxito la opción de autodefensa judía contra la derecha antisemita local; la izquierda, ya sea bundista, socialista o comunista, fue el principal polo de actividad y atracción entre las primeras generaciones de inmigrantes judíos a los Estados Unidos, como lo testimonian su presencia en los sindicatos de la vestimenta y la amplia difusión del periódico Forverts; en Palestina-Eretz Israel el sionismo socialista fue la corriente hegemónica desde la segunda ola de inmigración (Segunda Aliא), aunque tanto historiadores como políticos no coinciden en determinar cuándo empezó su declinación (para algunos incluso antes de la creación del Estado de Israel, para otros con la derrota electoral de 1977 y hay quienes incluso aseguran que su influencia es determinante en la cultura israelí de nuestros días).

LA FRUCTIFERA DALECTICA ENTRE LA AUTOEMANCIPACION Y EL CLASISMO

Varios investigadores de la historia judía contemporánea se han dedicado al estudio de los orígenes de la izquierda judía, una verdadera subcultura dentro de la cultura judía a la que en otros tiempos muchos gustaban llamar “socialismo judío”. Si bien los judíos formaron parte del movimiento socialista desde el mismo momento de su emergencia como ideología y como fuerza política, su participación era de carácter individual y ajena -o por lo menos marginal- a su condición de judíos. Según el historiador Jonathan Frenkel, el socialismo judío surge como movimiento que intenta combinar las metas del socialismo con la solución del llamado problema judío en la Rusia zarista durante los agitados años 1881-1882, cuando una ola de pogroms amenaza la seguridad de los judíos y la emigración masiva aparece en el horizonte como una opción redentora. Tras el fracaso de las ideas de la Ilustración y los intentos de integración a la escena nacional surge una nueva política judía que aspira a la autonomía y la creación de una nueva escena nacional-judía.1 En esta nueva constelación nacen organizaciones políticas judías que se dirigen a las masas judías con un discurso que integra la concepción de autoemancipación de Pinsker con la de la lucha de clases y el anticapitalismo de Marx. A diferencia de los miembros judíos de los partidos socialistas generales, las organizaciones judías de izquierda destacan la especificidad de la cuestión judía y, por lo tanto, la solución que proponen para ella ocupa el lugar más importante de su plataforma. La autonomía cultural-nacional, la concentración territorial en Eretz Israel, la autonomía territorial en su zona de residencia, cada uno de estos principios combinados con una política clasista que anuncia la emancipación de la clase obrera judía da por resultado las principales variantes del socialismo judío.

El componente nacional y el internacionalista no siempre coexistieron en armonía en el seno del socialismo judío. Más bien fueron objeto y a la vez la causa de interminables y apasionados conflictos entre las distintas corrientes del campo de la izquierda judía, especialmente entre el Bund y el sionismo socialista. Alrededor de las polémicas diáspora-Eretz Israel, idish-hebreo, internacionalismo proletario-cooperación interclasista evolucionó una cultura judía de izquierda apasionante y prolífica. Dos acontecimientos que sucedieron en 1917, la revolución bolchevique y la Declaración Balfour, ejercieron una gravitación enorme sobre los dos polos entre los que se debatía el socialismo judío. Entre 1919 y 1921 los partidos socialistas judíos que actuaban en el territorio soviético (el Bund, Poalei Zion y el PSOU) se fragmentaron en varias facciones. Una parte importante de ellos se sumó al comunismo, y en muchos casos también al Yvseksiia. Los restos de los partidos no comunistas fueron reprimidos y parte de sus miembros logró escapar fuera del territorio de la Unión Soviética. El ala izquierda (borojovista) de Poalei Sion sobrevivió -si bien en forma discontinua- hasta 1928, cuando el régimen burocrático acabó también con él. Por su parte, la sección judía del PCUS fue disuelta en 1930, y la actividad judía de los militantes comunistas (especialmente en lo referente a la cultura ídish) llegó a su trágico final con las purgas del período 1948-1953. En el caso de la Polonia independiente (y también en Lituania) las fuerzas socialistas continuaron ejerciendo un importante papel en la vida judía, a pesar de que su espacio de movimiento y maniobra se achicó drásticamente. Por un lado se vieron afectadas por la influencia del campo comunista, que ahora contaba con una sección en legua ídish muy poderosa. Por el otro, se enfrentaba contra un movimiento sionista que se había fortalecido y mostraba, bajo el liderazgo de Itzjak Grinboim, un activismo destacable en la política polaca. Poalei Sion se escindió en un ala de derecha y otra de izquierda que, como el Bund, intentó sin éxito ser acogido por el Comintern (la Internacional Comunista).

Los nazis y sus aliados destruyeron la judeidad de habla ídish que habitaba Polonia, Rumania, partes de Checoslovaquia y los países bálticos. Como resultado de ello cayeron varias piezas del rompecabezas de la política judía. El Bund fue el movimiento que resultó más afectado, desarticulado para siempre. Si bien Hitler liquidó no solamente al Bund, sino también al movimiento sionista socialista y a la corriente religiosa ortodoxa (Agudat Israel) de Polonia y los países vecinos, la diferencia radica en que las dos últimas variantes sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial y continuaron actuando orgánicamente, tanto en Israel como -en menor medida- en los Estados Unidos. Más allá de la Europa arrasada por el nazismo, la movilidad social y el fin de la inmigración masiva provocaron la paulatina decadencia del socialismo judío incluso antes de 1939. El caso típico de este proceso es el de la comunidad judeo-norteamericana, cuya izquierda en aquel año era una pálida sombra de lo que fue a principios de este siglo. La caída se pronunció luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando las revelaciones sobre el terror stalinista, sumadas a la persecución macartista, debilitaron considerablemente a la izquierda judía pro-comunista, para la cual la Unión Soviética era un foco de inspiración e identificación que incrementó su esplendor tras derrotar a la Alemania nazi y apoyar la creación del Estado de Israel. La izquierda judía no comunista dio un significativo giro hacia el centro del espectro político norteamericano ya en los años ´30. David Dubinsky y Sidney Hillman, ambos ex bundistas en Rusia y luego dirigentes sindicales combativos en Estados Unidos, apoyaron la política del New Deal de Franklin D. Roosevelt a través de su integración al Partido Laborista norteamericano. Así, según la apreciación de Ezra Mendelsohn, “el otrora movimiento sindical judío socialista fue americanizado, domesticado”. En la misma época muchos judíos se convirtieron en adherentes del ala izquierda (es decir, liberal) del Partido Demócrata, fenómeno que aún perdura.

Sergio Rotbart

Continua en Tras las huellas del socialismo judío (Segunda parte)

Texto tomado de http://www.hagshama.org/en/resources/view.asp?id=556

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