Pasajes de “La opresión y la libertad” de Simone Weil

I

La imagen de la contradicción en la materia es el choque de fuerzas opuestas. Ese movimiento hacia el bien, a través de las contradicciones, que Platón describió como el de la criatura pensante auxiliada por una gracia sobrenatural, Marx lo atribuyó pura y simplemente a la materia, pero a cierta materia: la materia social.

Le llamó la atención el hecho de que los grupos sociales se fabriquen morales para su propio uso, morales por medio de las cuales cada uno sustrae del alcance del mal su actividad específica. Hay así una moral del guerrero, una moral del mercader, y así sucesivamente, cuyo primer articulo es negar que se pueda cometer ningún mal cuando efectúa metódicamente la guerra, los negocios, etcétera. Además, todos los pensamientos que circulan en una sociedad, cualquiera sea, están influídos por la moral particular del grupo que la domina. Es un hecho que nunca ha sido ignorado, y que Platón, por ejemplo, conocía perfectamente.

Una vez reconocido esto, se puede reaccionar de muchas maneras, según la profundidad de la inquietud moral:

Uno puede reconocerlo para los otros e ignorarlo para sí mismo. Esto significa sencillamente que se admite como absoluta la moral del grupo del que se forma parte. Entonces se está tranquilo. Pero desde el punto de vista moral, muerto. El caso es extremadamente frecuente.

O bien se puede tener conciencia de la miserable flaqueza de todo espíritu humano. Entonces sobreviene la angustia. Algunos, para escapar de la angustia, aceptan que las palabras “Bien” y “Mal” pierdan todo significado. Estos, al cabo de un tiempo más o menos largo, se descomponen, caen en putrefacción. Es quizá lo que le habría ocurrido a Montaigne sin la influencia de su amigo estoico.

Otros buscan ansiosa, desesperadamente, un camino para salir del terreno de las morales relativas y conocer el bien absoluto. Entre ellos se pueden contar espíritus de valor desigual, tales como Platón, Pascal, y, por extraño que pueda parecer, Marx.

El verdadero camino existe. Platón y muchos otros lo han recorrido. Pero sólo está abierto para aquellos que, reconociéndose incapaces de encontrarlo, ya no lo buscan, y sin embargo no dejan de desearlo con exclusión de toda otra cosa. A ellos les está acordado nutrirse de un bien que, situado fuera de este mundo, no está sometido a ninguna influencia social. Es el pan trascendente a que se refiere el texto original del Padrenuestro.

Marx buscó otra cosa y creyó encontrarla. Como los engaños en materia moral emanan de grupos particulares, cada uno de los cuales intenta postular su propia existencia como un bien absoluto, se dijo que el día en que no hubieran más grupos particulares las mentiras desaparecerían. Admitió, en forma totalmente arbitraria, que el choque de las fuerzas sociales terminaría produciendo automáticamente esta destrucción. Sintiendo imperiosamente que el conocimiento de la justicia y la verdad en cierto modo se deben al hombre, cuyo deseo, en ese plano, es demasiado intenso para admitir un rechazo; habiendo reconocido, con razón, que ningún espíritu humano, sin excepción, tiene la fortaleza de sustraerse a los factores de engaño que envenenan la vida social; ignorando que existe una fuente de la que desciende esta fortaleza sobre los que la desean con toda humildad, admitió que la sociedad, por un proceso automático de crecimiento, eliminará su propio veneno. Lo admitió sin ninguna razón, porque no podía hacer otra cosa.

Así hay que comprender lo que a menudo aparece en él como la negación de las nociones mismas de verdad, de justicia, de valor moral. Estando envenenada la sociedad, ningún espíritu es capaz de acceder a la verdad y a la justicia. Los que pronuncian esas palabras mienten o están engañados por mentirosos. El que quiere servir a la justicia sólo tiene un medio: apresurar la operación del mecanismo que llevará a una sociedad sin veneno. Poco importan los medios que se usen a este efecto: son buenos si son eficaces. Así Marx, exactamente como los hombres de negocios de su tiempo o los guerreros de la Edad Media, concluía en una moral que situaba por encima del pecado la categoría social de la que formaba parte, a saber la de los revolucionarios profesionales. Recaía en la misma debilidad que con tantos esfuerzos había tratado de evitar, como ocurre a todos los que buscan la fuerza moral donde no está.

En cuanto a la naturaleza de ese mecanismo productor de paraíso, la deduce de un razonamiento casi pueril. Cuando un grupo dominante deja de dominar, es reemplazado por un grupo que antes se encontraba naturalmente más abajo. A fuerza de repetirse ese proceso, el crecimiento social termina para llevar a lo alto al grupo que estaba más bajo. Entonces ya no hay más lo bajo, la opresión, intereses de grupos contrarios al interés general, la mentira.

En otras palabras, como consecuencia de una revolución en el curso de la cual la fuerza ha cambiado de manos, un día los débiles, que continúan siendo tales, tendrán la fuerza de su lado, Es un ejemplo particularmente absurdo de la tendencia a la extrapolación que fue una de las taras de la ciencia y de todo el pensamiento del siglo XIX, época en que, salvo entre los puros matemáticos, se ignoraba la noción de límite.

La fuerza, al cambiar de manos, sigue siendo una relación de más fuerte a más débil, una relación de dominación. Puede cambiar de manos indefinidamente sin que jamás se elimine un término de la relación. En el momento de una transformación política, los que se aprestan a tomar el poder poseen ya un fuerza, es decir una dominación sobre los más débiles. Si no poseen ninguna, el poder no caerá en sus manos, al menos que pueda intervenir un factor eficaz que no sea la fuerza, cosa que Marx no admitía. El materialismo revolucionario de Marx consiste en establecer, por una parte que la fuerza sola regula exclusivamente las relaciones sociales, por otra parte que un día los débiles, sin dejar de ser débiles, serán al mismo tiempo los más fuertes. Creía en el milagro sin creer en lo sobrenatural. Desde un punto de vista puramente racionalista, si se cree en el milagro es mejor creer también en Dios.

Lo que hay en el fondo del pensamiento de Marx es una contradicción. Lo que no quiere decir que la ausencia de contradicción sea un criterio de verdad. Por el contrario, la contradicción, como ya Platón lo sabía, es el único instrumento del pensamiento que se eleva. Pero hay un uso legitimo y un uso ilegitimo de la contradicción. El uso ilegitimo consiste en combinar afirmaciones incompatibles como si fueran compatibles. El uso legítimo consiste, cuando dos verdades incompatibles se imponen a la inteligencia humana en reconocerlas como tales y convertirlas por así decirlo en los dos brazos de una pinza, un instrumento para entrar directamente en contacto con el dominio de la verdad transcendente innaccesible a nuestra inteligencia. La contradicción así manejada desempeña un papel esencial en el dogma cristiano. Seria fácil mostrarlo a propósito de un ejemplo como el de la Trinidad. Desempeña un papel análogo en otras tradiciones. Quizá haya ahí un criterio para discernir las tradiciones religiosas o filosóficas auténticas.

La contradicción esencial de la condición humana es que el hombre está sometido a la fuerza y desea la justicia. Está sometido a la necesidad y desea el bien. No es sólo su cuerpo el que está así sometido sino también todos sus pensamientos; y sin embargo el ser mismo del hombre consiste en su tendencia hacia el bien. Por eso todos creemos que hay unidad entre la necesidad y el bien.

Algunos creen que los pensamientos del hombre respecto al bien poseen aquí abajo el mayor grado de fuerza. Son aquellos a quienes se llama idealistas, Se engañan doblemente; primero porque sus pensamientos carecen de fuerza, luego porque no captan el bien. Están influidos por la fuerza, de modo que esta actitud es finalmente una réplica, menos enérgica, a la actitud contraria.

Otros creen que la fuerza por sí misma está orientada hacia el bien. Son los idólatras; es la creencia de los materialistas que no caen en un estado de indiferencia. También se engañan doblemente; en primer lugar la fuerza es extraña e indiferente al bien; además, no es siempre y en todas partes la más fuerte. Sólo pueden escapar a esos errores los que recurren al pensamiento incomprensible de que hay una unidad entre la necesidad y el bien, en otras palabras entre la realidad y el bien, fuera de este mundo. Creen también que algo de esta unidad comunica a los que dirigen hacia ella su atención y su deseo. Pensamiento todavía más incomprensible, pero experimentalmente verificado.

Marx era un idólatra. Su idolatría tenía por objeto la sociedad futura. Pero como todo idólatra necesita un objeto presente, la dirigió sobre una fracción de la sociedad que él creía a punto de operar la transformación esperada, es decir el proletariado. Se consideraba como su jefe natural, a menos para la teoría y la estrategia general; pero en otro sentido creía recibir de él la luz. Si se le hubiera preguntado por qué, estando todo pensamiento sometido a las fluctuaciones de la fuerza, el mismo Marx, como un gran numero de sus contemporáneos, continuamente pensaba en una sociedad perfectamente justa, la respuesta le hubiera resultado muy fácil. A sus ojos era el resultado mecánico de la transformación que se preparaba y que, si bien aún no se había realizado, presentaba un estado de germinación bastante avanzado para reflejarse en el pensamiento de algunos. Interpretaba de la misma manera la sed de justicia social tan ardiente en los obreros de esa época.

Tenía razón en un sentido. Casi todos los socialistas de ese tiempo, inclusive él mismo, sin duda hubieran sido incapaces de ponerse de parte de los más débiles si, al lado de la compasión provocada por la debilidad, no hubiera existido el prestigio ligado a una apariencia de fuerza. Este prestigio venía no de un futuro presentido, sino de un pasado reciente, de algunas escenas brillantes y engañosas de la Revolución francesa.

Los hechos muestran que casi siempre los pensamientos de los hombres están formados, como pensaba Marx, por las mentiras de la moral social. Casi siempre; pero no siempre. Esto también es cierto. Hace veinticinco siglos, ciertos filósofos griegos, cuyos nombres mismos nos son desconocidos, afirmaban que la esclavitud es absolutamente contraria a la razón y a la naturaleza. Así como las fluctuaciones de la moral según los tiempos y los paises son evidentes, también es evidente que la moral que procede directamente de la mística es una, idéntica, inalterable. Esto se puede verificar considerando Egipto, Grecia, India, China, el budismo, la tradición musulmana, el cristianismo y el folklore de todos los países. Esta moral es inalterable porque es un reflejo del bien absoluto que se sitúa fuera de este mundo. Es verdad que todas las religiones, sin excepción, han hecho mezclas impuras de esta moral y de la moral social, en dosis variables. Ella no constituye menos la prueba experimental aquí abajo de que el bien puro y trascendente es real, en otros términos, la prueba experimental de la existencia de Dios.

II

La obra verdaderamente capital de Marx es la aplicación de su método al estudio de la sociedad que la rodeaba. Definió con una precisión admirable las relaciones de fuerza en esta sociedad. Mostró que el trabajo a salario es una forma de opresión, que los trabajadores están evidentemente avasallados en un sistema de producción en el que, despojados de saber y habilidad, se ven reducidos casi a la nada ante la prodigiosa combinación de la ciencia y las fuerzas naturales que se encuentra como cristalizada en la máquina. Mostró que el Estado, constituido por categorías de hombres separados de la población – burocracia, policía ejército – constituye él mismo una máquina que aplasta automáticamente a los que pretende representar. Percibió que la vida económica misma iba a hacerse cada vez más centralizada y burocrática, aproximado de tal modo a los conductores de la producción con los que conducen el Estado.

Estas premisas debían conducirlo a prever el fenómeno moderno del Estado totalitario y la naturaleza de las doctrinas que surgirían alrededor de él. Pero Marx quería que ese sombrío mecanismo trajera la justicia. Por eso no quiso prever. Admitió los absurdos más evidentes, más contrarios a sus propios principios. Supuso que, estando todo regulado por la fuerza, sin embargo un proletariado sin fuerza iba a realizar con éxito un golpe de Estado político, hacerlo seguir de una medida puramente jurídica como la supresión de la propiedad individual y por ese hecho hacerse dueño de todos los dominios de la vida social.

Sin embargo él mismo había descrito ese proletariado totalmente desposeído, salvo de sus débiles brazos para las necesidades serviles y de su ardiente sed de justicia. Había mostrado cómo las fuerzas de la naturaleza, canalizadas por las máquinas, monopolizadas por los dueños de las empresas industriales, reducen, casi aniquilan, la simple fuerza muscular; cómo la cultura moderna al crear un abismo entre el trabajo manual y el trabajo intelectual relega al espíritu de los obreros a los objetos sin valor; cómo la misma habilidad manual había sido negada a los hombres y transportada a las máquinas. Había hecho ver con la evidencia más cruel que esta técnica, esta cultura, esta organización del trabajo y de la vida social constituyen las cadenas que tienen esclavizados a los trabajadores. Y al mismo tiempo quiso creer que, permaneciendo todo esto intacto, el proletariado rompería la servidumbre y asumirla el mando.

Esta creencia es igualmente contraria a los prejuicios materialistas de Marx, a la parte sólida, inalterable de su pensamiento. De sus análisis más profundos derivan inmediatamente que la transformación de la producción, de la cultura intelectual, de la organización social, debe preceder en el conjunto a los movimientos políticos y jurídicos, como fue el caso en la Revolución de 1789. Pero Marx no quiso ver esta consecuencia tan evidente porque era contraria a sus deseos. Sus discípulos tampoco se arriesgan a verla, por la misma razón.

En cuanto a la interpretación marxista de la historia, no se puede decir nada porque no existe. No hubo ninguna tentativa para explicar la evolución de la civilización en función del desarrollo de los medios de producción. Además, estableciendo que la lucha de clases es la clave de la historia, Marx ni siquiera ha intentado demostrar que este es un principio de explicación materialista. Y de ninguna manera es evidente. La aspiración del alma humana hacia la libertad, la codicia del alma humana frente al poder, también pueden analizarse como hechos de orden espiritual.

Colocando sobre estos hechos el rótulo “lucha de clases”, Marx sólo los ha simplificado en forma casi pueril. Olvidó la guerra, factor de la historia humana tan importante como la lucha social. Por eso los marxistas siempre sienten un desconcierto ridículo frente a los problemas planteados por la guerra. Además, este olvido es característico de todo el siglo XIX; al cometerlo Marx dio una prueba más de servidumbre intelectual con respecto a las influencias dominantes de su siglo. Por otra parte, quiso olvidar que las luchas de los oprimidos entre si y de los opresores entre sí son tan importantes como las luchas entre opresores y oprimidos, y que muchas veces el mismo ser humano es lo uno y lo otro a la vez. Estableció la noción de opresión en el centro de su obra pero jamás trató de analizarla. Nunca se preguntó en qué consiste.

Lo que constituye la prodigiosa fortuna política del marxismo es ante todo esta yuxtaposición entre dos doctrinas pobres, sumarias e incompatibles entre sí. La humanidad siempre ha hecho reposar en Dios la esperanza de saciar su sed de justicia. Desde que Dios estaba ausente de las almas había que perder esta esperanza o basarla en la materia. Necesita un aliado todopoderoso. Si este aliado no es espíritu será materia. Se trata simplemente de dos expresiones distintas del mismo pensamiento fundamental. Sólo que la segunda expresión es defectuosa. Es una religión mal construida. Pero es una religión. No es asombroso pues que el marxismo haya tenido siempre un carácter religioso. Tiene de común con las formas de vida religiosa más ásperamente combatidas por Marx un gran número de cosas y especialmente el haber sido con frecuencia utilizada, para citar la fórmula de Marx, como opio del pueblo. Pero es una religión sin mística en el verdadero sentido de esta palabra.

No sólo el materialismo en general, sino la especie de materialismo propia de Marx debía asegurarle una vasta influencia. El siglo XIX creyó que la producción industrial era la clave del progreso humano. Era la tesis de los economistas, el pensamiento que permitía a los industriales matar de cansancio a generaciones de niños sin el menor remordimiento. Marx simplemente tomó esta idea y la transportó al campo revolucionario, preparando así una especie muy particular de revolucionarios burgueses.

Pero estaba reservado a nuestra época el utilizar las obras de Marx al máximo. La doctrina idealista, utópica, que contiene es preciosa para levantar a las masas, para hacerles que lleven un partido al poder, para mantener a la juventud en el estado de entusiasmo permanente necesario a todo régimen totalitario. Al mismo tiempo la otra doctrina, la doctrina materialista que congela todas las aspiraciones humanas con el frío metálico de la fuerza, proporciona a un estado totalitario un gran número de excelentes respuestas para las tímidas aspiraciones del pueblo. En general, la yuxtaposición de un idealismo y de un materialismo igualmente sumarios y burdos es el carácter espiritual, si se osa emplear esta palabra, de nuestra época.

El vicio de tal pensamiento no es la combinación del materialismo y el idealismo pues deben estar combinados. Es situar esta combinación demasiado bajo; pues su unidad reside en un lugar que se encuentra por encima del cielo, fuera de este mundo.

Dos cosas son sólidas, indestructibles en Marx. Una es el método que hace de la sociedad un objeto de estudio científico tratando de definir en ella las relaciones de fuerza; otra, es el análisis de la sociedad capitalista tal como existía en el siglo XIX. El resto no sólo no es verdadero sino que es aún demasiado inconsistente, demasiado vacío para poder decirse que es erróneo.

Al olvidar los factores espirituales Marx no corría peligro de equivocarse demasiado en el análisis de una sociedad que no le dejaba en suma ningún sitio. En el fondo el materialismo de Marx expresaba sólo la influencia de esta sociedad sobre él; tuvo la debilidad de convertirse él mismo en el mejor ejemplo de sus tesis respecto a la subordinación del pensamiento a las circunstancias económicas. Pero en sus mejores momentos se eleva por encima de esta debilidad. El materialismo entonces lo horroriza y él lo estigmatiza en la sociedad de su época. Encontró una fórmula insuperable cuando dijo que el capitalismo tiene por esencia la subordinación del sujeto al objeto, del hombre a la cosa. El análisis que hizo de este punto de vista es de un vigor y una profundidad incomparable; todavía hoy, sobre todo hoy, es infinitamente precioso meditarlo.

Pero el método general es más precioso todavía. La idea de elaborar una mecánica de las relaciones sociales fue presentida por muchos espíritus lúcidos. Fue sin duda el pensamiento de Maquiavelo. Como en la mecánica propiamente dicha, la noción fundamental seria la de fuerza. La gran dificultad es captar esta noción.

No hay nada en tal pensamiento que sea incompatible con la espiritualidad más pura. Es su complemento. Platón comparaba la sociedad con un gigantesco animal que los hombres están obligados a servir y que tienen la debilidad de adorar. El cristianismo, tan próximo a Platón en tantos puntos, contiene no sólo el mismo pensamiento sino la misma imagen. La bestia del Apocalipsis es hermana del gran animal de Platón. Elaborar una mecánica social es, en lugar de adorar a la bestia, estudiar su anatomía, psicología, sus reflejos y sobre todo tratar de comprender el mecanismo de sus reflejos condicionados, es decir buscar un método para adiestrarla.

El pensamiento fundamental de Platón, que es también el del cristianismo pero que ha sido muy olvidado, es que el hombre no puede evitar el estar íntegramente sometido a la bestia, aun hasta el centro más secreto de su alma, excepto en la medida en que está liberado por la operación sobrenatural de la gracia. La servidumbre espiritual consiste en la confusión de lo necesario y el bien; pues “se ignora qué distancia separa la esencia de lo necesario y del bien”.

La bestia tiene una doctrina, la doctrina de la fuerza. Algunos atenienses, citados por Tucídides, la expresaron crudamente, con una claridad maravillosa, cuando dijeron a unos desdichados que les suplicaban: “Creemos con respecto a los dioses según la tradición y sabemos con respecto a los hombres por una experiencia indudable que siempre cada uno, por una necesidad de la naturaleza, domina allí donde tiene poder’. Se ve que esos atenienses eran adoradores recientes de la bestia, hijos de antepasados extraños a su culto; los verdaderos fieles de este culto casi no expresan la doctrina, sino es por la acción. Para justificar esta acción inventan idolatrías.

Lo opuesto a esta doctrina, en lo que concierne a la divinidad, es el dogma de la Encarnación. “Siendo igual a Dios no consideró esta igualdad como un botín . Se vació de ella… Tomó la condición de esclavo. Se hizo obediente hasta la muerte.” La bestia es la dueña aquí abajo. El diablo dijo a Cristo: “Te daré este poder y la gloria que le está unida pues ellas me han sido entregadas.” La descripción de las sociedades humanas en función de las solas relaciones de fuerzas da cuenta de casi todo. Sólo deja de lado lo sobrenatural.

La parte sobrenatural aquí abajo es secreta, silenciosa, casi invisible, infinitamente pequeña. Pero es decisiva. Proserpina no creía que cambiarla su destino al comer un sólo grano de granada y desde ese instante para siempre el otro mundo fue su patria y su reino.

Este efecto decisivo de lo infinitivamente pequeño es una paradoja que la inteligencia humana tiene dificultad en reconocer. Por esta paradoja se cumple la sabia persuasión de que habla Platón. Esa persuasión por medio de la cual la providencia divina lleva a la necesidad a orientar la mayor parte de las cosas hacia el bien.

La naturaleza, que es un espejo de las verdades divinas, presenta en todas partes una imagen de esta paradoja. Así los catalizadoras, las bacterias. Con relación a un sólido punto es infinitamente pequeño. Sin embargo en cada cuerpo es un punto el que triunfa sobre toda la masa, puesto que si está sostenido el cuerpo no cae; ese punto es el centro de gravedad.

Pero un punto sostenido no impide que una casa caiga salvo si está dispuesta simétricamente a su alrededor o si la asimetría implica ciertas proporciones. La levadura levanta la masa únicamente cuando se mezcla con ella. El catalizador no actúa sino en contacto con los elementos de la reacción. Igualmente existen condiciones materiales para la operación sobrenatural de lo divino presente aquí abajo en la forma de lo infinitamente pequeño.

La miseria de nuestra condición somete a la naturaleza humana a una gravedad moral que la atrae continuamente hacia lo bajo, hacia el mal, hacia una sumisión total a la fuerza. “Dios vio que los pensamientos del corazón del hombre tendían siempre, constantemente al mal.” Esta gravedad es lo que obliga al hombre, por una parte a perder la mitad de su alma, según un proverbio antiguo, el día en que se convierte en esclavo, y por otra a dominar siempre, según las palabras citadas por Tucídides, allí dónde tiene poder. Como la gravedad propiamente dicha, tiene sus leyes. Cuando se las estudia no somos nunca demasiado frios, demasiado lúcidos, demasiado cínicos. En este sentido, en esta medida, hay que ser materialista. Pero un arquitecto estudia, no sólo la calda de los cuerpos, sino también las condiciones de equilibrio. El verdadero conocimiento de la mecánica social implica el de las condiciones en que la operación sobrenatural de una cantidad infinitamente pequeña de lo impuro colocada en un punto conveniente, puede neutralizar la gravedad.

Los que niegan la realidad de lo sobrenatural se parecen realmente a los ciegos. Tampoco la luz es sólida, ni pesa. Pero por ella las plantas y los árboles suben hacia el cielo a pesar de la gravedad. No se la come, pero las semillas y frutos que comemos no madurarían sin ella.

Igualmente las virtudes puramente humanas no germinarían fuera de la naturaleza animal del hombre sin la luz sobrenatural de la gracia. Cuando el hombre se desvía de esta luz una descomposición lenta, progresiva, pero infalible, lo somete finalmente todo entero, hasta el fondo del alma, al poder de la fuerza. En la medida en que es posible para una criatura pensante, se convierte en materia. Lo mismo que una planta privada de luz se transforma poco a poco en algo inerte.

Los que creen que lo sobrenatural, por definición, actúa de manera arbitraria y que escapa a todo estudio, lo desconocen como aquellos que niegan su realidad. Los místicos auténticos como San Juan de la Cruz, describen la operación de la gracia sobre el alma con una precisión de químico o de geólogo. La influencia de lo sobrenatural sobre las sociedades humanas, aunque quizá más misteriosa, sin duda puede ser estudiada.

Si se mira de cerca no sólo la Edad Media cristiana sino todas las civilizaciones realmente creadoras, se ve que, cada una, al menos durante un tiempo, tuvo en su centro un lugar vacío reservado para lo sobrenatural puro, para la realidad situada fuera de este mundo. Todo lo demás estaba orientado hacia ese vacío.

No hay dos métodos de arquitectura social. No hubo nunca más que uno. Es eterno. Pero siempre lo eterno exige al espíritu humano un verdadero esfuerzo de invención. Consiste en disponer las fuerzas ciegas de la mecánica social alrededor del punto que sirve también de centro a las fuerzas ciegas de la mecánica celeste, es decir, “el amor que mueve el sol y las otras estrellas”.

No es ciertamente fácil concebirlo en forma precisa ni aplicarlo. Pero en todo caso para lograrlo la primera condición es pensarlo. No se trata de una cosa que se puede obtener por accidente. Quizá se lo puede recibir al final de un largo y perseverante deseo.

La imitación del orden del mundo fue el gran pensamiento de la Antigüedad prerromana. Debía ser también el gran pensamiento del cristianismo, puesto que el modelo perfecto propuesto a la imitación de cada hombre era el mismo ser que la Sabiduría ordenadora del universo. Efectivamente este pensamiento ha movido subterráneamente toda la Edad Media.

Actualmente, embrutecidos como estamos desde hace varios siglos por el orgullo de la técnica, nos hemos olvidado que existe un orden divino del universo. Ignoramos que el trabajo, el arte, la ciencia, son solamente distintas maneras de entrar en contacto con él.

Si la humillación de la desdicha nos despertara, si pudiéramos reconquistar esa gran verdad, podríamos borrar el escándalo del pensamiento moderno, la hostilidad entre la religión y la ciencia.

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