Ecología y Judaísmo (Daniela Rusowsky)

El ciclo de vida judío es intrínsecamente ecológico, ya que en gran parte está basado en las estaciones del año y la relación de los seres humanos con la naturaleza, con sus pares y con D-s. Sin embargo, la vida moderna ha ido paulatinamente cambiando esta perspectiva y muchas comunidades han olvidado nuestra responsabilidad colectiva con respecto a nuestro entorno. Está en nuestras manos el hacer algo por lograr un cambio.

Hace un par de semanas, mientras aparcaba frente a la guardería infantil de la colectividad judía, contemplé con horror cómo la madre de un niño que atiende la guardería, abría la ventana y tiraba a la calle un envase plástico de papas fritas. Esta conducta no es aislada, es sólo un síntoma de un problema mayor: la falta de conciencia ecológica presente en nuestras comunidades, del cual es urgente hacerse cargo y generar un cambio.

Nuestro planeta enfrenta serios peligros ambientales -y a pesar del escepticismo de algunos- la evidencia científica con respecto al cambio climático global, es contundente. La creciente extinción de especies de flora y fauna, la destrucción de hábitats, la sobre explotación de recursos naturales, la crisis energética y la contaminación, son sólo algunos ejemplos de los temas que actualmente debemos enfrentar.

Si bien estos problemas resultan intimidantes y solemos pensar que no hay nada que como individuos podamos hacer, es justamente en nuestra vida cotidiana donde podemos encontrar las respuestas, y predicar con el ejemplo de una vida consecuente con una conciencia ambiental. El vivir una vida judía puede ayudarnos a conseguir estos logros desde una perspectiva personal, y si lo aplicamos a nuestras comunidades, esto puede generar una impacto masivo que puede ser imitado tanto por otras comunidades judías, como por otros credos.

Kashrut y vegetarianismo.

Algunos estudiosos señalan que el fin último de la kashrut es el vegetarianismo, y algunos más osados señalan que es el veganismo, que prohíbe también el consumo de cualquier producto de origen animal, incluyendo huevos y leche. En la kashrut la ingesta de carne está particularmente regulada, y no es compatible con el consumo de leche. En el judaísmo alimentarse con ciertas especies animales no está permitido, ni tampoco comer animales salvajes o sangre, que representa la vida. Sólo es posible consumir la carne de ciertos animales, y de hacerlo se deben seguir estrictas normas en la forma en que se sacrifica al animal. Por una parte esto refleja una actitud de respeto frente a otras criaturas, ya que alimentarnos de la carne de otro animal debe ser un acto consciente. Es por eso que tradicionalmente los platos preparados con carnes rojas o blancas, estaban reservados sólo para ocasiones especiales, como el Shabat.

Esta costumbre también denota una actitud de humildad del ser humano, a través de la aceptación de que no todas las criaturas vivientes están a nuestra disposición. La prohibición de mezclar la “carne del hijo con la leche de la madre”, es también un concepto de respeto, que a su vez nos obliga a tomar conciencia de lo que vamos a comer, de reflexionar sobre lo que tenemos en el plato antes de tomarlo sin cuestionamientos. La kashrut nos habla de moderación, de reflexión, de días para comer en abundancia y otros para guardar ayuno o frugalidad. La kashrut tiende al equilibrio físico y mental, y al respeto por todas las criaturas vivientes.

Actualmente es justamente el consumo masivo e indiscriminado de carne y lácteos, una de las principales causas del efecto invernadero. Los gases producidos por la industria ganadera, la que además ocupa grandes extensiones de tierra para la crianza y alimentación de los animales, generan serios problemas por la liberación de gas metano en el ambiente. Según un informe realizado por la ONU esta industria es responsable del 18% de la emisión de gases al ambiente. Tan sólo un bovino adulto libera diariamente entre 200 y 250 litros de gas metano, y es el aumento de la demanda de consumo de res en países desarrollados, la que genera la expansión de esta industria a niveles no sustentables. El moderar nuestro consumo de carne, como lo indica la kashrut, puede ser un aporte directo a la sustentabilidad del planeta.

La kashrut también ordena lavar bien las verduras para estar seguros que no contengan insectos. Esta medida de higiene, se puede extrapolar a preferir productos orgánicos, limpios de pesticidas. Una alimentación sana y responsable es también una forma de honrar nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestro entorno. Para el judaísmo nuestro cuerpo merece respeto, los baños rituales son un claro ejemplo de la necesidad de mantenernos en un estado de purificación, siendo la mikve una de las estructuras más antiguas presentes en los asentamientos judíos. La mikve, para su funcionamiento requiere de agua limpia, por ende el procurar la limpieza de las aguas es también crucial para poder realizar la mikvah del baño ritual.

Shabat: un respiro para el planeta.

La alimentación no es solamente una acción mecánica y una necesidad fisiológica, sino una forma de diferenciarse éticamente de otros, un código de valores manifestado a través de la comida, que nos invita también a agradecer nuestros alimentos y considerarlos un regalo de la voluntad divina. Qué mejor ejemplo que el Shabat, para hablar del agradecimiento por el fruto de la tierra, de la vid y de todo aquello que bendice nuestras vidas. El Shabat es una instancia de descanso para el ser humano, para los seres vivientes y para la tierra. Cada siete días nos detenemos a agradecer y a pensar en nuestra semana, dejamos revitalizar nuestro cuerpo y nuestro espíritu en forma comunitaria e individual. En Shabat no está permitido hacer fuego ni trabajar, todo debe mantenerse en paz y en equilibrio.

En esta actitud subyace una profunda conciencia ecológica, que se remonta a tiempos en que el pueblo judío mantenía una relación más estrecha con la tierra. En Shabat no se siembra ni cosecha, porque no se trabajan los campos ni se fuerza a los animales a hacerlo. Con el tiempo nos hemos distanciado del valor ecológico del Shabat, reemplazándolo por tecnicismos de la vida moderna, que nos alejan del sentido espiritual de la más importante festividad del calendario judío. El Shabat termina con la Havdalá, momento en que simbólicamente se despiertan nuevamente los sentidos de la visión, el tacto, la audición, la vista y el olfato. A través de las bendiciones del vino y las especias, y con una vela trenzada, se prende nuevamente el fuego, dando partida a una nueva semana de movimiento y trabajo.

Es también desde el judaísmo de donde proviene el concepto del año sabático -hoy practicado principalmente en el mundo académico – que consiste en que cada siete años la tierra debe descansar y renovarse. Esta práctica bíblica nos habla de una realidad agrícola, donde el suelo debe descansar para recuperar los nutrientes necesarios para las siguientes cosechas. También es una forma de anticiparse y planificar, ya que obliga a guardar año a año el alimento necesario para el año sabático, lo que eventualmente puede ser utilizado en caso de una catástrofe natural, como una plaga o inundaciones. Nuevamente es la mesura, la planificación y el equilibrio los temas que vuelven a repetirse desde una perspectiva judía de la vida. Muchas veces en la historia, el pueblo judío se vio obligado a migrar en forma repentina, y el poseer reservas de alimentos entregaba también cierta seguridad al momento de partir. El año Sabático, mirado desde los ojos de la ecología, es un intento por situarnos conceptualmente en una escala mayor al ciclo anual, de ir más allá de nuestra sesgada perspectiva humana.

Un intento de visión de largo plazo aún más complejo es el jubileo, que contempla ciclos de cuarenta y nueve años, siendo al año número cincuenta el momento en que se pierde toda propiedad sobre la tierra, se condonan las deudas y nadie puede ser esclavo, como un eco de la salida de Egipto. No está claro si el concepto del año jubilar realmente se practicó, pero al menos el intento intelectual de generar una renovación total de las estructuras sociales y de la posesión y uso de la tierra, es un ejemplo increíble de un razonamiento en escalas de tiempo equivalentes a dos generaciones. Es en la actualidad nuestra incapacidad de planificar en escalas de tiempo superiores a cinco años o incluso al ciclo anual, es lo que ha llevado a agudizar y acelerar la catástrofe ambiental en la que vivimos. Los seres humanos rara vez somos capaces de pensar y planificar con visión, lo que explica el fallo sistemático de los planes de trabajo multilaterales, como los protocolos ambientales diseñados a nivel internacional. Una declaración de buenas intenciones no es suficiente para alcanzar metas ambiciosas, se precisa de un trabajo en cadena y de voluntad política e individual para hacerlo.

En nuestras comunidades, podemos predicar con el ejemplo, e incluir en las directrices del funcionamiento institucional el compromiso con el medio ambiente. Situar la conciencia ambiental como una de los objetivos de nuestras comunidades es sin duda un forma de respaldar un comportamiento ecológico de nuestros miembros. Este compromiso en el papel, debe a su vez traducirse en acciones concretas, que transformen la ideología manifestada en los estatutos en resultados tangibles. Para normar de manera asertiva las acciones ambientales de nuestras comunidades, lo ideal es contar con la asesoría de profesionales que establezcan protocolos de funcionamiento ambiental diseñados específicamente para nuestras comunidades, tomando en cuenta las características sociales y culturales de éstas. En términos generales existen procedimientos estándar con respecto al ahorro de energía, consumo de agua, compra de productos de aseo biodegradables, reducción del uso de papel o el consumo preferente de alimentos locales, evitando incentivar el transporte de productos y por ende el uso adicional de energía y carburantes.

El objetivo final debería ser convertir las sedes comunitarias en edificios verdes, abiertos a innovar en el uso de tecnologías alternativas, como paneles solares, energía eólica o riego sistematizado, conscientes de la huella de carbono –por el uso directo o indirecto de combustibles fósiles- y la huella verde –por el uso de productos provenientes de la naturaleza, lo que actualmente se denomina “servicios ambientales” o ecosystems services. Un “edificio verde” es también un espacio propicio para desarrollar “actividades verdes”, ya que la política del edificio debe aplicarse también a los eventos realizados, disminuyendo el uso de plástico o incentivando la cultura del reciclaje, por nombrar algunos ejemplos. Esta nueva actitud comunitaria, materializada a través de espacios amistosos con nuestro entorno en los cuales desenvolverse, generará un efecto dominó, que contagiará a los miembros de las comunidades a cambiar viejos hábitos, tanto a nivel comunitario como individual. Una comunidad que se comporta a nivel institucional en forma coherente, no debería limitarse a un edificio comunitario, un colegio o un centro deportivo, debería extenderse a los cientos de hogares de las familias que la conforman.

El ciclo de vida judío.

Nuestras comunidades pueden ir un paso más allá y experimentar el ciclo de vida judío bajo el prisma de la ecología. Cada una de las festividades, al igual que el Shabat, pueden ser interpretadas desde un punto de vista ecológico, siendo las más evidentes aquellas directamente ligadas al ciclo anual de cultivos. En el calendario judío existen varias fechas que son consideradas “comienzos del año”. Tu Bishvat es la festividad judía ambientalista por excelencia, y se traduce como el “año nuevo de los árboles”, razón por la cual también recibe el nombre de Rosh Hashaná Ilanit. Por esta razón, es costumbre que los niños nacidos cerca de esta fecha –el 15 del mes de Shvat-, reciban el nombre de Ilan o Ilana, término que significa árbol en hebreo. En esta festividad se acostumbra hacer un seder donde se comen frutos secos en una mesa decorada con flores, alrededor de la cual se leen fragmentos de la Torah relacionados con los árboles y la naturaleza. Existe también la tradición de enviar frutas como regalo a parientes y amigos.

Desde el desarrollo del sionismo moderno y con la llegada de los pioneros a la tierra de Israel, quienes comenzaron una ardua tarea de reforestación en el desierto, se inició la tradición de plantar árboles para Tu Bishvat. En algunas comunidades se realizan paseos al aire libre, donde se plantan árboles en forma colectiva. Con el crecimiento del movimiento ecologista, esta festividad, que tenía un carácter secundario, ha ido tomando importancia, especialmente en las generaciones jóvenes y en lo espacios de educación judía, como colegios y movimientos juveniles.

Shavuot es otra festividad intrínsecamente ligada a la agricultura. Si bien por una parte se celebra la entrega de la Torah a Moisés en el monte Sinaí, la festividad también corresponde a la época del año en la que —en Israel en particular y en el hemisferio norte en general— se recogen los primeros frutos. Es por esto que también es conocida como Jag Habicurim o Fiesta de las Primicias. Durante la existencia del templo, se solía llevar los primeros frutos y cosechas como ofrendas a D’s, costumbre probablemente anterior al monoteísmo y seguramente practicada por muchos otros pueblos. De hecho aún es costumbre realizar canastos ornamentales con frutos y flores de la estación y llevarlos a la sinagoga para Shavuot. Durante la festividad se acostumbra a comer lácteos, acompañados por las siete especias características de Israel. También se realiza una noche de estudio, para honrar el haber recibido la ley de D’s. Shavuot es una fiesta de agradecimiento de todo lo que Dios nos ha entregado, los alimentos, buenas cosechas y la sabiduría de la Torah.

Otras festividades, si bien no tienen una relación tan directa con el medio ambiente, siempre reflejan un aspecto valórico que tiende a una relación de equilibrio con el mundo. Por ejemplo Pesaj, la fiesta de la libertad, nos plantea la pregunta del límite de dicha libertad, ya sea en nuestra relación con otros como con nuestro planeta. Las plagas de Egipto fueron la forma en que D’s se manifestó frente a la forma de actuar del Faraón, quien oprimía al pueblo judío. La pregunta de hoy es cómo se manifiesta la naturaleza frente a la opresión que nosotros generamos en ella. Esta pregunta también puede ser planteada durante las fiestas altas de Rosh Hashaná y Yom Kipur, durante los diez días de reflexión para meditar sobre nuestro comportamiento con otros seres humanos y de cómo honramos a D’s en cada una de nuestras acciones.

Tikum Olam

Si bien el término Tikum Olam está presente en la mishná, escrita en el siglo II, se usa para referirse en términos legislativos a asuntos de justicia social. No es hasta el siglo XVI en que el cabalista Isaac Luria le entrega una connotación más espiritual a este concepto, como parte del llamado misticismo judío. Luria postulaba que para restablecer el orden del universo era necesaria la búsqueda y liberación de las cápsulas de luz divina que están ocultas en el mundo, conocidas como kelim. De ahí que se haya traducido el concepto como “sanación del mundo” o “reestablecimiento del equilibrio en el planeta”. Actualmente el concepto místico de Luria ha sido replanteado desde la perspectiva social y ambiental, donde la sanación del mundo no es ni más ni menos que la salvación de nuestro planeta frente a las amenazas ambientales que los seres humanos hemos gatillado.

Tikum Olam es el recordatorio permanente por mantener la armonía y el equilibrio en nuestras vidas. Para algunos estudiosos, Tikum Olam es tan fundamental, que en caso de conflicto comanda sobre otros preceptos. El reflexionar sobre las consecuencias de nuestras acciones en el equilibrio del mundo, el ampliar el significado mismo del Shabat a toda nuestra existencia, es expandir nuestra mirada individual y de corto plazo, hacia una perspectiva global y de largo plazo, hacia nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos y hacia las generaciones venideras. Practicar el Tikum Olam es pensar en plural y darle peso a nuestras acciones individuales, elevando nuestros espíritus hacia un nuevo nivel de sabiduría y entendimiento.

De la agricultura al comercio.

Pero si el judaísmo alberga nociones tan profundas y esenciales con respecto a la ecología, la pregunta de fondo es por qué hemos perdido nuestro rumbo. Si el judaísmo incluye fundamentos ecológicos desde sus pilares tales como los diez mandamientos, la Torah, las festividades y la filosofía; por qué en la práctica nos hemos alejado de una forma de vida respetuosa del entorno natural que nos rodea. La respuesta parece situarse en que el pueblo judío ha sufrido, primero como resultado de la diáspora y después como consecuencia de las prohibiciones de poseer o trabajar la tierra, una desconexión con la vida agrícola. Las festividades ligadas a las cosechas pasaron a tener un significado simbólico y sionista, el anhelo de recuperar la tierra prometida y el estableciendo de una conexión entrañable con ésta a través de los siglos. La tierra de Israel se convirtió en un símbolo representante de una realidad prácticamente abstracta, mientras la vida cotidiana se situaba – y en muchos casos aún se sitúa- ligada a la práctica de diversos oficios y el comercio.

La kashrut continuó siendo una forma de respeto hacia la ingesta de animales, especialmente en sociedades rurales de Europa Oriental y en las comunidades del Medio Oriente, cuya conexión agrícola se mantuvo hasta las primeras décadas del siglo XX. Las comunidades del centro de Europa y American cambio, pasaron a formar parte de la pujante burguesía en forma mucho más temprana, cortando toda conexión con el trabajo agrícola ganadero, y por ende con los ciclos naturales de los mismos.

En la actualidad, la integración de las comunidades a la sociedad moderna, ha favorecido también una forma de vida basada en una sociedad de consumo. Algunos han buscado una forma de vida judía alternativa, especialmente en comunidades progresistas más abiertas a revitalizar los valores ecológicos del judaísmo. Muchas comunidades más conservadoras también han dado los primeros pasos para volcarse nuevamente a un judaísmo más ético, solidario y responsable con nuestro planeta. Sin embargo aún queda mucho por hacer, activando los espacios comunitarios desde lo administrativo hasta lo espiritual, generando un cambio desde las formas hacia el fondo. Al dar el ejemplo mediante la transformación de nuestras sedes en edificios verdes, al incentivar la organización de eventos amistosos con el medio ambiente y al contextualizar nuestras festividades con un nuevo significado espiritual, tenemos en nuestras manos las herramientas para generar cambios de dimensiones inesperadas. Al retomar las ideas fundamentales de nuestras propias raíces, combinarlas con los actuales conocimientos y descubrir las posibilidades de aportar a construir un mundo mejor, seremos mejores judíos, pero por sobre todo mejores personas.

Daniela Rusowsky
Fuente: Buscandolaverdad

Articulo tomado de Anajnu

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