Heinrich Heine, precursor del laicismo judío (Egon Friedler)

Un nuevo libro sobre la historia de uno de los más grandes poetas del romanticismo alemán, ofrece un nuevo ángulo sobre su conflictiva relación con los judíos y con lo judío. El poeta que no volvió al judaísmo porque jamás lo había abandonado, resulta así ser un precursor involuntario de lo que la Emancipación convirtió en moneda corriente entonces y hasta nuestros días: el judío laico moderno.

El gran poeta del romanticismo alemán del siglo XlX, Heinrich Heine siempre fue una figura conflictiva. Judío convertido al protestantismo, alemán afrancesado y duro crítico de la Alemania semi-feudal de su tiempo, sufrió el doble rechazo de los alemanes y los judíos, que no fueron sin duda, sus únicos detractores. Hay que admitir que Heine mismo contribuyó generosamente a alimentar las interminables polémicas en torno a su persona. No sólo era mordaz y sarcástico con sus enemigos y adversarios sino también con sus aliados y amigos. Tenía un talento natural para crearse enemigos, lo que no estaba en contradicción con el hecho de que su genio poético, su rica vena lírica, le valieran la admiración de millones de lectores agradecidos. Ensayista y crítico literario, analista político, periodista cultural, filósofo y hasta crítico musical, Heine tuvo una visión profética sin parangón en la historia de la literatura alemana. Previó una revolución comunista, que eventualmente podría poner fin a las profundas diferencias sociales de su tiempo, pero que también sería capaz de incurrir en dolorosos y lamentables excesos. Su visión crítica de la nostalgia alemana por la época bárbara pre-cristiana le permitió vislumbrar la posibilidad de que llegue al poder un régimen inhumano como el nazi.

Heine fue blanco de numerosos ataques antisemitas tanto en vida como después de su muerte. Los nazis lo borraron de la historia de la cultura alemana pero no pudieron con la popularidad de su poema más conocido, “Loreley”, al que convirtieron en una canción popular de “autor anónimo”.

El judaísmo de Heine ha sido una referencia obligatoria en toda discusión sobre el aporte judío a la cultura universal. Su nombre también ha aflorado una y otra vez en discusiones sobre las complejidades de la identidad judía. Enriqueció substancialmente este debate un libro aparecido en Israel el año pasado (2001): “Heine, la doble vida” (Heine: Hajaim hakfulim, edit. Schocken, 502 pgs.) que brinda una visión completa, seria y profunda sobre la actitud de Heine hacia su judaísmo. Su autor, Igal Lossin, es un periodista y autor de películas para televisión que realizó numerosos trabajos para la televisión israelí. Apasionado lector de Heine, realizó un largo y concienzudo trabajo de documentación recogiendo además las opiniones de especialistas como Hugo Bieber, J. Sammons y S. S. Prawer. El libro, altamente disfrutable por su amenidad y su fluidez estilística, ocupó por varios meses un lugar destacado en la lista de los libros de no-ficción más vendidos en Israel en el prestigioso suplemento literario de “Haaretz”. Vale la pena reseñar sus aportes conceptuales más importantes.

Haz lo que yo digo

Heinrich Heine (1797-1856) nació en el seno de una familia de comerciantes y su madre, Piera van Geldern, que ambicionaba un gran futuro para su hijo, lo envió a un liceo católico romano. Sin embargo, pese a la orientación asimilacionista de la madre, la tradición judía en su familia fue muy fuerte y tuvo una influencia decisiva en su vida. Su tío, Salomón Heine, un rico banquero de Hamburgo y el gran patriarca familiar, lo mantuvo virtualmente desde su juventud hasta sus últimos días. Precisamente por esta dependencia, la relación de amor-odio entre sobrino y tío fue sumamente fuerte y estalló en distintas crisis en diferentes períodos. En su juventud, su tío incluso le financió un negocio que previsiblemente dio bancarrota. En la edad madura, cuando Heine ya era un poeta famoso, su tío se expresó irónicamente acerca de sus méritos: “Si hubiera aprendido algo, no hubiera necesitado escribir libros”. Toda su vida se rebeló contra la sociedad en que vivía y sin embargo, de alguna manera, aceptaba a regañadientes normas que rechazaba. Estudió leyes y terminó su carrera para conformar a sus padres, pero jamás practicó la abogacía. Heine fue un revolucionario que advirtió de los peligros de la revolución; un poeta alemán que temía al carácter alemán; un enemigo de la religión institucionalizada que se casó en una iglesia católica parisina; un hedonista, abanderado de la libertad sexual, que se casó muy burguesamente con una modesta vendedora parisina casi analfabeta; un abanderado del orgullo judío que rechazó el servilismo de los judíos que se convertían al cristianismo por interés… lo que no impidió que él actuara precisamente de ese modo que tanto condenaba.

Heine formuló a lo largo de su vida muchas observaciones contrarias a la fe judía, a la sociedad judía de su tiempo, al fanatismo de los judíos tradicionales y el oportunismo carente de principios de los judíos asimilacionistas. Pero los hechos que definieron su judaísmo fueron su pertenencia en sus años juveniles a la “Asociación para la Cultura y la Ciencia de los Judíos” y su retorno a sus raíces en sus penosos últimos años de enfermedad y parálisis. Con toda justicia, una de las frases más citadas de Heine es su respuesta a un amigo que le manifestó su complacencia por el retorno del poeta al judaísmo: “Nunca negué mi judaísmo y no volví a él porque nunca lo abandoné”.

Si Heine fue contradictorio en su vida, aún más divergentes entre sí son los juicios póstumos de escritores e historiadores de la cultura. Igal Lossin recuerda entre otros, el juicio de Isaac Deutscher, quien vió en él a un “judío no-judío” junto a Marx, Spinoza, Rosa Luxenburg, Trotzky y Freud; y el de Max Nordau, que en su discurso ante el Primer Congreso Sionista lo colocó junto a los grandes profetas y legisladores del pueblo judío como Hillel, Filón de Alejandría, Ibn Gabirol, Yehuda Halevy, el Rambam y Spinoza.

Para Lossin, Heine encarnó a un judío nuevo en su época, único en su generación, pero que dos o tres generaciones más tarde sería algo corriente: un judío que se veía como miembro de un pueblo y no de una religión.

Escribe Lossin: “Heine se adelantó en sesenta años a Ajad Haam, quien sostuvo (en su artículo “Esclavitud en la libertad”) que los judíos del este de Europa son más libres que los judíos emancipados de Occidente. El se adelantó en ochenta años a Bialik con la idea de la autodefensa; y a Tchernijovsky con su llamado a la venganza contra los enemigos de Israel. Heine también fue un avanzado de la liberación nacional cuando atacó a los reformistas por su disposición a renunciar a sus raíces históricas a cambio de sus derechos ciudadanos”.

Precursor (involuntario) del Sionismo

Lossin ve en él también a un precursor paradojal de la revolución sionista, aunque más adelante admite que Heine nunca se refirió a Eretz Israel como eventual solución de los problemas judíos. El biógrafo de Heine también sostiene que teniendo en cuenta su crítica al exceso de espiritualidad del judaísmo se adelantó a Berdichevsky, Tchernijovsky y los cananeos.

Pero en la parte medular del libro, en la introducción, que Lossin titula significativamente “Judío de tercera clase”, el autor define con precisión el tipo de judaísmo de Heine: “¿Cuál es entonces la naturaleza de ese judaísmo al que Heine no volvió porque nunca lo abandonó? En la terminología de nuestros días es el judaísmo laico, libre o nacionalista. Es el judaísmo que libera a millones de judíos que viven en la época de “la muerte de Dios” de tener que elegir entre la ortodoxia o el reformismo. Es un judaísmo de tercera clase, que no obliga a susmiembros a creer en los postulados esenciales de la fe o a cumplir ciertos preceptos. Su fundamento es el sentimiento.”

A la luz de las muy compartibles conclusiones de Lossin, es evidente que Heine fue el precursor de millones de judíos modernos, que se niegan a aceptar que su judaísmo sea encerrado dentro de canónes teológicos de cualquier signo y que sienten su judaísmo como la pertenencia a un pueblo, una comunidad histórica milenaria, dotada de una gran tradición.

Por ello, el libro tiene un doble mérito: por una parte, nos brinda una imagen actualizada de uno de los personajes más conflictivos e interesantes, tanto de la historia judía como de la historia de la literatura universal. Por otra parte, coloca en su debido contexto al laicismo judío contemporáneo que, lejos de ser una excusa para el asimilacionismo, como pretenden sus críticos, es una de las formas de identidad judía más lógicas y consecuentes desde los comienzos de la Emancipación hasta nuestros días.

Egon Friedler

Texto tomado de Jinjuj.net

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