El adiós a un gran filósofo: Jacques Derrida Safar, el hombre del eterno exilio (Jorge Zeballos Stepankovsky)

A los 74 años, fallece en París uno de mejores exponentes del pensamiento contemporáneo. Filósofo provocativo e innovador, su obra tenía como norte conceptual, a la vez, el deconstruccionismo y la exegética judía.

Era el pensador del eterno exilio, su reflexión se había extendido como los círculos sobre el agua, su reputación también. ¿Quién conocía a Jacques Derrida? ¿Sus estudiantes? ¿Sus amigos del colegio Ben Aknoum, sus camaradas del Louis le Grand, los indefectibles amigos de l’Ecole normale supérieure? ¿Su primera esposa Marguerite Aucouturier, psicoanalista, sus seguidores universitarios atentos a sus indóciles ensayos, su segunda esposa, la semióloga Sylviane Agacinski (hoy casada con Lionel Jospin)? Peliaguda pregunta, pues en su vida y en su obra este personaje púdico, seguramente tímido, trabajador fervoroso, pensador riguroso, había dado el sentimiento de una dispersión, de un asombro, de ir por la vida no rechazando nada.

Jacques Derrida Safar, que gustaba definirse como “judío franco-magrebí” y “ciudadano del mundo”, tuvo a menudo la ocasión de constatarlo. Siempre de viaje, de estudiante o profesor, escribiendo, publicando, forzando el comentario infinito. Persistente, bajo la fórmula de una lucidez espléndida. Con su muerte, la filosofía francesa pierde uno de sus más insignes exponentes. Jacques Lacan falleció, Louis Althusser se fue en 1990, Emmanuel Levinas, Focault y Roland Barthes también están muertos, el autor de la de-construcción era uno de los últimos grandes intelectuales franceses. Curiosa situación de un hombre que siempre se negó a las fruslerías o prestigios del marco ‘posmodernista’.

Había nacido el 15 de julio de 1930 en El-Bihar, Argelia, en el seno de una familia judía de clase media. Cuando gustaba insistir en la importancia de la ‘langue maternelle’ sabía bien que se debía a sus años argelinos y sinagogales, en especial los años en que el gobierno de Vichy le arrancó a su familia la nacionalidad francesa. Son tiempos difíciles, de “petanización” intensa de una escuela que a pesar de nunca ser ocupada ni ver un soldado nazi, izaba la bandera todas las mañanas por el primero de la clase, excepto si era judío, Derrida debe ceder su puesto al segundo. Otra experiencia fundante ocurre en 1942, su primer día de clases, cuando es expulsado del liceo. El rector acababa de bajar el límite máximo de judíos del 14 al 7%.

Son años en que sueña con ser futbolista profesional pero lee mucho -Gide, Rousseau, Nietszche, Camus, Bergson, Kierkegaard, Heidegger-, duda, se enfrenta a una crisis moral profunda. La filosofía aparece como una pasión. Pronto cruzará el Mediterráneo. Estamos en 1949 y el joven Derrida es interno en la Louis le Grand en Marsella, devora a Simone Weil y lee también a Sartre y Merleau-Ponty. La Ecole normale supérieure lo encamina de modo definitivo en la filosofía. El primer día de clases se hace amigo de su compañero Louis Althusser, un afecto que perseverará a pesar de las diferencias. En 1957 y mientras efectúa una investigación en Harvard se casa con Marguerite (tendrán dos hijos, Pierre nacido en 1963, y Jean, nacido en 1967). Meses después volverá a Argelia, pero en calidad de recluta para cumplir su servicio militar. Solicita ser destinado como maestro en una escuela para hijos de soldados en Koléa, cerca de Argel. Durante más de dos años será soldado, sin usar el uniforme militar, enseñando francés e inglés a jóvenes argelinos o franceses. Se encuentra a menudo con Pierre Bordieu. Severo crítico de la política de Francia en Argelia, confiaba que se llegaría a una forma de independencia que permitiría la convivencia entre argelinos y franceses.

Época prolífica

De vuelta en París y durante las décadas siguientes se desplegará la prolífica reflexión derridiana. De la Sorbona a Baltimore, de l’Algérie a Cerisy y Buenos Aires, Jacques Derrida consolida sus reflexiones e ira publicando libros, artículos, conferencias y entrevistas. Se distinguen; L’Introduction à l’origine de la géométrie de Husserl (1957), De Grammatologie (1967), donde señala que el lenguaje escrito precede en el ser humano al lenguaje oral, L’écriture et la différence (1967), su colección de artículos Marges de la Philosophie y La disséminatión (1972), la muy ‘talmúdica’ Glas (1974), las biografías Parages (sobre Maurice Blanchot), Schibboleth (sobre Paul Celan) y Mémoires (sobre Paul de Man) de 1986. Circonfession (1991) marca una revisión de su identidad hebrea. Spectres de Marx (1993) y Politiques de l’amitié (1994) son lucidos acercamientos a la década del noventa.

Durante todos esos años, para sus seguidores chilenos, l’homme de la déconstruction, encarnó una encantadora relación pedagógica mediante su mirada provocadora respecto a su forma crítica de leer lo social. Y más allá del encanto seductor de sus textos, de esa habla irónica, de su mirada maliciosa, de la causticidad en sus observaciones, “Derrida the Great”, como le decían sus alumnos de la Universidad de Nueva York, era ciertamente un ser humano que gustaba de recordar a sus amigos desaparecidos, su texto fúnebre para Emmanuel Levinas, Adieu – à Emmanuel Lévinas (1997) leído con su oratoria de verbo lento, hechiza y también instala huella.

Siempre provocó pasiones. Uno de sus más espléndidos discrepantes, Jürgen Habermas, calificó el pensamiento de Derrida de misticismo judaizante, a lo que él replicó: «Yo no soy místico ni hay nada místico en mi trabajo». Otro ejemplo acontece en 1992, con la encendida disputa que estalló en Cambridge, entre partidarios y adversarios, respecto al título de doctor honoris causa que un grupo de profesores había decidido asignarle. Poco sensibles a los efectos de extrañamiento y de inembargabilidad que produce la palabra y la prosa del teórico argelino, algunos profesores protestaron, obligando a la administración a organizar un voto. “Él es un escéptico brillante que pone en entredicho las ortodoxias”, garantizaban los unos. “Las doctrinas y absurdidades de Derrida niegan la distinción entre realidad y ficción”, respondían los otros. Vivaz disputa. Posiciones adoptadas y las editoriales florecían. Por último, Cambridge concedió su título al francés por 336 votos contra 204.

Ponerlo todo en tela de juicio

“Jacques Derrida á mort” anunció el pasado sábado la oficina del presidente de Francia Jacques Chirac. Para quienes tuvimos la oportunidad de conocerlo tangencialmente en una histórica visita a Chile en 1995, donde la intelligentzia criolla le aquilató con las más diversas preguntas, incluyendo su hermética y enrevesada relación con el judaísmo, fue una oportunidad única de apreciar cómo la filosofía continental, el ‘de-construccionismo’ (término dentro del cual desaprobaba ser encasillado) y la exegética judía eran, en efecto, el horizonte conceptual en torno al cual volvía toda su obra.

Sobre el deconstruccionismo, concepto que no es fácil de aprehender, y que él mismo a menudo ahogó bajo las denegaciones, decía, multiplicando casi al infinito las inferencias negativas, «no es ni un método ni un objetivo, ni tampoco “final de filosofía”, etc.». Está más cerca de la idea de «mettre entre parenthèses», poner entre paréntesis, todas nuestras preconcepciones, los márgenes de nuestra cultura y tradición, con el fin de poder entreverlas tal cual son. Para tal efecto, preconizaba «démanteler» la metafísica occidental.

Correspondiente con una ética judía más ‘luriánica’, Derrida no pretendió destruir la metafísica, sino intentar derribarla desde sus márgenes mediante el juego incesante con ella: será la ‘deconstrucción’ la tentativa incansable y siempre recomenzada de desbordar lo impensado que nos funda, y de cuyos cercos no podemos sustraernos completamente. Derrida acentuó así una crítica extremadamente aguda respecto de las presunciones anti-etnocéntricas -al menos, las que juzgaba como tales- de la etnología de Lévi-Strauss, que fue hegemónica en la filosofía continental en los años sesenta bajo el nombre de Estructuralismo.

La hermeneusis que realizara del acervo sefardí se aprecia en los textos derridianos no tanto como un método pero sí como una reconocible “actitud filosófica” frente a numerosos temas: la crítica literaria, la interpretación de los textos doctrinarios, como también en su acercamiento a espacios más sociales o más políticos. Jacques Derrida à mort, sin embargo, su casuística brillante, su rara inteligencia, su extraordinaria cultura y su posición respecto al rol de los intelectuales, continuarán -como una retórica sin final- la deriva de esta suerte de Shevirát haKelim (rompimiento de las vasijas) contemporánea. La creación derridiana seguirá oscilando, al igual que PaRDeS (la exegética textual hebrea) como un inmenso comentario giratorio y redondo, sin final y sobre sí mismo.

Jorge Zeballos Stepankovsky
(2004)

Tomado de la página “Doing Zionism”

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