El país que Herzl soñó

En este año se conmemora el 150 aniversario del nacimiento de Teodoro Herzl, el fundador del sionismo, por lo que resulta apropiado recordar cómo sería el país que soñó y creyó factible. Decenas de libros se han escrito sobre la personalidad misma de Herzl, sobre sus luchas, aspiraciones y logros, tal como aparecen en las biografías escritas por Amos Elon y Shlomo Avineri. Pero poco se ha analizado a fondo el tipo de Estado que concibió.

Theodor HerzlHerzl fue indiscutiblemente, el más osado de los líderes que establecieron los fundamentos del futuro Estado de Israel. En eso se distingue de sus sucesores en el movimiento sionista, como Ajad Haam, Zeev Jabotinsky y David Ben Gurión. Todos ellos tuvieron mayores fundamentos judíos. Pero sin embargo ninguno se enfrentó a esa fuerte revolución ideológica que llevó a Herzl a creer, al principio, que los judíos se podrían asimilar a la Europa cristiana, (escrito en su “Diario“ en 1890), para llegar finalmente a la conclusión de que la esperanza del pueblo judío estribaba en el establecimiento de un estado propio.

Herzl fue un judío asimilado que se convirtió al sionismo en su edad adulta. Sus obras teatrales son hoy desconocidas y sus escritos periodísticos para la Freie Neue Presse (uno de los periódicos de más influencia en su época), son sólo de interés para sus biógrafos. Pero su talento político fue extraordinario desde cualquier punto de vista, y en el tema del “Problema Judío” analizó la realidad con mayor claridad que cualquiera de sus contemporáneos.

En su polémico tratado El Estado Judío, su novela Altneuland (Vieja Nueva Patria, 1902), en su Diario y otros escritos, Herzl trasmite la visión de una futura nación al estilo clásico, liberal y democrático como el que se estaba desarrollando en la Europa de aquel entonces. Tres serían los pilares del Estado: solidaridad social, igualdad cívica para todos sus habitantes y un delicado balance entre la libertad individual y el papel de la religión en la sociedad, y los tres fueron fundamentales para el establecimiento del movimiento sionista, aunque recientemente se hayan visto seriamente disminuidos.

En la concepción de Herzl la libertad y la igualdad son básicos. Herzl no era socialista pero como periodista y ensayista conocía lo que estaba sucediendo en la sociedad europea y era conciente de los defectos del capitalismo y de la situación de las clases trabajadoras.

Esta conciencia social aparece en el sistema económico que proyectó y al cual llamó “mutualismo” que significa un camino medio entre el capitalismo y el socialismo. Del capitalismo tomó los principios de libertad y competencia y del socialismo las ideas de igualdad y justicia. El yishuv judío en Palestina siguió casi completamente con esta visión en las primeras décadas después de la independencia. La hegemonía del movimiento laborista garantizó un papel central a la propiedad pública, (kibutzim, cooperativas y empresas del Histadruth) y creó una enorme red de instituciones de salud y beneficio social. Sin embargo, recientemente han desaparecido muchos de estos elementos. La economía de mercado que ha privatizado y las enormes diferencias de ingresos han dañado las ideas de solidaridad e igualdad. A Herzl nada le era más ajeno que la privatización y la competencia como valores centrales de la sociedad, así como ideas nacionalistas y racistas.

Para Herzl el judaísmo constituiría el “ceremonial” oficial, pero la sociedad sería tolerante y multi-étnica, un centro cosmopolita que permitiría florecer tanto la cultura internacional como la judía que se desarrollaría localmente, y ambas se influirían mutuamente. Sería pues un estado judío que reflejaría la orientación burguesa del autor, como él lo percibía desde la relativamente liberal e iluminada Viena del fin del siglo XIX.

El relato utópico de Altneuland (que Najum Sokolov tradujo al hebreo con el título de Tel-Aviv) es una representación de los problemas y tensiones a que se tendrá que enfrentar la nueva sociedad, siendo la primera dificultad la posición de los árabes en la misma. En una época en que nadie en Europa y ni siquiera en el Medio Oriente conocía la existencia de un movimiento nacionalista árabe, sería exagerado pedir que Herzl enfrentara tal problemática. Fue sólo después de la Primera Guerra Mundial que el imperialismo británico dio al nacionalismo árabe sus primeros ímpetus en su lucha contra el Imperio Otomano. Pero desde el análisis de Herzl, pocos temas utópicos asumen una dimensión tan crítica.

Asombro al descubrir un país moderno

En esa novela nos relata cómo dos personajes, un judío y un cristiano austríaco, después de haber estado alejados de la civilización por 20 años, regresan a la entonces Palestina, país que visitaron en 1902, y anclan en el puerto de Haifa. Se asombran al descubrir un país moderno, sofisticado e industrializado en lugar de la atrasada provincia otomana que recordaban de su viaje anterior. Se les dice a los visitantes que la prosperidad del país se debe a la masiva inmigración de judíos que han construido en la Tierra de Israel una “Sociedad Nueva” que es también el nombre oficial del país. La “Nueva Sociedad” emplea la tecnología más avanzada y aplica una solidaridad basada en el “mutualismo”, término usado por los socialistas utópicos. Su sistema combina el capitalismo y el socialismo, el individualismo y el colectivismo. Los visitantes se sorprenden asimismo al descubrir que los habitantes originales del país, los árabes, son socios igualitarios y tienen los mismos derechos de voto. Un árabe les relata los enormes beneficios que los judíos han traído al país y la tolerancia demostrada por los árabes hacia la inmigración judía. Acá vemos la intención de Herzl de involucrar a los residentes árabes del país en una visión social basada en el universalismo.

La visita de los personajes coincide con elecciones generales en el país, donde un fanático rabi, el Dr.Gaier forma un partido con el fin de quitar el derecho de voto a los ciudadanos no judíos de la “Nueva Sociedad”.Pareciese que esto fue escrito en el Israel de hoy y no hace más de100 años.

Jerusalén y el Tercer Templo

Al visitar Jerusalén se encuentran con una ciudad limpia, transformada en una reserva histórica de la cual han desaparecido los limosneros (que tanto afectaron a Herzl en su única visita al país). Ahí se ha reconstruido el Tercer Templo, en la nueva ciudad de Jerusalén y no donde están situadas las mezquitas del Templo en la Ciudad Vieja. Con emoción describe los servicios de Shabat en el Templo, recordando el exquisito poema de Enrique Heine “La Princesa Shabat”. Mucho más se podría escribir sobre Altneuland: otorga el derecho de voto a las mujeres (cuando ningún país europeo lo había concedido), y establece un servicio nacional obligatorio para hombres y mujeres jóvenes que prestaría servicios sociales y médicos.

Altneuland nos muestra un Herzl más complejo que el representado en el mito sionista y en la propaganda antisionista. Imagina un estado judío que asume en el país la presencia de árabes, que luchan por igualdad de derechos; es bastante realista para saber que el racismo puede surgir en cualquier país; es un liberal conservador que teme a las revoluciones sociales, pero ofrece un sociedad distintiva basada en la solidaridad y que reúne tanto la iniciativa capitalista como la justicia socialista; es un individuo moderno y culto, que permite la religión en la esfera pública pero que se opone a la coerción religiosa.

El antisemitismo jugó un papel central en la filosofía sionista de Herzl. De hecho fue lo que condujo a este judío asimilado a un despertar de su identidad judía y a la mera idea de la necesidad de trasladar a los judíos de los países en que vivían como una minoría, a un lugar soberano propio. Escribió que “el mundo necesita un Estado Judío y por ello será establecido”, convencido que distanciar a los judíos de la vida de las naciones en las cuales habitan resolvería el problema del antisemitismo. En este aspecto Herzl se equivocó., pues para este fenómeno no existe una cura total. Es más: el germen del antisemitismo tan profundamente arraigado en varias naciones ha sufrido una mutación al enfrentarse con el Estado de Israel. Hoy en día ya no se agrede a los judíos personalmente (excepto en casos contados), pero se ataca a su país. En efecto, aun los ataques a los judíos como individuos derivan del hecho de que pertenecen a la Nación o Estado Judío.

El error de Herzl fue resultado de la existencia “anormal” de los judíos, que son una combinación única de religión y nacionalidad, que al mundo le cuesta trabajo entender: Si se trata de una religión, ¿para qué se necesita un territorio?, y si se trata de una nacionalidad, ¿por qué no se puede incluir a miembros de otras religiones? Se culpa a los judíos de todos los fenómenos que ocurren en el mundo: tanto del capitalismo internacional como de la revolución comunista.

Cuando Herzl emprendió su cruzada había ya en Palestina colonias fundadas por los Jovevei Zion y apoyadas financieramente por el Barón Rotschild. Sin ese apoyo financiero, probablemente el movimiento sionista no hubiese podido prosperar. Sin embargo Rotschild no apoyó a Herzl en ninguna de sus iniciativas y le escribió que “miraba con profundo desagrado el plan del establecimiento de una colonia judía. Ese Estado judío seria pequeño e insignificante, ortodoxo y no liberal, y alejaría a los judíos”.

Herzl se entrevistó con todas las personalidades importantes de la época: desde el káiser hasta el sultán otomano, el Papa Pío X, el rey Victor Manuel y las autoridades británicas. Al no poder conseguir de los turcos el permiso necesario, aceptó la propuesta para establecer una colonia judía en Africa Oriental ( conocido como el Plan Uganda). Cuando presentó este plan al Congreso Sionista en 1903, se produjo un cisma en el movimiento sionista.

A pesar de su pesimismo con respecto a la cultura europea, Herzl no pudo ni siquiera imaginarse la posibilidad del Holocausto y la profundidad del antagonismo árabe hacia el proyecto sionista, que son elementos que, en gran medida, han configurado el carácter del Israel de 2010.

Herzl murió hace más de un siglo prediciendo que “si no es en cinco será en cincuenta años”, y su profecía se cumplió, pues hoy en día, para mal o para bien, vivimos en la Israel soñada por él.

Autora: Lic. Tzila Chelminsky
Texto publicado en Aurora

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Israel, Sionismo y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.