Yehuda Amijai, revolucionario y dueño de casa (Amos Oz)

Palabras de Amos Oz, pronunciadas con motivo del fallecimiento de Yehuda Amijai y transmitidas el 24 de septiembre de 2000, en el programa de radio de Dalia Iairi.

Yehuda Amichai

Hace más de cuarenta años apareció Yehuda Amijai, un poeta joven cuyos poemas hablaban con una voz cotidiana y produjo una “revolución cívica”. Cambió una escala de valores completa. Después de la era de “En bandeja de plata”[1] o “Todos fuimos movilizados para toda la vida / solo la muerte nos liberará de la fila” y “Aquí están tendidos nuestros cadáveres”, llega de pronto un hombre joven, desconocido, y escribe: “Deseo morir en mi cama”. Había en eso algo de audacia, algo que modifica mundos. Él se atrevió, en una época de militancia nacional y clasista, a decir: “La pequeñez del día a día, la santidad de la vida cotidiana”. En su revolución, Amijai condujo su poesía desde lo público, lo histórico, lo guerrero y lo general a lo íntimo, lo casero, lo prosaico, lo corriente. Así, cuando leemos a Amijai, sentimos como si escribiese en nuestra casa, en la cocina o en el dormitorio de los niños, o en nuestra alcoba, en el jardín o en la sala de estar. Hoy en día parece obvio, pero entonces, fue una revolución.

Este hombre, el poeta más hogareño de nuestra poesía -el poeta de las escaleras, del jardín, del hall, de la cama matrimonial- fue a la vez un poeta religioso y antirreligioso. En realidad, Yehuda Amijai no fue un hombre laico. Dios entraba y salía de su sala de estar no menos que el electricista o el plomero, no menos que el vecino o que su amada. Dios es un íntimo amigo de la casa y Amijai mantiene con Él un diálogo personal y habla con Él con dureza. Al mismo tiempo, Amijai es un poeta antirreligioso, porque odia la religión institucionalizada, la religión nacionalista, la religión mesiánica, la que se transforma en herramienta en manos de las legiones que marchan a la conquista.

Este poeta hogareño mantuvo conversaciones, casi a diario, con la historia judía, con la Biblia, con la Antigua Jerusalén, con sus padres muertos, con generaciones anteriores de judíos, con la lengua hebrea. Todo, como un hombre que dialoga con su vecino. Habla con los héroes bíblicos -con el rey Saúl, David y los profetas- como se habla con conocidos y vecinos. A veces, quejándose; otras, con una sonrisa indulgente.

La entrada de estos grandes “monumentos” del pasado judío dentro del círculo íntimo, se manifiesta también en su lenguaje. La lengua que utiliza Amijai entrelaza, en un solo nivel, intimidad, conversación amistosa, tono bajo, diálogo de pareja en la cama a la luz de la lámpara con los grandes monumentos: la Biblia, el Sidur, la mística judía. Y lo hace utilizando un fina ironía, a veces mordaz: “Dios se apiada de los niños del jardín / menos de los niños de la escuela / y no se apiada nada de los adultos”. O: “Dios lleno de misericordia / si no estuviese lleno de misericordia / estaría la misericordia en el mundo y no solamente en Él”. Estas cosas tienen un peso teológico y, desde el punto de vista religioso, no tienen menos importancia que las palabras de los rabinos y los maestros de la Halajá. Amijai modifica, o quizás hace retornar a las fuentes, la sagrada jerarquía del judaísmo, de la cultura de Israel: un niño vivo es más importante que la tumba de un santo. Esta concepción tiene un notorio peso religioso.

Amijai nos recuerda que la cultura de Israel no habita la sinagoga, no vive en las sagradas sepulturas, sino en nuestra lengua, por todas las generaciones. La cultura de Israel no reside en algún Shulján Aruj o en la orden de afeitar el cabello de las mujeres piadosas, sino que habita la lengua hebrea.

Desde este punto de vista, Amijai fue un amigo de la casa y también el dueño de casa de la cultura hebrea.

Amos Oz
(24 Septiembre 2000)

Notas
[1] Poema de Natán Alterman.

Tomado de Literatura Israelí

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