Sionismo Socialista (Hashomer Hatzair)

El proceso que iniciara Nachman Syrkin al confrontar las ideas socialistas con el pensamiento sionista alcanzó mayor vigencia con el auge del movimiento socialista revolucionario de Europa Oriental en las primeras décadas del siglo XX. Muchos de los activistas y teóricos del movimiento revolucionario del imperio zarista eran de origen judío.

El mensaje de salvación humana universal, inherente al socialismo, atrajo bajo estas banderas a enormes cantidades jóvenes intelectuales judíos que habían abandonado el tradicional modo de vida del ghetto, pero que encontraron las puertas de la sociedad cerradas ante ellos. El unirse a uno de los distintos movimientos revolucionarios clandestinos se convirtió para muchos de estos jóvenes hombres y mujeres en el único camino para la emancipación social y espiritual. Sintieron que a través de la revolución socialista se derrumbaría toda la opresiva estructura de la sociedad zarista y con ello también el antisemitismo, resolviéndose el problema judío a través de la integración de la joven intelectualidad judía dentro de los marcos de la redención universal. Este sector había roto conscientemente sus lazos con la cultura judía tradicional Después de haber sido rechazados por la cultura rusa dominante, la frase de Marx “Los proletarios no tienen patria” representó en cierta manera su existencia social y sus esperanzas mesiánicas, quizás en mucho mayor medida que en lo que respecta al proletariado ruso de entonces, el cual —después de todo—estaba firmemente arraigado en la cultura nacional e histórica del pueblo ruso.

Más aún, la organización socialista más grande y mejor organizada del imperio zarista hacia fines del siglo XIX era la Asociación de Trabajadores Judíos (Bund). Durante muchos años la cantidad de sus miembros fue mayor que la de cualquier otra organización socialista de Rusia, y la calidad de sus actividades intelectuales era realmente impresionante. El Bund reconocía la singularidad del problema judío en el marco económico y cultural general de Europa Oriental y al mismo tiempo afirmaba que la emancipación de las masas judías de Rusia tendría lugar de acuerdo con estructuras socioculturales específicamente referidas a la historia social judía. Por esta razón el Bund abogó por el desarrollo de la cultura en ídish, idioma al que veía como la lengua cotidiana de la vida judía, parte integrante de la lucha social de las masas judías y claro eco de las tradiciones populistas rusas. En esta concepción, el ídish como idioma de las masas trabajadoras fue adoptado en oposición a los idiomas ruso y polaco usados por la burguesía asimilacionista judía, y también en oposición al hebreo, que era considerado como un idioma clerical del pasado y del viejo establishment religioso. Los teóricos del Bund aspiraban a la integración del proletariado judío, consciente de su propio legado cultural, dentro del movimiento del proletario revolucionario. En la futura sociedad socialista se preservaría el legado cultural y lingüístico de las masas judías, así como los idiomas ruso, polaco y ucraniano seguirían constituyendo el centro de la identidad del proletariado gentil dentro del concierto de la revolución universal.

A1 mismo tiempo, el nacionalismo cultural del Bund, en sí mismo una de las expresiones de la búsqueda judía de una identidad nacional en los tiempos modernos, se opuso radicalmente a todo intento de vivificar la nación judía en Palestina: la inmigración hacia allí, el renacimiento del idioma hebreo, el establecimiento de una sociedad judía en la Tierra de Israel, era considerado por el Bund como nacionalismo estrecho y reaccionario que aislaba al problema judío del conjunto de las soluciones universales y empujaba a los judíos a su propio pasado y a un nuevo ghetto mesoriental.
Según el Bund, los judíos —al igual que el proletariado en su totalidad— tenían solamente una patria: la Revolución

Sobre este trasfondo es que debe entenderse el derrotero intelectual de los escritos políticos de Ber Bórojov. Nacido en Poltava, Ucrania, en el hogar de un maskil simpatizante del movimiento de los Jovevei Tzion, Bórojov (1881-1917) creció cercano al movimiento socialista revolucionario ruso y a sus numerosas ramas, pletóricas de activistas judíos. Sobre este panorama de aspiraciones conflictivas entre una visión nacional y el socialismo revolucionario, desarrolló un programa sistemático que devendría posteriormente en una singular síntesis: la integración del nacionalismo judío con la doctrina marxista ortodoxa. De tal manera, el sionismo marxista (o marxismo sionista) se desarrollo y se convirtió en el basamento ideológico de los Poalei Tzi6n (Obreros de Sión), que se destacó -Primero en Rusia y luego en Palestina- como el movimiento sionista obrero más influyente.

Intelectualmente, tal síntesis entre marxismo y sionismo no fue una tarea fácil. El marxismo clásico y ortodoxo consideraba al nacionalismo como a un mero fenómeno “superestructural”. En la doctrina marxista, tal como fuera desarrollada por Engels, Kautsky y Plejanov, los intereses puestos de manifiesto en la lucha de clases son los factores determinantes del progreso histórico, y la idea nacional no es más que una “ideología” confeccionada por la burguesía para legitimar por vías de una falsa generalidad sus intereses de clase particulares y estrechos. Según este punto de vista, el proletariado debe descubrir esta verdad que se esconde detrás de la verborragia nacional para desenmascarar su naturaleza burguesa, y forjar —a través de la solidaridad proletaria internacional—la base para el universalismo redentor de la revolución mundial.

No caben dudas de que esta posición no facilitaba las cosas al movimiento socialista en zonas como Europa Oriental, donde los conflictos nacionales, lingüísticos y culturales estaban situados en el centro mismo de la conciencia política de comienzos del siglo XX. Por lo menos un movimiento socialista marxista —el surgiente partido socialista del multiétnico Imperio Austro-Húngaro — trató de conformar una actitud más diferenciada y menos simplista hacia la cuestión nacional.

El intento de Bórojov de hallar una legitimación coherente con el marxismo para el sionismo socialista debe mucho a su ímpetu hacia los estudios sociológicos de escritores austromarxistas como Otto Bauer, Max Adler y Karl Renner, cuyo argumento básico era que en el marco de sociedades multinacionales, la emancipación de la clase proletaria deberá ir de la mano con la emancipación nacional, ya que su opresión social deviene también a causa de su nacionalidad. De tal manera, la nacionalidad esta enclavada en la estructura social de tales sociedades, y no es meramente “superestructural”.

Grupo de HaShomer HaTzair en Polonia

Bórojov sigue una línea similar. En el primero de sus grandes trabajos La Cuestión Nacional y la Lucha de Clases (1905), trata de sugerir que los propios escritos de Marx sobre la cuestión nacional son un poco más amplios de lo que se percibe a simple vista. Como doctrina, afirma, el marxismo se remite a la cuestión de la lucha de clases, pero numerosas observaciones de Marx y Engels contienen los ingredientes básicos del conflicto nacional. Citando un artículo de Engels y algunas notas de Marx en el tercer volumen de El Capital, Bórojov señala que los fundadores del marxismo eran conscientes de cierto pluralismo que se registra como resultado de la influencia de las condiciones de producción sobre las diferentes conformaciones históricas. Para explicar las razones de este pluralismo, Bórojov cita la sentencia de Marx sobre que:
“Una misma base económica (que es “una sola y la misma” según sus principales condiciones) puede desarrollarse de distintas maneras, puede tener diversas modificaciones por distintas condiciones reales, condiciones naturales, relaciones raciales e influencia histórica que presionan sobre ella desde el exterior”.

El hecho de destacar estos elementos pluralistas en el seno mismo de la doctrina marxista atenúa el determinismo económico mecanicista que estaba comenzando a ser asociado con el marxismo por culpa de la influencia de Kautsky y Plejánov. Ello permitió a Bórojov opinar que, junto con la división vertical de la humanidad en clases, existe también una división horizontal:

“Los grupos en que la humanidad se divide según la diferencia en las condiciones de la relativamente separada producción, reciben el nombre de sociedades, organismos social económicos (estados, familias, pueblos, naciones).”

La lucha de clases siempre tiene lugar, según Bórojov, dentro de este grupo socionacional. De allí que la lucha de clases tiene en todos los contextos históricos un carácter específico, determinado por la historia particular de aquella sociedad nacional.

Donde quiera que surja la lucha de clases, esta se integra a la lucha nacional y por lo tanto Bórojov ve el conflicto clasista desarrollando características específicas. Cuando la totalidad de un grupo étnico ha sido conquistado y sojuzgado por otro, el conquistador trata de imponer su propia estructura de clase. El proletariado de la sociedad sojuzgada se halla bajo una doble servidumbre: como clase, por la burguesía de la nación conquistadora; y lingüística y nacionalmente por la totalidad de la nación opresora. Los austromarxistas se dieron cuenta que el sojuzgamiento a las naciones dominadas — como los checos — ha sido exacerbado por el hecho que la totalidad de su estructura social quedo fragmentada por la desaparición de las clases dominantes checas y su sustitución por una clase dominante germano parlante. De esta manera, la opresión significa mantener a la nación conquistada bajo una estructura social distorsionada. Igualmente, Bórojov sostiene que:

“ Con mucha mas claridad se advierte el nacionalismo en los pueblos oprimidos. Ellos, los pueblos oprimidos, siempre se encuentran en su vida de producción sufriendo condiciones anormales, como lo hemos señalado más arriba, en el caso cuando faltan o están reducidos el territorio y sus formas de protección: soberanía política, libertad de lenguas y de desarrollo cultural. Esas condiciones anormales tornan armónicos los intereses para los integrantes de la nación. Debido a la presión exterior, que dificulta y desorganiza la influencia de las condiciones de producción, estas condiciones y la propia lucha de clases son trabadas en su desarrollo, porque se ve dificultado el camino correcto de la forma de producción. Los antagonismos de clase se ven anormalmente atemperados, y la solidaridad nacional adquiere una fuerza cada vez mayor.”

Bajo tales condiciones, la lucha nacional se transforma en una lucha social de las clases explotadas contra las clases explotadoras de la sociedad nacional dominante:

“Aparte de que los intereses particulares de cada clase individual se vean dificultados por la presión exterior; aparte de que la burguesía se ve presionada en el mercado y al proletariado le falta la libertad de dominar su lugar, la presión se deja sentir para todos sus individuos de la nación, y todos sienten y comprenden que la presión es nacional, que provienen de una nación foránea y que está dirigida contra su nacionalidad, como tal. La lengua, por ejemplo, adquiere en ese caso un significado muy superior al valor de un simple medio de defensa del mercado. Cuando la libertad idiomática es avasallada, el oprimido se aferra cada vez más al idioma. En resumen: para un pueblo oprimido su problema nacional se desvía grandemente de la vinculación que tiene con su base, con las condiciones materiales de la vida de producción. Las necesidades culturales obtienen un valor independiente y todos los miembros de la nación están interesados en la libertad de autodeterminación nacional.”

En tales situaciones, continua Bórojov, aparecen varias corrientes y tendencias dentro del movimiento nacional mismo. Los grupos tradicionales de la nación sojuzgada (la pequeña burguesía, los círculos clericales, las clases instruidas) asocian su nacionalismo con ideas tradicionales, conservadoras y democráticas. Pero los productos históricos genuinos del movimiento nacional son los elementos progresistas de la nación oprimida: la intelectualidad y la clase obrera. Solamente ellas pueden evitar que el movimiento nacionalista se convierta en chovinista y etnocéntrico, otorgándole significación universal y verdaderos objetivos internacionalistas. Porque para estos grupos:

“El proceso de liberación no es nacionalista, sino nacional. Y entre los elementos progresistas de una nación oprimida se desenvuelve el nacionalismo real: no sueña con la conservación de las tradiciones, no las añora, no se engaña con la supuesta unidad de la nación, comprende claramente la estructura de clases de la sociedad y no esconde ni ignora los intereses reales de nadie. Su meta es la liberación real, la normalización de sus condiciones y relaciones de producción.

El nacionalismo real, por consiguiente, es el que no oculta la conciencia de clase; se encuentra sólo entre los elementos progresistas de las naciones oprimidas. En la clase más progresista, en el proletariado organizado y revolucionario de una nación oprimida, su nacionalismo real se expresa en las exigencias claramente formuladas en su programa mínimo, y que tienen la meta explícitamente señalada de conseguir, con el restablecimiento de la nación en condiciones normales de producción, un lugar normal de trabajo y lucha para el proletariado.

Según esta concepción, solamente después de emanciparse de la dominación extranjera, el proletariado de una nación oprimida podrá llevar adelante una verdadera lucha de clases dentro de su propia sociedad. Mientras que la sociedad nacional siga siendo oprimida, la lucha de clases seguirá estando distorsionada, y de aquí la necesidad de la liberación nacional a fin de poder librar una lucha de clase exitosa.

Después de haber desarrollado Bórojov en “La lucha de clases y la cuestión nacional” una teoría general acerca de los lazos entre la opresión y la liberación nacional y la lucha de clases, puede Bórojov criticar a los “marxistas dogmáticos y ortodoxos” el no haber reconocido la influencia de las diferencias nacionales en la creación de variantes en la estructura de las sociedades burguesas capitalistas.

Bórojov distingue también entre formas distintas del nacionalismo: el de los grandes terratenientes, de la gran burguesía, de la pequeña burguesía y del proletariado, clasificándolos como nacionalismos “reaccionarios” y “progresistas”. Aquellos que consideran al nacionalismo como solamente un resabio del pasado, no solamente se equivocan, sino que también pasan por alto el papel concreto y material del nacionalismo en el modo de producción:

“El nacionalismo no tiene, desde sus orígenes, la más mínima conexión con la tradición . . . Quienes subestiman al nacionalismo en general como algo obsoleto, reaccionario y tradicionalista, son totalmente superficiales e ignorantes. El nacionalismo es un producto de la sociedad burguesa . . . y debe dársele la misma consideración que se presta a cualquier otro fenómeno de esta sociedad…”

Para Bórojov conceder al nacionalismo un puesto en el desarrollo histórico no constituye una desviación de la teoría marxista, sino más bien la aplicación de la interpretación materialista marxista de la historia a uno de los fenómenos más poderosos de la sociedad moderna.

En La cuestión nacional y la lucha de clases, Bórojov presenta una teoría general de la relación entre el nacionalismo y la estructura clasista. Un año después, en 1906, publicó Nuestra Plataforma, donde trató de aplicar estos principios generales al problema judío.

Su punto de partida lo constituyen las conclusiones aparecidas en su primer ensayo.

“El problema nacional y los movimientos nacionales no se elevan por encima de las clases sociales, sino que son propios de una o de algunas de ellas. El conflicto nacional se produce para ésta o aquella clase, no porque las fuerzas productivas de todo el pueblo han entrado en contradicción con las condiciones de producción imperantes, sino porque el desarrollo de las fuerzas productivas de tal o cual clase entran en contradicción con las condiciones de producción de todo su grupo nacional. De aquí la gran variedad de tipos clasistas del problema nacional, de la ideología nacional, y de los movimientos nacionales.”

En el pueblo judío Bórojov distingue a tres grupos sociales importantes, cada uno de los cuales ha desarrollado su propia actitud hacia el nacionalismo: (1) la alta burguesía; (2) la clase media, que incluye a la intelectualidad; y (3) la clase obrera, con las clases medias bajas en proceso de proletarización.

La alta burguesía judía, escribe Bórojov, tiende generalmente a la asimilación.

Estos grupos cercanos a la asimilación son los estratos acomodados de la sociedad judía, y existe una marcada relación entre la clase social y las tendencias asimilacionistas. A causa de que la movilidad social hacia arriba es más fácil para los judíos de Occidente que para los judíos de Europa Occidental, la asimilación es más común entre la judería occidental, “y si no fuera por los pobres 0st Juden’, el problema judío no afectaría a la alta burguesía judía. La continua corriente inmigratoria de judíos europeo-orientales y los frecuentes pogroms, recuerdan muy frecuentemente a la alta burguesía judía el miserable destino de sus hermanos”. Para si, la alta burguesía ha conseguido solucionar sus problemas materiales a través del éxito económico y la integración dentro de la sociedad capitalista. Sin embargo, el antisemitismo constituye una seria amenaza a la asimilación de la alta burguesía judía porque recuerda a todos la identidad y las conexiones judías de los estratos más asimilados de la sociedad judía.

En consecuencia, a pesar de su riqueza y status económico, los miembros de la alta burguesía judía no se sienten seguros. En última instancia, el antisemitismo la amenaza tanto como a las clases más pobres. Esto prueba a Bórojov que la subestimación del aspecto nacional al analizar la posición social de la alta burguesía judía es ilusorio. De otra manera, ¿cómo se puede explicar la precaria situación de esta clase? Los capitalistas judíos son vistos por la sociedad no solamente como capitalistas sino también como judíos, y es por esta razón que un mero análisis económico de su posición, como abogarían algunos marxistas dogmáticos, no contribuye a una comprensión adecuada de su situación.

El antisemitismo trasciende las clases sociales a pesar de sus distintos orígenes sociales y económicos. Fiel a su interpretación marxista de la historia, Bórojov sostiene que las raíces del antisemitismo son económicas.

La judeofobia se alimenta de la competencia nacional entre la pequeña burguesía y las masas desocupadas judías, por un lado, y las no judías, por el otro. Su veneno alcanza tanto al judío pobre y desamparado, como al poderoso Rotschild . . .
¡Pobre gran burgués judío!: “Zwei Seelen wohnen, ach, in seiner Brust”—”Dos almas moran, ¡ay!, en su pecho “—: el alma de un orgulloso europeo, y el alma de un tutor obligado de sus desgraciados hermanos orientales. De no ser por el antisemitismo imperante en el mundo, fácil le seria desentenderse de la creciente ola de dolor judío que fluye desde el Este europeo . . .

No le queda, pues, más remedio que interesarse, aún cuando de mal grado, en el problema judío, convertirse en filántropo, y juntar limosnas para los “pobres hermanos necesitados”. La gran burguesía judía se interesa en el problema judío, como solución para los demás pero no para sí misma. Ella desconoce este problema y lo comprende muy poco. Su relación hacia el mismo es semejante a la relación de un tutor obligado hacia parientes indeseables. Su aspiración máxima: librarse cuanto antes de este problema y de los parientes indeseables.

En contraste con esta manera externa y meramente filantrópica en que se manifiesta el problema judío de la alta burguesía, el antisemitismo es un problema mucho más cercano a las clases medias y la intelectualidad judías. Son estas clases las que en cada sociedad constituyen los adalides de los movimientos nacionales; en el contexto del pueblo judío estas clases se encuentran en el centro del conflicto entre dos tendencias contradictorias: la democratización creciente y el igualmente creciente nacionalismo.

Cuanto más se desarrolle una sociedad hacia el capitalismo, cuanto más democrática y abierta se vaya haciendo, más crecerá en su seno el nacionalismo haciéndose cada vez más poderoso. De esta manera, las clases medias judías son impulsadas por el liberalismo y la democratización de la sociedad, hacia posiciones claves mientras simultáneamente crece su conflicto con la clase media no judía. A causa de la movilidad social, cada vez más judíos son médicos, abogados, ingenieros, periodistas y empresarios, y ello lleva a que sus colegas de la sociedad gentil los vean como intrusos y extraños. Esta separación del estrato paralelo de la sociedad no judía tiende a despertar fuertes sentimientos de nacionalismo cultural judío entre estos grupos. Buscan expresar su identidad diferenciada a través de un vínculo con la historia, el idioma y la conciencia judía:

“La burguesía media, al carecer de una base firme para su lucha por el mercado, se halla inclinada hacia una existencia política independiente y hacia un Estado Judío, dentro del cual podrá desempeñar una función directiva. Pero, en la medida en que logra conservar intactas sus posiciones económicas, y en la medida en que el boicot aún no ha socavado su bienestar material, el centro de gravedad de los intereses de la burguesía media sigue centrado en la diáspora. Es verdad que éste continúa siendo causa de algunas molestias, pero todavía no ha alcanzado un grado de gravedad suficiente como para despertar en ella la voluntad de modificar substancialmente sus condiciones de vida.”

La alta burguesía judía se remite a la cuestión judía solamente de manera filantrópica, mientras que la clase media judía desarrolla un Salon-Zionismus (sionismo de salón) cultural e intelectual, aunque inefectivo. Desde el punto de vista de la teoría borojovista, estas clases no pueden convertirse en la vanguardia del movimiento de liberación nacional, ya que su base económica, a pesar de su ambivalencia, su precariedad y su aislamiento, se apoya aún en la infraestructura económica de la Diáspora.

Según Bórojov existe solamente una clase en la sociedad judía cuya miseria es tan radical que no puede continuar existiendo bajo las condiciones prevalecientes en la diáspora y está compelida a buscar una nueva base económica. Se trata de la clase obrera judía acompañada por las clases medias bajas judías cuya existencia social esta siendo pulverizada por el desarrollo económico por lo cual se ve arrojada a las filas del proletariado. Para Bórojov, estas dos clases conforman una sola entidad social que no puede continuar existiendo en Europa Oriental. La emigración a América es la respuesta pasiva de estas clases a su conflicto, porque acepta como un hecho la existencia misma de una sociedad burguesa como Estados Unidos y busca una solución dentro de la estructura socioeconómica existente. La emigración a Palestina será, de acuerdo con Bórojov, la respuesta activa a la encrucijada en la que se encuentran. Esta respuesta es activa en tanto va necesariamente combinada con la creación de un nuevo sistema social, una infraestructura completamente nueva que dará lugar al surgimiento de una sociedad revolucionaria. El proletariado judío y las clases medias proletarizantes, que no tienen ni lugar ni futuro en la sociedad europeo-oriental, se convierten de esta forma en el sujeto social radical de la transformación nacional del pueblo judío.

Bórojov detalla una cantidad de razones por las cuales la emigración a América no resolverá las penurias del proletariado y de las masas proletarizantes judías. El proceso de proletarización atrapará a estos grupos en América y los convertirá en parte de la fuerza de trabajo inmigrante. Dado que los inmigrantes judíos están concentrados en una cantidad de centros urbanos (Nueva York, Filadelfia, Chicago) surgirá un nuevo antagonismo entre este proletariado inmigrante judío, tan identificable, y otros grupos de inmigrantes obreros. Las masas de inmigrantes judíos llevarán de este modo el problema judío a países y continentes que no lo conocían anteriormente. Por ello, el espectro del antisemitismo se difundirá abarcando nuevas zonas y clases. Los intentos de los inmigrantes judíos de integrarse dentro de una fuerza de trabajo productiva fracasaran igualmente, situándose nuevamente en ocupaciones marginales. La pirámide invertida de la estructura social judía —una estrecha base productiva con una recargada cúspide de clases medias e intelectualidad— se volverá a repetir en el Nuevo Mundo.

Lo que exige el problema judío, visto como un conflicto nacional, es una solución territorial:

“La contradicción entre la necesidad de penetrar en los estadios de producción superiores y la imposibilidad de satisfacerla en los países de adelantado desarrollo capitalista por medio de la concentración, hace nacer la necesidad de una inmigración concentrada a un país económicamente atrasado donde los judíos puedan ocupar, de inmediato, una posición dominante. En una palabra: aparece la necesidad de transformar al peregrinaje judío de un movimiento exclusivamente inmigratorio, en un movimiento colonizador . . . o sea, surge la necesidad de solucionar territorialmente el problema judío.”

Después de analizar varias posibilidades para una solución territorial, Bórojov arriba a la conclusión de que solamente Palestina sería viable. Pues solamente allí sería posible crear una sociedad judía desde sus cimientos y donde podría estructurarse y mantenerse un campesinado y una clase obrera judía. Tal tarea se llevara adelante tanto a través de un proceso espontaneo (styjta) de las masas judías oprimidas de Europa Oriental, como por el esfuerzo consciente del proletariado judío orientado a transformar radicalmente las estructuras de la sociedad judía. Un pueblo no puede ser independiente en tanto no controle su propia infraestructura económica. Por ende, la independencia económica judía es posible solamente en el marco territorial en el cual los judíos constituyan la base de la pirámide social. Esto solamente sería posible en Palestina, pudiendo ser logrado únicamente a través de la actividad consciente del proletariado judío en aras de la creación de una infraestructura productiva en la Tierra de Israel. La burguesía judía, al trasladar sus negocios desde Europa al Medio Oriente, no sería capaz de crear una transformación tal, y por ello Bórojov afirma que “La liberación del pueblo judío será la obra del proletariado judío, o no será realizada del todo”.

Según Bórojov, el proletariado judío necesita una transformación social revolucionaria así mucho más que cualquiera de las otras clases, ya que su miseria es más aguda, tanto en comparación con la de otros proletariados como con otras clases de la sociedad judía. Por esta razón, el proletariado judío se transformara en el sujeto de la revolución social judía, que deberá ser igualmente una revolución nacional. Solamente la victoria del proletariado emancipará a toda la sociedad judía de su dependencia de estructuras económicas no judías, y solamente aquellos que controlen la infraestructura económica alcanzarán la independencia nacional.

El país al cual inmigrarán los judíos no tendrá un alto nivel industrial ni un carácter predominantemente agrícola, sino una economía de transición de carácter semi-agrícola. Este país será el único abierto a los judíos, y se encontrará en la línea de mayor resistencia con respecto a todos los países abiertos a la inmigración de los demás pueblos. Será un país donde, debido a su bajo nivel político y cultural, no podrá prosperar el gran capital, en tanto que el pequeño capital y el capital medio encontraran en el un mercado apropiado para sus productos. El país de la inmigración judía inmanente será: Palestina.

De acuerdo a Bórojov, es la anomalía de la existencia judía en la diáspora la que no permite al desarrollo socioeconómico judío seguir el patrón general del desarrollo universal. En su polémica con aquellos socialistas judíos que veían a la revolución mundial pura y simple como solución al problema judío, Bórojov no escapa de lo universal a lo particular. Por el contrario, él sostiene que solamente a través del establecimiento de una sociedad judía en Palestina, la lucha de clases judía se integrará dentro de la lucha universal del proletariado mundial. Un intento de llevar a cabo esta lucha mientras los judíos —todos ellos, burgueses y proletarios por igual— constituyen grupos minoritarios dentro de sociedades no judías, está destinado a la distorsión y al fracaso precisamente porque despierta antagonismos dentro de las clases sociales mismas: entre proletarios judíos y gentiles y entre burgueses judíos y gentiles.

Por ello, Bórojov no se ve a sí mismo como traicionando una visión universal al abogar por una sociedad judía en Palestina. Solamente a través del establecimiento de una sociedad judía que controle su propia infraestructura económica, los judíos podrán integrarse en el proceso revolucionario universal. En el idioma de Bórojov, “La autonomía política territorial es el objetivo del movimiento sionista… Para el sionismo proletario, sólo una etapa en su camino hacia el socialismo”. El internacionalismo auténtico pasa por el nacionalismo, no por encima de él.

Hashomer Hatzair

Texto tomado de Jinuj.net

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Marxismo, Sionismo, Socialismo y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.