Protocolos para el antisemitismo (Umberto Eco)

El mito de la conspiración judía internacional fue una consigna que los jesuitas lanzaron contra las sectas de carbonarios en el siglo 18. Se extendió por Europa, aunque encontró su mayor terreno fértil en Francia.

En medio de la controversia que ha seguido a la profanación de tumbas judías en Roma (julio de 2002), algunas de las palabras de Pier Ferdinando Casini, vocero de la Cámara de Diputados de Italia, han sido recordadas. Declaró que el antisemitismo está menos arraigado en Italia que otros países. Creo que se debe hacer una distinción entre el antisemitismo intelectual y el popular. Éste es tan antiguo como la diáspora judía. Provino de una reacción instintiva de la gente común a la gente diferente, que hablaba una lengua desconocida evocadora de ritos mágicos. Un pueblo bañado por la cultura de los libros, los judíos aprendieron a leer y a escribir. Practicaron la medicina, impulsaron el comercio y prestaban dinero, de aquí el resentimiento hacia ellos como “intelectuales”. Tales fueron las raíces del antisemitismo campesino en Rusia.

Ciertamente, la condena cristiana hacia “el pueblo que mató a Dios” tiene peso, aunque siempre hubo una relación (privada) de intereses compartidos y de respeto mutuo entre intelectuales cristianos y judíos a lo largo de la Edad Media y no se diga el Renacimiento. Las hordas desesperadas que acudieron a las Cruzadas y destruyeron los guetos con fuego y espada los guetos, no fueron inspirados por la doctrina sino por el impulso de pillar.

El antisemitismo intelectual como lo conocemos se originó en el mundo moderno. En 1797, Abbé Barruel escribió Mémoires pour servir à l’histoire du jacobinisme para mostrar que la Revolución francesa fue un complot de los caballeros templarios y los masones. Más adelante fue un italiano, el capitán Simonini, quien sugirió que por arriba de todas las perfidias estaban los judíos, que actuaban detrás de los escenarios. Fue después de esta aseveración que el argumento de una conspiración judía internacional comenzó, y los jesuitas la abrazaron como una consigna contra las sectas de los carbonarios. La controversia se extendió por toda Europa, aunque encontró su mayor terreno fértil en Francia, donde las finanzas judías se identificaron como el enemigo a vencer. La polémica, efectivamente, fue abastecida con el combustible del legitimismo católico, pero fue en los círculos seculares y políticos donde los mal afamados Protocolos de los sabios de Sión paulatinamente tomaron forma. Éstos se publicaron durante la Rusia zarista y finalmente fueron utilizados Hitler.

Los Protocolos fueron un refrito de un material ficticio serializado y demuestran su poca fiabilidad desde el momento en que es difícilmente creíble que “los malvados” fueran capaces de revelar sus oscuros propósitos tan abiertamente. Los sabios incluso declaran que intentan alentar el deporte y la comunicación para engañar a la clase obrera (un pasaje con más reminiscencias a Berlusconi que al judaísmo). Sin embargo, pese a lo rudimentario de las tesis, esto fue un antisemitismo intelectual. Concediendo al diputado Casini se puede decir que el antisemitismo popular italiano ha sido menos fuerte que en otros países europeos (por varias razones sociales, históricas e incluso demográficas). No obstante, la gente del pueblo terminó por oponerse a las persecuciones raciales, ayudando a los judíos. Pese a todo, la doctrina jesuística antisemita prosperó (las novelas del padre Bresciani son un ejemplo). Lo anterior, combinado con el antisemitismo burgués, que en última instancia produjo a los académicos y escritores renombrados que contribuyeron al infame diario.

La difesa della razza (La defensa de la raza) y la versión de los Protocolos publicados por Julius Evola en 1937. Evola escribió que los Protocolos tenían “el valor de un tónico espiritual”. Y añadió: “Encima de todo, en estas horas decisivas de la historia de occidente, ellos no pueden ser ignorados o desestimados sin minar seriamente el frente de aquellos que luchan en nombre del espíritu, de la tradición y de civilización verdadera”.

El judaísmo internacional, Evola decía, está detrás de de las principales fuentes de la perversión de la civilización occidental. “El liberalismo, el individualismo, la igualdad, el libre pensamiento, los postulados antirreligiosos y sus varios apéndices que conducen a la rebelión de las masas y al comunismo mismo”. Para el judío era un deber “destruir cualquier trazo superviviente de orden verdadero y de civilización superior… Un judío es Freud, cuya teoría se enfoca a reducir la vida interior en instintos y fuerzas inconscientes. Otro es Einstein, que puesto el ´relativismo´en boga… Schoenberg y Mahler son los exponentes principales de la música de decadencia. Tzara es un judío, el creador de dadaísmo, el límite extremo de la degradación del supuesto arte avant garde… Esta es la raza, es un instinto que trabaja aquí… Ahora es tiempo, cuando la fuerza crece por todos lados, porque ahora el rostro del destino al que Europa podría sucumbir ha sido revelado… Puede la hora del ´conflicto´ encontrar aquellas fuerzas y reunirlas en un solo bloque de hierro fundido, irrompible e irresistible.”

Italia hizo una contribución principal al antisemitismo intelectual. Pero es sólo hoy cuando varios fenómenos insinúan un nuevo antisemitismo popular, como si las fuentes antiguas de antisemitismo hubieran encontrado un suelo fértil en otras formas ordinarias de racismo de la clase neo-celta. Si una prueba es necesaria, las fuentes doctrinales siempre son las mismas: basta con visitar ciertas páginas web racistas o seguir la propaganda antisionista en los países árabes, para confirmar que los antisemitas no encuentran nada mejor que reciclar aquellos Protocolos absurdos.

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