Judaísmo y civilización (Martin Buber)

Para apreciar la naturaleza de lo que llamamos una “gran civilización”, debemos considerar las grandes civilizaciones históricas no en el momento de su pleno desarrollo, sino en una  etapa inicial. Veremos entonces que cada, una de ellas puede comprenderse sólo como un sistema de vida. A diferencia, de un sistema de pensamiento ―que ilumina y dilucida las esferas del ser a partir de una idea central―, un sistema de vida es la unidad real en la cual una y otra vez las esferas de la existencia de un grupo histórico se estructura alrededor de un principio supremo. Sólo en momentos sublimes logra este principio conciencia y expresión adecuadas, pero su efecto llena en múltiples ramificaciones y formas y, por supuesto, también en grados diversos de intensidad” la existencia toda del grupo. Su carácter fundamental es siempre religioso y normativo: religioso porque implica siempre una ligazón de la vida humana a lo absoluto, ligazón que, si bien susceptible de comprensión intelectual, es esencialmente concreta, significa cosas concretas y apunta hacia cosas concretas; y normativo, pues si bien se relaciona siempre con el Ser trascendente que controla el universo, el principio proclama a ese Ser como ejemplar para el hombre; como la sola cosa que imitada por el hombre en su actitud hacia la vida y en su estructura social, aporta orden y significado a laexistencia terrenal, y de cuya realización sobre la tierra por parte del hombre depende, en verdad, la supervivencia del hombre quo hombre.

Ya tomemos el principio chino del tao, el “camino”, en cuyo eterno ritmo todos los opuestos combaten y se reconcilian; ya el indo-ario rita (forma hindú) o urta (forma irania, transcrito por lo general como asha), el orden primitivo de lo bueno y lo justo: ya el tesedek de Israel en el cual se combinan verdad y justicia; ya el dike griego, el inexorable curso de los acontecimientos mundiales y la “medida” por él determinada ―en todas partes, el Ser trascendente posee una faz dirigida hacia el hombre, faz que representa un seré; en todas partes, si el hombre quiere existir como hombre, debe esforzarse por seguir un modelo suprahumano; en todas partes el perfil de una verdadera sociedad humana está trazado en el cielo. Todas las esferas de la existencia están esencialmente determinadas por ese principio, por la relación con ese principio; la sabiduría desea explorar su acción, el arte desea darle forma, y donde uno se esfuerza por poner del derecho la vida pública misma, uno mira las estrellas y más allá.

Tal como es, el hombre (que en todas estas doctrinas aparece más o menos desquiciado, habiendo perdido su armonía original con el Ser trascendente) se resiste naturalmente a la orden que él, hombre, ha leído en el universo o bien ha recibido directamente de una potencia superior a él y al universo. Quiere y no quiere traducir la verdad celestial a realidad terrena. Se rebela en la práctica contra lo que acepta en teoría; más aún, contra lo que ve y oye. Pero es precisamente en esta muda lucha del hombre con el espíritu donde se origina el surgimiento: de una gran civilización. El espíritu conquista yes conquistado, avanza y es detenido, golpea sobre la materia humana y encuentra en ella una barrera; y aquí, en las treguas del combate, entre el cielo y la tierra surgen una y otra vez las formas específicas de una civilización, que determina también toda su sabiduría y su arte.

Entre las grandes civilizaciones del mundo antiguo, hubo una en la cual la acción del principio religioso y normativo sobre todas las esferas de la vida pública se manifestó con fecundidad peculiar, única. Todas las otras civilizaciones compartieron, si bien en diversos grados de desarrollo, la doctrina básica de una sociedad celestial-cósmica a la cual corresponde la humana y terrena, o mejor dicho ―debiera corresponder― a la cual correspondió una vez, digamos en la Edad de Oro, o corresponderá algún día, pongamos por caso después de la completa victoria de la luz sobre la obscuridad―. En el antiguo Israel ocupó el lugar de esta doctrina la del Señor de todo lo que es y todo lo que será. Quien, tal como colocó el sol en el cielo, ha colocado el mandamiento de verdad y justicia sobre las cabezas de la raza humana. Es cierto también que en las otras civilizaciones el principio normativo fue portado y garantizado por seres divinos que regían esa sociedad superior; mas sólo Israel conoció un Dios que había elegido un pueblo humano ― precisamente ese pueblo ― para preparar la tierra creada como reino para Él mediante la realización de la justicia. Para Israel el principio es la norma y la ley, para el Dios de Israel es la fundación móvil simbolizada por el Arca con las Tablas de la Ley, sobre la cual Él desea asentar su trono terrenal. Por eso, el principio enlaza aquí a divinidad y humanidad, en la concreción sin paralelo del “Pacto”. Y es por eso también que aquí, y sólo aquí, la civilización es al mismo tiempo misteriosamente afirmada y negada: Dios quiere la total civilización del hombre ―pero no dejado a sí mismo, sino consagrado a Él, a Dios.

Ahora bien, observamos generalmente que la resistencia del hombre a la exigencia espiritual, resistencia que ―como hemos dicho― se manifiesta ya en la fase genética de una civilización, aumenta decisivamente a medida que la civilización se aproxima a su apogeo. En proporción al desarrollo de sus formas específicas, toda civilización se esfuerza sin cesar por independizarse en su principio. En las grandes civilizaciones occidentales esto se manifiesta en parte por el aislamiento de las esferas individuales y por el hecho de que cada una de ellas establece su propia base y orden, en parte porque el principio mismo pierde su carácter y validez absolutos, de forma tal que la norma sagrada degenera en convención humana, o porque la ligazón a lo absoluto se reduce ― confesada o inconfesadamente― a un mero requisito simbólico-ritual al cual se puede dar adecuada satisfacción en la esfera del culto. Una civilización puede ahora producir en sus esferas individuales aisladas obras más espléndidas que las producidas hasta entonces; su unidad espiritual se ha perdido. La Atenas de Pericles y el Alto Renacimiento italiano pueden servir de ejemplos. El desarrollo de las civilizaciones orientales fue distinto. Aquí las esferas individuales nunca se emanciparon plenamente del lazo unificador, pero incluso aquí, el principio llegó a ser cada vez más objeto de doctrina y no objeto de relación de vida, y su servicio ―que originalmente abarcaba la existencia real tanto privada como histórica―, llegó a ser cada vez más un servicio puramente simbólico y formal. Y aquí como allá la civilización, al transformar de realidad activa en ficción reverenciada el principio por cuya acción había surgido, minó sus propios fundamentos.

En todas partes hubo hombres que comprendieron este movimientohacia el abismo como lo que era y trataron de detenerlo; mas sólo una civilización hubo en la cual se elevó contra la invalidación del principio unaprotesta que concentró toda la pasión espiritual del pueblo. Fue, y es natural que así haya sucedido, esa civilización en la cual ―como en ninguna otra― lo absoluto había hecho un pacto con todo el dominio de la existencia humana yse había negado .a abandonar a la relatividad parte alguna de ese dominio. En ninguna otra parte y en ningún otro momento se ha visto el espíritu servido con tal militancia en el mundo humano, generación tras generación, como lo fue por parte de los profetas de Israel. Aquí, los hombres de espíritu tomaron sobre sí la tarea de llevar a la práctica esa afirmación y negación de la civilización en la realidad de la hora histórica. Su lucha se dirigió contra todos aquellos que evadían el gran deber, el deber de realizar la verdad divina en la plenitud de la vida cotidiana, buscando el atajo de lo meramente formal, lo meramente ritual,esto es, lo no comprometido ―contra todos aquellos que enseñaban y practicaban tal evasión y con ella degradaban el nombre divino que invocaban al estado de una ficción cuidadosamente guardada―.

Esta lucha fue mantenida por la totalidad y unidad de la civilización, que puede ser total y unidad sólo si se consagra a Dios. Los hombres que exigían de quienes detentaban el poder la abolición de la injusticia social por el bien de Dios, no conocían el concepto de civilización, pero jugaban sus vidas para salvar la civilización. Con ello, la protesta contra la falsa emancipación de la civilización se registró en tal forma que estaba forzada a actuar, y efectivamente actuó,como recordatorio y advertencia sobre todo el futuro de la humanidad y muy especialmente sobre la problemática de la última civilización que le siguiera, la del occidente cristiano.

Para apreciar cabalmente la importancia de la religión profética para la humanidad y su civilización, debemos preguntarnos por qué fue precisamente en Israel donde el principio normativo expresó su protesta contra cualquier desarrollo de la civilización que tendiera a privar el principio normativo de su validez absoluto. Como respuesta, debemos señalar ese realismo religioso peculiar a Israel, que no hace lugar a una verdad que permanezca abstracta, revoloteando con autosuficiencia sobre la realidad, mas para la cual toda verdad se halla ligada a una demanda que el hombre, el pueblo, Israel, están llamados a cumplir íntegramente sobre la tierra. Ahora bien, el cumplimiento integral significa dos cosas: en primer lugar debe abarcar la totalidad de la civilización de un pueblo, economía, sociedad y estado; en segundo lugar debe incorporar la totalidad del individuo, sus emociones y su voluntad, sus acciones y abstenciones, su vida en el hogar y en el mercado, en el templo y en la asamblea popular. Vale decir, significa la totalidad y la unidad ―imposible de otra manera― de la civilización. Los hombres, especialmente los poseedores de poder y de propiedad, se resisten naturalmente a la exigencia del cumplimiento intgral de la verdad y justicia divinas; por consiguiente, ellos tratan de limitar el servicio a Dios en la esfera sacra y en todas las demás reconocen su autoridad mediante meras palabras y símbolos. Aquí es donde se engasta la protesta profética.

Un ejemplo característico puede ilustrar lo que decimos. En el antiguoOriente se consideraba generalmente al rey como hijo del Dios supremo; se lo concebía ya como adoptado, ya como realmente procreado por el dios. Esta concepción tampoco fue extraña a Israel en la primera de las formas mencionadas, por supuesto: el salmista pone en boca de Dios las siguientes palabras, dirigidas al rey en el día de su unción sobre el Monte Sagrado: “Tú eres mi hijo; en este día te he engendrado”. Su ungimiento en el nombre de Dios, responsable ante Él, a quien ascendía al trono, no sólo como un virrey es responsable ante su soberano, sino como un hijo es responsable ante su padre. También otros pueblos del antiguo Oriente conocieron esta relación del rey al dios; pero en Babilonia se expresó meramente por el hecho de que en la festividad de Año Nuevo, como día en el cual el mundo recomienza, elsacerdote aplicaba al monarca un golpe simbólico en la mejilla, lo que resolvía el pleito para el resto del año; en Egipto sólo había conversaciones íntimas entre el soberano y su divino padre, sin resultado visible alguno. No sucedía así en Israel. Aquí el profeta aparecía ante el rey una y otra vez y, en realidad, le exigía rendir cuentas. Este realismo profético cristalizó en el mensaje divino transmitido a David por el profeta Natán: Dios se propone adoptar el hijo de David como Suyo, como hijo de Dios; mas si peca lo castigará tal como un padre castiga a su hijo y lo hará por la mano del hombre, por la mano de los enemigos de Israel, ante quienes debe sucumbir un Israel que no defienda la justicia.

Pero el ejemplo de la actitud de los profetas hacia los reyes deslealesestá calculado para ir más allá y dilucidar la índole de la relación entre judaísmo y civilización. El conflicto que aquí aparece no ha de comprenderse como un conflicto entre civilización y religión: se desarrolló dentro de una civilización (en el sentido más amplio del término), a saber, entre su principio director cuya acción había producido a aquella y las esferas de la vida que repudiaban cada más la soberanía de ese principio. A menudo, por consiguiente, la línea de batalla se internó en la religión misma, sobre todo cuando la autoridad religiosa establecida ―personificada por el sacerdote― se colocó del lado del poder y le otorgó su sanción aprobatoria; en este caso la religión, para mantenerse y en virtud de su pacto con el poder, en posesión de la esfera particular que este último le había asignado, se disoció de la exigencia del principio religioso, de ser el motor del todo. El profeta hizo frente a esa coalición de poder establecido y autoridad establecida, como hombre que no poseía poder ni autoridad. Sólo en los primeros días de Israel, antes de producirse la situación que hiciera surgir la protesta, hallamos personalidades como Moisés y Samuel, dotadas al mismo tiempo de cualidades proféticas, del poder de hacer la historia, y de autoridad. Más adelante, la impotencia del profeta fue rasgo típico de la época.

Pero el ejemplo aquí elegido puede conducimos aún a mayores profundidades en la naturaleza de nuestro tema. Pues la experiencia del incumplimiento de la exigencia divina engendró la promesa mesiánica y así como la experiencia se centró alrededor del rey incumplidor, la promesa se centra alrededor del rey que aportará el cumplimiento. Se le llama Mesías, “el ungido”, pues por fin llevará a cabo el mandato que los reyes recibieron al ser ungidos. En él, el hombre irá por fin al encuentro de Dios. Alrededor de él, en un principio Israel y luego la ciudad de la Humanidad se construirán como el reino realizado de Dios. Pero este reino no se concibe como conquistando y reemplazando una civilización humana defectuosa, sino como santificándola, esto es, purificándola y perfeccionándola. Cuando la vida del hombre, con todas sus diversas esferas plenamente desarrolladas, llegue a ser un todo unido, consagrado a lo divino, entonces, así como Abraham evocó una vez ante el altar el nombre de Dios sobre Canaán, el nombre de Dios será proclamado sobre toda la tierra como dominio sobre el cual Él ha asumido el gobierno.

Según la antigua doctrina persa, un fuego capaz de fundir el mundotransformará la existencia humana: una obra nueva, divina, reemplazará la dilapidada obra del hombre. El cristianismo, y también el apocalipsis del judaísmo helenístico periférico, desarrolIaron esta concepción básica. El judaísmo central la rechazó. Llevó consigo a su largo exilio la doctrina profética según la cual en respuesta al retorno del hombre hacia Dios, la dislocada substancia humana experimentará su fuerza redentora, que completará lacreación del hombre con la cooperación del hombre. La civilización, desesperando de sí misma, se ofrecerá a Dios y será salvada por El.

No puede hacerse a un lado esta fe realista en el futuro de la imagen de Dios ―en cuya pérdida nunca ha creído el judaísmo― con el barato slogan del “optimismo de la civilización” La creencia es que así como todo pecador puede hallar el perdón, “volviéndose” hacia Dios, también puede hallarlo una civilización pecadora. Así como el hombre puede santificarse y ganar admisión a lo sagrado sin restringir su existencia, sin “primitivizar” su forma de vida, también la civilización humana puede, sin restringirse, consagrarse y lograr la admisión.

Aquí, como en todas partes, el principio religioso-normativo de Israel se manifiesta como esencialmente histórico. Así como su revelación, por oposición a las revelaciones de las demás religiones, se presenta como un incidente de la historia nacional, también su meta más elevada es de carácter histórico. Aquí, lo supra-histórico moldea lo histórico mas no lo reemplaza.

Con esta fe histórica ―a un tiempo realista y mesiánica― inscrita tanto en su Libro como en su alma, el pueblo judío marchó a su exilio mundial y así, en su mayoría, a una civilización cuyo principio religioso-normativo era el principio cristiano. Esta situación estuvo decisivamente determinada por el hecho de que el cristianismo tuviera su origen en una fase tardía y deformada del mesianismo judío, en la cual ya no se esforzaba por conquistar la historia sino por, escapar de ella hacia esferas más puras, mientras por otra parte el grupo de pueblos entre los cuales se estableció el cristianismo recién comenzaba a conquistar la historia. En el seno de la existencia de estos pueblos, con su contradicción, se insertó el pueblo judío con su existencia y la contradicción a ella perteneciente, obligado a vivir entre ellos ―carentes de historia― con su fe histórica sin realizar ―entre ellos que controlaban la historia y cuya fe les ordenaba superar la historia. Sabemos qué fue lo que se desarrolló con el correr del tiempo a partir de esta situación básica.

El principio de nuestra fe, la verdad y la justicia de Dios, que trata decumplirse en el dominio de la vida humana y la historia humana, y que pinta el cuadro mesiánico del cumplimiento sobre el firmamento de ese dominio, siguió irradiando desde nuestro Libro, y algunos protagonistas de la fe cristiana fueron alcanzados por sus rayos, de modo que uno y otro de ellos concibieron la ideade que su pueblo, como el Israel de antaño, estaba obligado a llegar a ser un pueblo santo y consagrar su civilización en todos sus departamentos. A nosotros se nos negaba la realización de nuestro principio en el mundo. En la era de la dispersión, grandes cosas han sucedido dentro de la comunidad judía en relación con Dios y con los hermanos; más el desarrollo de una personalidad nacional que exprese la intención divina nos resultaba ahora imposible debido a que ya no éramos una comunidad libre e independiente. Separada de su área natural de realización, la idea mesiánica se perdió en la especulación gnóstica posterior y en el tempestuoso éxtasis colectivo. Y sinembargo, en cada hora de genuino auto descubrimiento sabíamos: lo que importa es la prueba de la historia.

Cuando por fin salimos del ghetto del mundo, nos acontecieron desdedentro cosas peores que las que jamás tuviéramos que sufrir desde fuera: el fundamento, la singular unidad del pueblo y religión, acusó un profundo rasgón que a partir de entonces se ha hecho más y más profundo. Aún el acontecimiento de nuestros días, el reentrar de los judíos en la historia de las naciones mediante la reconstrucción de un Estado Judío, se halla íntimamente afectado y caracterizado por ese rasgón. Un hogar y la libertad de realizar el principio de nuestro ser nos han sido concedidos nuevamente, pero Israel y el principio de su ser se han separado. Se dice que ahora tenemos la seguridad del renacimiento de una gran civilización judía. ¿Pero acaso ha surgido alguna vez una gran civilización si no por el desenvolvimiento de un principio básico? Las gentes tratan de ocultar el desgarrón aplicando a procesos puramente políticos términos religiosos básicos tales como Dios de Israel y Mesías, y las palabras, al alcance de la mano, no ofrecen resistencia alguna ―pero la realidad que expresaron alguna vez escapa a todo discurso que no signifique precisamente eso, esto es, el cumplimiento sobre la tierra de la verdad y la justicia de Dios―. Ciertamente, es empresa difícil, tremendamente difícil, introducir el arado del principio normativo en el duro terrón de muchos políticos; pero el derecho a elevar un momento histórico hasta la luz de la superhistoria no puede compararse a precio más barato.

Baste con esto en cuanto a la nueva comunidad judía. ¿Mas qué decir acerca de la Diáspora todavía vigorosamente viva a pesar de la inmensadestrucción y devastación? En ninguna parte, según lo que uno puede ver, existe un esfuerzo poderoso para curar la herida y santificar nuestra vida comunitaria. Y si allí, en nuestro propio país, el problema de la existencia del judaísmo ―esto es, de la supervivencia del principio del ser judío― está aún velado por la. controversia política, en la Diáspora nos confronta en esta hora con toda desnudez. ¿Somos todavía verdaderamente judíos? ¿Judíos en nuestras vidas? ¿Vive todavía el judaísmo? Y en la Humanidad, entre tanto, la gran crisis de sus civilizaciones v de la civilización ―crisis del hombre― ha estallado en forma cada día más manifiesta. Todo lazo original parece desgastarse, toda substancia original, disgregarse. El hombre toma el gusto a la nada e incluso la deja disolver sobre su lengua; o bien llena con la masa desus programas el espacio de una existencia vacía de significado.

¿Cuál es la posición del mundo? ¿Se aplica el hacha a las raíces de los árboles ―como dijera una vez un judío sobre el Jordán, acertada y sin embargo erróneamente, que sucedía en su día― hoy, en otro recodo de las edades? Y si es así, ¿en qué condición se encuentran las raíces mismas?

¿Son todavía suficientemente fuertes para enviar savia fresca al raigón restante y hacer brotar de él un nuevo retoño? ¿Pueden salvarse las raíces? ¿Cómo pueden hacerlo? ¿Quién puede hacerlo? ¿A cargo de quién se encuentran?

Reconozcámoslo: nosotros, en quienes ―y en quienes solamente― se implantó esa misteriosa afirmación y negación de la civilización ―afirmación y negación a un tiempo― en los orígenes de! nuestra existencia, nosotros somos los custodios de las raíces.

¿Lo somos? ¿Cómo podemos llegar a saberlo?
¿Cómo podemos llegar a ser lo que somos?

Martin Buber

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