Tras las huellas del socialismo judío (Segunda parte)

(Segunda parte) La izquierda judía en Europa ha muerto en las cámaras de gas, pero el Estado de Israel ha nacido, y la hegemonía del flamante país es de izquierda. Entre su discurso económico-social y su práctica se va a producir una brecha inmediata, y sus contradicciones y fracasos persiguen a ese sector de la sociedad israelí hasta el día de hoy.

Continuación de Tras las huellas del socialismo judío (Primera parte)

Tras la Segunda Guerra Mundial, Palestina-Eretz Israel se convirtió en el principal foco judío en el que la izquierda, si bien en su variante sionista, mantuvo su posición hegemónica, e incluso se erigió en fuerza estatal-gobernante a partir de 1948. La versión idishista-diaspórica de la izquierda judía que actuó hasta lo que hasta entonces era el principal centro cultural del mundo judío, Europa oriental, fue diezmada por el nazismo. Los restos que sobrevivieron al genocidio y permanecieron en esa región, fundamentalmente en la Unión Soviética (y en gran medida gracias al esfuerzo bélico de esta última contra la Alemania de Hitler), fueron también víctimas de las persecuciones stalinistas contra cualquier expresión de autonomía judía.

En los Estados Unidos, el segundo centro de importancia de la subcultura judía de izquierda en el período de entreguerras, su declinación fue paralela a la movilidad social de los otrora inmigrantes pertenecientes a la clase trabajadora. Si bien en la década del ´60 hubo una notoria participación de judíos en la Nueva Izquierda, sobre todo en el movimiento estudiantil y en el campo intelectual, ella estuvo signada por el activismo individual más que por la incorporación de organizaciones judías específicas.

Itzjak Rabin y la revitalización del Partido Laborista

De esta manera, a la luz de las circunstancias históricas de la posguerra, el sionismo socialista -más precisamente, su variante laborista- pasó a ser prácticamente la única fuerza judía de izquierda en el mundo judío que conservó su poder durante un período considerable. En la década del ´70 también ella perderá su rol hegemónico a manos de la derecha. En efecto, el giro electoral de 1977 vino a poner fin a treinta años de gobiernos laboristas consecutivos. El retorno de 1992, de la mano de Itzjak Rabin, revitalizó a un Partido Laborista tan “aggiornado” tanto en su política como en su discurso que, si no fuera por el acuerdo de Oslo con la dirigencia palestina y todo lo que él simboliza en la política y la cultura israelíes, representa una ruptura cardinal con la tradición de la izquierda judía histórica. Si bien desde un primer momento, es decir desde la creación del Estado, el vínculo de las políticas practicadas por el movimiento laborista con los postulados básicos del socialismo dio lugar a múltiples controversias, su documento de identidad estuvo impregnado de símbolos y una retórica propias de la izquierda, por lo menos hasta principios de los años ´70. Incluso la premier Golda Meir, quien cuestionaba, jactanciosa, la existencia de un pueblo palestino y rechazó varias iniciativas de paz con los países árabes vecinos previos a la ominosa guerra de Yom Kipur, se autodefinía como socialista en términos de concepción económico-social.

Veinte años después se ha producido una inversión de los términos: el Laborismo que resucitó de las cenizas de la oposición a los gobiernos del Likud adoptó la vía del diálogo y la paz con los palestinos y el mundo árabe, deshaciéndose finalmente de la pesada carga del activismo militarista. Pero, por otro lado, cambió la retórica clasista y de justicia social por la doctrina que defiende al capitalismo de libre mercado.

EL CONTENIDO Y LA PLATAFORMA

Ben Gurión: el capitalismo como vía de desarrollo

Cincuenta años atrás, en la época de oro del sionismo jalutziano (pionero), el peor de los pecados para cualquier miembro del movimiento de “colonización obrera” era alabar las virtudes de la propiedad privada o el estilo de vida consumista. Cualquier desviación de la concepción colectivista, que era indiscriminadamente considerada como fiel expresión de los intereses de la clase obrera, era merecedora del estigma de “antipatriota”, o “diaspórico”. Por supuesto que, más allá de la retórica, desde el primer gobierno liderado por David Ben-Gurión, al frente de su partido Mapai, se eligió la vía capitalista de desarrollo y, por lo tanto, la orientación hacia el bloque occidental, a pesar de la fuerte tendencia pro-soviética del ala radical del sionismo socialista.

La lucha en el seno del movimiento laborista entre el ala central representada por Mapai y el ala de izquierda agrupada en el movimiento kibutziano y representada por el partido Mapam, influyó en buena medida sobre el rumbo del nuevo estado en su primera década de existencia. La concepción extremadamente estatista de Ben-Gurión y el dogmatismo stalinista de Mapam (que constituía entonces la segunda fuerza política, con 19 mandatos en la Kneset) estaban más alejadas entre sí que la distancia que separaba a la primera del bloque religioso, que finalmente integró la primera coalición gubernamental tras las elecciones parlamentarias de 1949. En el contexto de la disputa entre el ala central (socialdemócrata) y el ala izquierda (marxista) del sionismo socialista hay que atribuirle un lugar importante al lugar que cada sector le adjudicaba a los kibutzim en la construcción de la nueva sociedad. Lógicamente, el movimiento kibutziano y sus expresiones políticas (Mapam hasta 1954, al que hay que sumarle Ajdut Avodá luego de la escisión ocurrida ese año) aspiraban a que el lugar dominante que el kibutz ocupaba en el mundo de valores del sionismo pionero tuviera una expresión política concreta en la práctica del gobierno de Mapai. Ben-Gurión, por su parte, priorizaba al estado y las instituciones dominadas por su partido (entre ellas la Histadrut, la central sindical) como agentes del desarrollo nacional.

Las numerosas y populares afirmaciones según las cuales Israel nació como un estado socialista se basan en un error sustancial, que consiste en confundir la retórica de la corriente política que ejerció el poder del estado hasta 1977 con las políticas concretas que llevó a cabo. Esa dicotomía entre la realidad y el discurso no es un producto particular del Laborismo israelí, sino que también es común a los partidos socialdemócratas que llegaron al poder en los estados capitalistas europeos de la posguerra.

Otra variante del mismo error, en la que la intencionalidad político-ideológica se combina con una cuota nada desdeñable de desconocimiento de las circunstancias históricas en las que surgió el capitalismo, radica en confundir socialismo con intervención estatal en el desarrollo económico y la creación de una red de bienestar social para la mayoría de los ciudadanos. Desde la depresión de 1930 hasta la crisis de 1973, Keynes mediante, la acumulación capitalista fue posible no a pesar de la intervención de los estados nacionales, sino debido a ella. El estado israelí, como muchos otros que surgieron como resultado del proceso de descolonización de mediados de siglo, se erigió en el principal agente de acumulación del capital a la par de una burguesía que era incapaz de financiar las enormes tareas nacionales que se le presentaban a la dirigencia sionista. La “absorción” de la inmigración masiva, el desarrollo de un ejército poderoso y la primera etapa de industrialización no habrían sido posibles sin la mediación reguladora del estado. Sin los criterios ideológicos impuestos por la dirigencia sionista la construcción de un estado-nación no hubiese tenido lugar. De acuerdo al orden normativo de nuestros días, en el que casi todo debe quedar librado a las “fuerzas del mercado”, el emprendimiento sionista sería descalificado por poco rentable.

EL NUEVO ENVASE

El sector radicalizado del sionismo de izquierda tardó en desembriagarse de su borrachera stalinista, que le costó un alto precio pagado durante décadas mediante la pérdida de popularidad. Hasta el final de sus días le reprocharon a Yaacov Jazán, uno de los “líderes históricos” de Mapam-Hashomer Hatzair, su desafortunada frase lanzada al Parlamento en 1949, en la que afirmaba que la Unión Soviética era para él y su movimiento una “segunda patria”. Hacia fines de la década del ´60, cuando surgía una nueva y joven dirigencia en las filas del movimiento kibutziano perteneciente al Hashomer Hatzair, Jazán, el viejo dirigente, condujo al partido político, Mapam, a incorporarse al alineamiento laborista, caracterizado entonces por el llamado “activismo”, es decir el rechazo a devolver los territorios ocupados en la guerra de 1967 y el impulso de la colonización judía en ellos.

La posición “halcona” del partido condujo a varios jóvenes a abandonar sus filas y a crear nuevos marcos políticos, a la izquierda de la organización-madre. La guerra de 1973, en la que muchos vieron la máxima expresión de la parálisis de la dirigencia nacional, fue el catalizador de un nuevo movimiento pacifista extrapartidario que, a su modo, reflejaba el rechazo hacia los líderes políticos tradicionales. Así, en este contexto, surge el movimiento Shalom Ajshav (Paz Ahora), como un polo de atracción para los descontentos con el congelamiento que paralizaba al alineamiento laborista y le impedía aprovechar cualquier iniciativa de paz. Al calor de la guerra del Líbano el campo de la paz amplió su base de apoyo y, al mismo tiempo, radicalizó su protesta contra la derecha en el poder. Los años ´80 fueron de una gran polarización ideológica y política en temas de seguridad y política regional, sólo comparables al clima previo al asesinato de Rabin, diez años más tarde. La violencia ganó las calles: en una manifestación fue asesinado Emil Grinzwaig, militante de Paz Ahora, por una granada arrojada por un manifestante de extrema derecha, que sobre todo ejerció el terrorismo contra habitantes palestinos de la Cisjordania ocupada.

Contrastando con la polarización política, en la misma década del ´80 comienza a consolidarse la hegemonía neoliberal en el campo económico-social. El gobierno de unidad nacional erigido en 1984 aplica un plan antiinflacionario basado en las recetas de ajuste dictadas desde el FMI. Esa fue la plataforma de lanzamiento de un proyecto tendiente a recortar el poder sindical, el estado de bienestar y a privatizar empresas en manos del estado y de la Histadrut.

Más allá de la oposición parcial de sectores sindicales directamente afectados por ella, la política neoliberal se profundiza y fortalece su hegemonía durante la última década del siglo. La izquierda ya no es un foco de resistencia contra el neoconservadurismo sino que, por el contrario, en gran parte se suma al coro de los endiosadores del libre mercado. Incluso el movimiento kibutziano se suma al consenso en torno de las supuestas virtudes de la privatización. La extensión de la mercantilización a todos los campos de la vida social, incluso la cultura, el ocio y el trabajo, no sorprende si se tiene en cuenta la dinámica de cualquier sociedad capitalista de fines de siglo, pero abre grandes interrogantes sobre el futuro del kibutz si también éste decide marchar por ese rumbo. Ni qué hablar de la vigencia de uno de los pilares ideológicos del sionismo jalutziano , el “trabajo hebreo”, a la luz de la masiva incorporación de trabajadores tailandeses, rumanos, bolivianos y nigerianos al mercado laboral israelí, incluyendo a los kibutzim.

Si el acuerdo de Oslo con la dirigencia palestina implica indudablemente la coronación exitosa de los postulados de la izquierda sionista en el terreno de la paz y las relaciones con el entorno árabe (un éxito nada desdeñable, al que le ha dedicado ingentes y justificables esfuerzos, desde que el llamamiento al diálogo con la OLP predicado por un puñado de consecuentes militantes era vituperado por los propios Rabin y Peres), la ausencia de una alternativa al proyecto económico-social de corte neoliberal habla de un rotundo fracaso, cuando no de una grave claudicación de la izquierda sionista histórica.

Sergio Rotbart

Texto tomado de http://www.hagshama.org/en/resources/view.asp?id=565

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