La mitología antisionista de la izquierda

 

Titulo original: The Anti-Zionist Mythology of the Left, Israel Journal of Foreign Affairs, 9:2, pp. 189-199

La oposición socialista y marxista al sionismo ha existido desde que el movimiento político moderno fue puesto en marcha por Theodor Herzl en 1897. Antes de la Primera Guerra Mundial, el nacionalismo judío era, si acaso, criticado más enérgicamente por judíos que por no judíos, al menos fuera de Palestina. En ese tiempo, los adversarios judíos del sionismo incluían a gran parte del establishment comunitario de los países occidentales, judíos “asimilacionistas”, reformadores religiosos y la mayoría de los rabinos “ortodoxos” y ultra ortodoxos prominentes de Rusia y Europa Oriental. En la izquierda secular, el Bund (la organización de trabajadores judíos líder en la Rusia zarista) y posteriormente los comunistas, se oponían vehementemente al sionismo por considerarlo un movimiento utópico, reaccionario y “pequeño burgués”. Considerado como una desviación no deseada de la lucha de clases y la revolución proletaria, era también visto por los principales teóricos marxistas alemanes como Karl Kautsky, como un cómplice en el aumento del antisemitismo. Kautsky incluso acusó al sionismo de colocar un freno en la rueda del progreso histórico. A pesar de que en la década de 1920 algunos socialdemócratas europeos comenzaron a calentar el celo socialista del movimiento obrero sionista en Palestina, otros permanecieron cercanos a la línea antisionista de antes de la guerra. Anticipaban, como Kautsky en 1921, que el experimento sionista inevitablemente se colapsaría tan pronto terminara la dominación anglo-francesa en Medio Oriente. (1)

Los judíos, que jugaron un papel muy prominente en la historia temprana de muchos partidos socialista y comunista estuvieron, desde el principio, entre los críticos más injuriosos del sionismo. Líderes austro-marxistas desde Otto Bauer a Bruno Kreisky, bolcheviques revolucionarios desde León Trotsky a su admirador británico de la post guerra Tony Cliff, y gurús de la izquierda americana como Noam Chomsky o Norman Finkelstein –todos de origen judío– generalmente desestimaban al sionismo como un callejón sin salida. A principios de 1930, stalinistas judíos como el austriaco Otto Heller se pronunciaban por “la quiebra definitiva e irrevocable” del “sueño de la Palestina judía”, proclamando confiadamente que el futuro colectivo judío yacía en colonizar los bosques de Siberia y el poco poblado Lejano Oriente. (2). La “cuestión judía”, predijo Heller en 1931, se resolvería en la URSS – en Birobidjan, Siberia o Crimea- no en Jerusalem. En la década de 1930, la mayoría de los comunistas estaban convencidos que el sionismo era un error histórico, una imposibilidad, un forma anacrónica total de nacionalismo condenado a desaparecer junto con el judaísmo mismo, parte de la inevitable muerte del mundo capitalista. Estas suposiciones deterministas -totalmente refutadas por la historia- seguían ampliamente el mapa de ruta diseñado en 1844 por el joven Karl Marx, quien esperaba la desaparición de los judíos en una sociedad post capitalista. (3)
El asesinato masivo de la judería europea a mano de los nazis un siglo después, dio un brillo macabro al fallido pronóstico marxista. No obstante, no condujo a ninguna revisión fundamental de los dogmas socialistas pronunciados 50 años antes sobre la más deseada solución a la “cuestión judía”. Cierto, Joseph Stalin había apoyado el establecimiento de Israel en 1948, principalmente para ayudar a eliminar la influencia británica del Medio Oriente. Al mismo tiempo, esto no evitó al todopoderoso dictador comunista de la URSS el orquestar un juicio teatral brutalmente antisemita y “antisionista” -Slánsky la historia de amor en Praga- o el igualmente monstruoso “complot de los médicos” en el que doctores judíos eran acusados y torturados por supuestamente tratar de asesinar a lo más alto del liderazgo soviético. (4) Stalin -el padrino del antisemitismo post Shoá en su forma comunista- bien pudo haber preparado el terreno para la expulsión masiva de la judería soviética a Siberia y Kasajstan en la víspera de su muerte en marzo de 1953. La estigmatización del sionismo como la “quinta columna” del imperialismo americano y británico ayudó a contaminar las actitudes comunistas y no-comunistas de izquierda sobre el Estado judío en la era post Shoá.
Maxime Rodinson, ex miembro del Partido Comunista francés (que había defendido los cargos contra los médicos judíos fabricados por Stalin en 1952), estaba entre los más ilustrados de los críticos marxistas en el oeste del nuevo Estado de Israel. Un muy conocido arabista cuyos padres, inmigrantes y comunistas convencidos, murieron en Auschwitz, Rodinson insistía en su influyente ensayo publicado por primera vez en 1967, que Israel era un “Estado colonial”. Desde el principio había seguido el patrón expansionista europeo-americano.(5) Rodinson argumentaba que como otras formas de dominación colonialista, el sionismo había desplazado a la mayor porción de los palestinos “nativos” en nombre de lo que él sentía eran derechos históricos totalmente espurios. No obstante, como otros críticos antisionistas, Rodinson comentó sobre el hecho de que la mayoría de los colonos judíos provenían de áreas menos desarrolladas como Europa Oriental (y posteriormente del Medio Oriente), en total contraste con los colonialistas blancos en la España Británica o el Imperio Francés que venían de sociedades más avanzadas, conquistaban tierras y velozmente eliminaban o subordinaban a las comunidades nativas bajos su dominio. Esto sucedió en América del Norte y del Sur, Australia, Nueva Zelanda, partes de África del Sur, y en la Argelia francesa, pero no en Palestina. Contrario al mito propagado hasta la fecha por la izquierda radical pro-palestina, los judíos que arribaron a la Palestina del Mandato Británico evidentemente no llegaron a destruir ni desplazar a la “nación” árabe palestina. De hecho, la presencia judía y los resultantes proyectos económicos indudablemente aceleraron la modernización, convirtiendo a Palestina en una tierra que atraía considerablemente la migración árabe. En 1922, solo 186,000 árabes vivían en el área que un cuarto de siglo después se convertiría en Israel. A principios de la década de 1920, en la totalidad del territorio del Mandato Británico, había 600,000 árabes, cifra que para 1940 se incrementó a más de un millón -difícilmente un ejemplo de despojo de la población “indígena”. En aquellos años la mayoría de los árabes palestinos eran inmigrantes de los territorios árabes vecinos o descendientes de inmigrantes que habían llegado desde el siglo XIX. No solo no eran palestinos “nativos”, sino que en la época de la Declaración Balfour no había un concepto claro o preciso de una nación árabe palestina. La narrativa de la izquierda, especialmente desde 1967, ha marginado realidades incómodas reemplazándolas con ficciones ideológicas.
La Guerra de los Seis Días de 1967 fue, sin duda, un momento crucial para gran parte de la izquierda liberal y democrática en los países occidentales en relación a su actitud hacia Israel. Una de sus consecuencias a largo plazo fue el transformar al Estado judío, en los ojos tanto de sus adversarios como de sus críticos, en un “ocupante” conquistador de tierras árabes. También empezó a deteriorar el tabú no escrito contra el antisemitismo presente desde la Shoá. (6) Surgió una retórica anti-israelí más endurecida tanto de la derecha como de la izquierda, así como de algunos estadistas y políticos prominentes. El notorio “Sermón a los hebreos” del presidente Charles de Gaulle en su conferencia de prensa en París en noviembre de 1967, en el cual se refirió a Israel y los judíos como un “pueblo élite dominante y seguro de sí mismo”, fue un importante hito en este cambio sísmico. (7) Los radicales “progresistas” también comenzaron a canalizar todas sus añejas sospechas sobre el nacionalismo judío y los judíos en general, hacia un crecientemente agresivo y difamador antisionismo. (8). Durante la década de los setenta, Israel se vio relacionado con regímenes apartheid ampliamente odiados como Sudáfrica o Rodesia, o con juntas militares y represivas en Chile o Argentina. Sus políticas eran etiquetadas como las de aquellos estados “blancos” colonialistas. En lo sucesivo, el sionismo fue vilificado como una ideología racista, particularmente perniciosa, asociada en el Medio Oriente con el imperialismo norteamericano. (9)
Para aquellos que condenaban el sionismo, el éxodo de gran parte de la población árabe palestina durante la primera guerra árabe-israelí en 1948 se debió al estilo de política hegemónica que los judíos importaron de Europa. La meta de la ideología sionista era redefinir, de acuerdo a su narrativa pro-palestina, la separación racial entre los judíos y los no judíos. El sionismo fue visto como una ideología inherentemente aislacionista, segregacionista, que dependía del fortalecimiento y del estímulo del antisemitismo para implementar sus objetivos. (10) El deseo de Israel de ser un Estado “judío” era en sí racista a priori. La Ley del Retorno fue atacada con especial vehemencia como intrínsecamente discriminatoria por otorgar los derechos de ciudadanía israelí a los inmigrantes judíos de la diáspora. También se reclamaba que los árabes israelíes y los judíos orientales (mizrahim) sufrían de un racismo institucionalizado dentro de la sociedad israelí. Finalmente, la izquierda antisionista –algunos de ellos judíos- señalaban el llamado carácter “teocrático” del Estado israelí, que ofrecía privilegios especiales a los judíos y presuntamente obstruía la integración de Israel al mundo árabe. No obstante, la política israelí ha sido abiertamente más secular que la de sus vecinos árabes quienes raramente, si no es que nunca, han sido criticados por la izquierda por su carácter islámico y exclusivista. Ese doble estándar ha caracterizado al antisionismo desde la fundación de Israel.
Es importante entender que las imágenes distorsionadas de Israel han tomado características sobresalientes del antisemitismo europeo. La idea de que el sionismo apunta a una hegemonía racista o a una dominación sobre los no judíos, reproduce la clásica propaganda anti-judía. El concepto de “raza elegida” es una noción típicamente antisemita y no judía. La creencia de que los judíos son misántropos, endémicamente hostiles al resto de la humanidad, es otro mito antiguo, con raíces en la antigüedad clásica.
Aún antes de 1945, la demonología del judío se había fusionado con los ataques nacionalistas árabes e islamistas sobre la legitimidad del sionismo. Estos eran encabezados por demagogos rabiosamente antisemitas como el notorio líder palestino y Mufti de Jerusalem, Ham Amin El Husseini. (11) Hoy en día, el antisionismo ha escalado, resucitando a nivel colectivo y en la arena internacional los mismos principios discriminatorios del antisemitismo tradicional que históricamente han etiquetado a los judíos como un elemento ajeno a la sociedad cristiana de Europa. Vale la pena recordar que antes y después de la emancipación legal de los judíos en el siglo XIX, los judíos en Europa habían sido difamados por los antisemitas de ser híbridos “orientales” o “semi asiáticos” en una cultura occidental. Eran considerados cultural y biológicamente inasimilables. Hay un paralelo con el actual Medio Oriente, donde los sionistas invariablemente son representados por los árabes como intrusos que no pueden ser absorbidos por la estructura dominante del Medio Oriente musulmán. (12) Los judíos, habiendo logrado su emancipación nacional a través de Israel y el movimiento sionista, se encuentran etiquetados como intrusos colonialistas “europeos”, a pesar de que cuando menos la mitad de la población israelí tiene sus orígenes en el Medio Oriente, y es históricamente más “autóctona” del Levante (incluyendo Palestina) y el Magreb que los conquistadores árabes que llegaron a la región procedentes de la península arábiga en el siglo VII de la e.c.
Este hecho no evitó que ganara tracción el mito prevaleciente de que el sionismo, a diferencia del nacionalismo árabe, es una extraña importación del Medio Oriente, cuya esencia es “racista” e intrínsecamente anti-árabe. Históricamente hablando, el sionismo ha mostrado poco interés en la raza como un factor para moldear la naturaleza y carácter distintivo de la sociedad israelí. En contraste con sociedades coloniales típicamente “blancas” como Estados Unidos, Sudáfrica, Rodesia, Argentina, Australia o Nueva Zelanda, en Israel ni la raza ni el color eran importantes como un indicador de estatus social o político, ni había necesidad de usar la raza como una ideología legítima –como en el sur de Estados Unidos- para explotar el trabajo de los esclavos importados. Por el contrario, muchos pioneros sionistas modernos llegaron de Europa Oriental a Palestina para crear su propia clase trabajadora. Rara vez se sentían atraídos por doctrinas místicas de pureza de la raza (una obsesión típicamente antisemita) y ciertamente no creían en la jerarquía de razas “superiores” o “inferiores”. Tales doctrinas presuponían la aceptación de diferencias hereditariamente inmutables entre distinción de razas o creencias en virtud de la “sangre”. Siempre han sido ajenas al judaísmo y a la corriente principal del sionismo –a pesar de los incontables reclamos antisemitas, distorsionados y manipulativos. (13)
Lejos de basarse en la “raza”, el movimiento sionista surge, en parte, como una respuesta política al antisemitismo racista, nacionalista y religioso creado por fuerzas profundamente reaccionarias en las sociedades europeas y mesorientales. Particularmente, el antisemitismo racista europeo fue una fuerza mayor que impulsó a los judíos a buscar su propio camino hacia la auto emancipación. Fue un factor decisivo para atraer al sionismo a judíos más seculares y aculturados como Pinsker, Herzl y Nordau. Su búsqueda para una cura del antisemitismo podría basarse en versiones bíblicas más antiguas de redención que vinculaban a los grupos sionistas – seculares y religiosos- a la tierra de Israel. (14)
50 años después de su fundación, el propio sionismo político sufrió una metamorfosis. En la década de los 40’s, se convirtió en el primer movimiento de liberación anticolonial contra el Imperio Británico exitoso en el Medio Oriente. La traición de Gran Bretaña a la Declaración Balfour y su intransigente rechazo para permitir que después de 1945 sobrevivientes del Holocausto se establecieran en el hogar nacional judío, provocó la revuelta armada. De hecho, para 1945, el sionismo había surgido como uno de los pioneros de la descolonización y liberación de los pueblos oprimidos del Tercer Mundo en la post guerra. Más aún, su aceptación como ideología dominante de la vida judía después de 1945, estaba lejos de ser accidental. El sionismo reflejaba la triste realidad de la condición judía post-Shoá. En 1945 los judíos eran verdaderamente una nación sin hogar en Europa –el continente se había convertido en un enorme cementerio para el pueblo judío. Además, cruzando el mar Mediterráneo había cerca de un millón de judíos mesorientales que estaban próximos a ser expulsados de un mundo árabe cada vez más inhóspito. Actualmente, no solo el antisionismo contemporáneo de izquierda sino también muchos liberales ignoran estos hechos cruciales. Se han vuelto sordos a la larga historia de persecución antijudía y parecen estar sufriendo de un severo caso de Alzheimer intelectual en su descripción de los orígenes y desarrollos del sionismo.
En este contexto, la entrevista de Fidel Castro con Jeffrey Goldberg para el The Atlantic Monthy de hace pocos años, es reveladora. El envejecido ex dictador criticó severamente al entonces presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad por negar el Holocausto y le aconsejó (y a otros de su tipo) que deberían reconocer la “singular historia del antisemitismo” si quería servir la causa de la paz. “El gobierno iraní”, según Castro, debería comprender “las consecuencias de 2,000 años de antisemitismo teológico…los israelíes tienen amplias razones para temer por su existencia.” Castro añadió: No creo que nadie haya sido más difamado que los judíos. Puedo decir que han sido más calumniados que los musulmanes porque son acusados y difamados por todo. Nadie culpa a los musulmanes de nada. (15)
Castro continuó para recordar a la gente que los judíos “habían sido expulsados de su tierra, perseguidos y maltratados en todo el mundo como los que mataron a Dios. “Su existencia ha sido mucho más difícil que la de otros, sin embargo “su cultura y su religión los han mantenido como nación”. (16) No ha habido nada en los anales del sufrimiento humano, insistía Castro, que pueda ser comparable al Holocausto. También enfatizaba que Israel tenía el inequívoco derecho a existir. (17)
Castro, un aliado de largo tiempo de Yasser Arafat y el mundo comunista, sorprendió a muchos con estas palabras de reproche. 40 años antes ya había criticado a la OLP por fallar al distinguir entre revolución y genocidio. De hecho, Fatah constantemente enfatizaba su compromiso de destruir Israel. El 16 de diciembre de 1980, por ejemplo, Arafat abiertamente declaró en Caracas: No debemos parar hasta que podamos regresar a casa y destruir a Israel…La meta de nuestra lucha es el fin de Israel, y no puede haber concesiones ni mediaciones. No queremos la paz; queremos la victoria. Para nosotros, la paz significa la destrucción de Israel y nada más. (18)
Tales declaraciones de Fatah eran comunes, pero no alteraban el sueño de la izquierda o de los intelectuales “humanistas” de occidente, ni lo alteran actualmente. El antisionismo de izquierda nunca tuvo problema con demonizar al sionismo, con difamar a Israel como un estado que lleva a cabo limpiezas étnicas, o con amenazas de eliminar al Estado judío nivelado por los ayatolas en Irán u otros islamistas radicales. Se puede decir lo mismo de los “liberales” contemporáneos de la corriente principal en Occidente, incluyendo a muchos intelectuales prominentes que pueden ridiculizar cualquier preocupación sobre el antisemitismo como “alarmista” o jugar la llamada “carta sionista”.
Ya en 1974, en su Carta Nacional de 1974, Fatah, la organización de Arafat y la OLP como un todo, habían proclamado como su objetivo central la eliminación del “racista” Estado de Israel. El artículo 22 del Carta Palestina denunciaba al sionismo como un “movimiento racista y fanático en su formación; agresivo, expansionista y colonialista en sus fines, y fascista y nazi en sus medios. “El artículo 20 dejaba claro que Israel no debía ser visto como una nación y que el nacionalismo judío siempre había sido un fenómeno falso, artificial y reaccionario. (19) Haciendo eco de bien arraigados dogmas antisionistas, alegaba que “el judaísmo, en su carácter como religión, no es una nacionalidad con existencia independiente.” (20)
No hay duda de que, en última instancia, la OLP preveía la transformación de Israel en una Palestina árabe en la que el islam sería la fe dominante y sólo los árabes palestinos tendrían derechos nacionales. (21) Está claramente establecido en el artículo uno de la Carta Nacional Palestina que “Palestina es la patria del pueblo árabe palestino; es una parte indivisible de la patria árabe, y el pueblo palestino es una parte integral de la nación árabe.” (22) Esta visión nacionalista de Fatah y la OLP nunca ha sido definitivamente repudiada. Tales hechos inconvenientes son sistemáticamente ignorados por los comentaristas de izquierda liberales y occidentales que persisten en presentar al nacionalismo palestino como un movimiento de resistencia “progresivo” que genuinamente busca la “solución de dos estados” para la cuestión palestina.
 Este juego de manos es aún más impactante dado el total rechazo a cualquier derecho judío de autodeterminación nacional en Israel, ejemplificado por el Hamás palestino. El “antisionismo” intransigente de este poderoso movimiento islámico de “resistencia” es evidente en su Carta Nacional de 1988, que es un documento profundamente antisemita así como yihadista fundamentalista. Desde su creación, Hamás – la organización palestina seguidora del movimiento virulentamente antisemita egipcio Hermandad Musulmana – ha estado influida por una ideología extremadamente tóxica de odio hacia los judíos basada en las teorías de conspiración paranoicas incluidas en “Los Protocolos de los Sabios de Sión” (23). A pesar de que la izquierda occidental no respalda los Protocolos, ha adoptado una versión más ligera que representa a Israel como un importante símbolo de los males del imperialismo mundial. Particularmente, la izquierda antisionista radical presenta en muchas ocasiones a Israel como el producto de una conspiración criminal diabólica de dimensiones globales (24). La narrativa antisemita de Hamás ha obtenido un halo de respetabilidad por parte de aquellos intelectuales de occidente que continúan menospreciando a Israel en nombre de sus propias y altamente selectivas creencias respecto a los derechos humanos. Incluso, un conocimiento menor sobre el continuo rechaza de la Autoridad Palestina a tolerar o respetar el derecho de disidencia política, o de la cruel represión por parte de Hamás hacia las minorías religiosas, las mujeres, las personas homosexuales y hacia los no musulmanes en general, debería bastar para exponer la naturaleza hueca de dicha retórica sobre los derechos humanos.
En el centro de esa visión mundial antisionista adoptada por los islamistas, izquierdistas y muchos liberales occidentales, se encuentra la percepción seriamente distorsionada de Israel como el último proyecto colonialista de occidente. Entre los puntos ciegos más evidentes está la clara negativa de aceptar la realidad sobre la “limpieza étnica” de los judíos en los países árabes del Medio Oriente después de 1945. Al término de la Segunda Guerra Mundial, había casi un millón de judíos en países musulmanes, muchos de ellos en África del Norte (25). Como resultado de persecuciones árabes, pogroms y acosos, la mayoría de estos judíos del Medio Oriente fueron obligados a salir de sus casas y buscar refugio en el recién creado Estado de Israel. Ahí, pudieron, finalmente y por primera vez de forma colectiva, gozar plenamente de derechos políticos y tener un prospecto de movilidad socioeconómica. Durante muchos siglos, los denominados judíos “orientales” de Marruecos, Túnez, Libia, Egipto, Yemen, Siria, Líbano, Irak e Irán habían estado profundamente arraigados en el Medio Oriente, en donde los asentamientos judíos precedieron la llegada de los invasores árabes del desierto. Lo mismo fue cierto en la tierra de Israel. Lo anterior, también ha sido deliberadamente suprimido o marginalizado por los ideólogos de izquierda y pro- palestinos que continuamente estigmatizan al sionismo como un movimiento pro-imperialista, lo que permite a los palestinos y a sus aliados tergiversar perversamente a Israel como un “cuerpo ajeno” en el Medio Oriente – argumento que en sí mismo, emana antisemitismo. Paralelamente, la izquierda occidental permanece sorprendentemente indiferente ante la intolerancia endémica de las mayorías árabes musulmanas sunitas, no sólo hacia los judíos sino también hacia los cristianos del Medio Oriente, los musulmanes chiitas, los kurdos, los yazidis, los bahais y otras minorías. De hecho, el occidente “cristiano” en su conjunto pareciera tener poco interés en el genocidio perpetrado frente a nuestros ojos por los islamistas en contra de las comunidades cristianas más antiguas de Irak, Siria y el Levante. Las barbáricas atrocidades de ISIS (Estado Islámico) – al crucificar, decapitar y ejecutar a infieles (incluyendo otros musulmanes) – no son excepcionales en la historia –manchada de sangre – del islam. Y aun así, en comparación a los imaginarios “crímenes de Israel”, despierta una mínima indignación y protesta.
A pesar de la evidencia, aún existen muchos observadores y críticos que se niegan a creer la realidad de la pasión antisemita dentro de la izquierda. En realidad, ésta ha existido desde el nacimiento del socialismo europeo en las décadas de 1830’s y 1840’s. Sin embargo, su renacimiento ha sido acelerado por los procesos centrífugos que siguieron al colapso del comunismo soviético después de 1989. La renovada, aunque distorsionada, ideología de derechos humanos, el “pregresivismo” transnacional, el cosmopolitismo postnacional y las políticas de identidad, cayeron en el vacío dejado por la “bancarrota del marxismo” (26). El antiamericanismo y la antiglobalización (ambos sentimientos compartidos también por gran parte de la extrema derecha) se une al antisionismo para generar una versión moralmente relativista e incluso escéptica de la izquierda occidental visceralmente hostil para lidiar de forma pragmática con el mundo como es. El antisemitismo contemporáneo de la izquierda todavía se aferra a la causa profundamente corrupta y terrorista palestina, convirtiéndola en una frenética substitución para la fallida “lucha por el socialismo” (27). Esta indignación pro-palestina casi no tiene conexión con la lucha de clases ni con la solidaridad social, ni con ningún proyecto de grande escala de liberación humana. En su lugar aparece como una creciente repetición cada vez más descabellada e insípida de acusaciones inflamatorias y cínicas sobre los “crímenes de guerra”, y las constantes “violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional” por parte de Israel. A pesar de que, como propaganda y guerra política, lo anterior ha demostrado ser bastante efectivo, no ha logrado nada constructivo para los palestinos. El resultado simplemente ha sido ampliar lo que ya era una profunda brecha entre israelíes y palestinos y crear un abismo de antagonismo y odio, que no será fácil superar.
En su percepción del conflicto en Medio Oriente, el antisionismo de izquierda se ha negado consistentemente a enfrentar la realidad del rechazo palestino, lo cual claramente es un síntoma de deshonestidad intelectual. En su visión del mundo, el antisionismo se ha convertido en un imán para las tonterías marxistas esparcidas a los cuatro vientos desde el colapso del comunismo en 1991. No es casualidad que la ideología confusa de la izquierda “post-colonial” sea vulnerable al antisemitismo puesto que ya no tiene ningún anclaje en las realidades concretas geopolíticas, de seguridad ni en los contextos culturales del Medio Oriente. Su visión de la paz en el Medio Oriente es invariablemente “sin Israel”, asumiendo posiciones liquidacioncitas similares a las adoptadas por Irán, Hezbolá, el Yihad Islámico, Hamás, Fatah y, ahora ISIS. Por lo tanto, no es sorprendente que en el verano del 2014 muchos manifestantes de izquierda en varios países occidentales mostraran tanto entusiasmo y solidaridad con los palestinos islamistas de Hamás (28). Las brechas ideológicas entre el islam y el laicismo occidental, entre el yihad y la guerra de clases y, entre la misoginia musulmana y el feminismo occidental se han desvanecido y han sido reemplazadas por la seducción irresistible de la “solidaridad revolucionaria” en contra del mítico “genocidio” israelí. En las calles de Londres, París, Berlín, Malmo, Sydney, Boston y muchas otras ciudades occidentales, lemas de moda como “Gaza Libre” se fusionan con gritos de “Allahu Akhbar” (Allah es grande) y “Hitler tenía razón”. “Muerte a los judíos” ya es un dicho que se encuentra fuera de límites.
Por supuesto, la simbolización negativa de Israel y los judíos en este discurso despreciable no se limita a la izquierda. Trascendiendo diferencias políticas, en el campo antisionista desde hace tiempo, la integridad intelectual y el pensamiento razonado han sido reemplazados por falsas analogías, argumentos engañosos y dobles discursos orwellianos. Lo anterior es cierto tanto para los liberales, los conservadores y los pro- fascistas, como lo es para los izquierdistas. Los incansables esfuerzos de los últimos cuarenta años por equiparar al sionismo con el racismo, el colonialismo, la limpieza étnica, el apartheid o el nazismo, son, sin duda, algunos de los síntomas más patológicos de la contaminación existente en el discurso político contemporáneo. Sin embargo, son las pretensiones “antirracistas” de la izquierda antisionista, las que traicionan de forma vergonzosa y repugnante los valores socialistas.
Notas
1 Robert S. Wistrich, From Ambivalence to Betrayal: The Left, the Jews, and Israel (Lincoln, 2012), pp. 250–92.
2 Otto Heller, Der Untergang des Judentums (Vienna, 1932), pp. 173–74.
3 En Marx, ver Wistrich, op. cit., pp. 80–88 and Paul Lawrence Rose, German Question/ Jewish Question: Revolutionary Antisemitism from Kant to Wagner (Princeton, 1990), pp. 296–305.
4 Ver Jonathan Brent and Vladimir P. Naumov, Stalin’s Last Crime: The Plot against the Jewish Doctors, 1948–1953 (New York, 2003).
5 El texto de Rodinson’s se publicó primero en inglés en Jean-Paul Sartre’s Les Temps Modernes just before the Six-Day War. Ver Israel: A Colonial Settler-State? (New York, 1973) para versions posteriores
6 See Robert S. Wistrich, “The Politics of Ressentiment: Israel, Jews, and the German Media,” Acta, No. 23, The Vidal Sassoon Center for the Study of Antisemitism, The Hebrew University of Jerusalem, 2004.
7 Robert S. Wistrich, A Lethal Obsession: Antisemitism from Antiquity to the Global Jihad (New York, 2010), pp. 279–81.
8 Alain Finkielkraut, Au Nom de l’Autre: Réflexions sur l’antisémitisme qui vient (Paris, 2003).
9 Pierre-André Taguieff, La Judéophobie des Modernes (Paris, 2008), pp. 407–24.
10 Ver, por ejemplo, la vision de Roger Garaudy, el francés pro-islámico ex-marxista en su The Case of Israel: A Study of Political Zionism (London, 1983), pp. 89–122.
11 Jeffrey Herf, Nazi Propaganda for the Arab World (New Haven, 2009), pp. 179–93. Ver también Klaus Gensicke, The Mufti of Jerusalem and the Nazis: The Berlin Years (London, 2010).
12 Robert S. Wistrich, Anti-Zionism as an Expression of Antisemitism in Recent Years (The Study Circle of the President of Israel, Jerusalem, 1985). Publicado en inglés y hebreo.
13 Estos reclamos han sido revividos más recientemente por Shlomo Sand, The Invention of the Jewish People (London, 2009)— un producto característico de la academia israelí de izquierda “post-sionista” en su ostentación y arrogancia.
14 See Gideon Shimoni, The Zionist Ideology (Hanover, 1995), pp. 333–88.
17 Jeffrey Goldberg, “Fidel Castro and Israel’s Right to Exist.” Ver www.theatlantic.com/international/archive/2010/09/fidel-castro-and-Israels-right-to-exist/63369. Se le preguntó a Castro “¿Cree que el Estado de Israel, como Estado judío, tiene derecho a existir?” El respondió, “Sí, sin ninguna duda”.
18 Ver Jillian Becker, The PLO (London, 1984) and John Laffin, The PLO Connections (London, 1982), pp. 85–96.
19 Ver Bernard Lewis, “The Palestinians and the PLO,” Commentary (January, 1974) para el texto complete de la Carta Nacional Palestina. También fue reproducida por Harris Okun Schoenberg, A Mandate for Terror: The United Nations and the PLO (New York, 1989), pp. 467–75.
20 Ver Schoenberg, Ver Bernard Lewis, “The Palestinians and the PLO,” Commentary (January, 1974) para el texto complete de la Carta Nacional Palestina. También fue reproducida por Harris Okun Schoenberg, A Mandate for Terror: The United Nations and the PLO (New York, 1989), pp. 467–75., pp. 470–471. El artículo 20 anula e invalida la Declaración Balfour y la Liga de las Naciones; insiste que las “demandas judías de un vínculo histórico o religioso con Palestina son incompatibles con los hechos de la historia” e incompatibles con la “verdadera concepción de lo que constituye un Estado”. El judaísmo es simplemente una religion y no una nacionalidad independiente. Finalmente, los judíos no constituyen “una nación con identidad propia” – una posición compartida por la izquierda antisionista.
21 Yehoshafat Harkabi, The Palestinian Covenant and Its Meaning (London, 1979).
22 Schoenberg, op. cit., p. 467 for Article 1.
23 Ver “Charter of Allah: The Platform of the Islamic Resistance Movement,” August 18, 1988, www.palestinecenter.org/cpap/documents/charter.html; see also Wistrich, A Lethal Obsession, op. cit., pp. 731–62.
24 Wistrich, Ver “Charter of Allah: The Platform of the Islamic Resistance Movement,” August 18, 1988, www.palestinecenter.org/cpap/documents/charter.html; see also Wistrich, A Lethal Obsession, op. cit., pp. 684–730.
25 Ver Norman A. Stillman (ed.), The Jews of Arab Lands in Modern Times (New York, 1991) para más documentación.
26 Robert S. Wistrich, “Judeophobia and Marxism,” Commentary (December 2014), 21–25.
27 Robert S. Wistrich, “Judeophobia and Marxism,” Commentary (December 2014), 21–25.
28 Robert S. Wistrich, “Summer in Paris,” Mosaic, October 5, 2014, http://mosaicmagazine.com/essay/2014/10/summer-in-paris/.
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